Luis Muñoz Fernández

… donde trasluce otro sentimiento arraigado en la mente de los primeros cristianos: la muerte es el precio por haber vivido. Es un sentimiento que está ligado a la pregunta de por qué a los muertos cristianos se les llama “difuntos”, y por qué éstos, en lugar de morir, “fallecen” o “descansan”. El sabio camino de las etimologías señala que “difunto”, es el eufemismo que los cristianos escogieron para sustituir a la cruda palabra “muerto”, procede del latín ‘defungi’ que significa “pagar una deuda”. También es revelador que el eufemismo “fallecer”, procede de otro término latino, ‘fallere’, que se utilizaba en el sentido de “engañar”, “pasar inadvertido” o “faltar”.

 Eulalio Ferrer.El lenguaje de la inmortalidad. Pompas fúnebres,2003.

Este miércoles 28 de junio de 2017 se llevó a cabo la sesión ordinaria del Comité Hospitalario de Bioética del Centenario Hospital Miguel Hidalgo. Tuvimos la fortuna de escuchar a la Maestra en Ciencias de la Salud Sandra Elizabeth Jiménez Cetina, quien encabeza la Coordinación Especializada en Materia de Voluntad Anticipada y Cuidados Paliativos del Instituto de Servicios de Salud del Estado de Aguascalientes. La doctora Jiménez nos habló de la Ley de Voluntad Anticipada para el Estado de Aguascalientes, exponiendo con claridad desde sus antecedentes históricos y marco jurídico hasta su relación con los principios bioéticos (autonomía, beneficencia, justicia y no maleficencia). Además, tuvo un fructífero intercambio de ideas con los asistentes, a quienes también resolvió varias dudas sobre este importante tema.

Destacó la importancia de dar a conocer a toda la ciudadanía el documento de voluntad anticipada, un instrumento que fortalece la autonomía del paciente a la hora de decidir qué medidas de atención médica desea recibir en la última etapa de su vida ante la eventualidad de una enfermedad terminal e incapacitante que limite su autonomía y vulnere su dignidad.

Es justamente la falta de una difusión amplia y permanente de este tema en la sociedad lo que ha ocasionado que hasta ahora pocos aguascalentenses (y en general pocos mexicanos) hayan utilizado el recurso del documento de la voluntad anticipada para limitar los efectos indeseables del poder que hoy tiene la medicina para mantener artificialmente la vida, eso que se llama “encarnizamiento terapéutico”.

Y como se desprende de lo que nos expuso la doctora Jiménez Cetina, la falta de previsión al ignorar que la medicina puede llegar a ocasionar más sufrimiento que alivio cuando los médicos se empeñan en prolongar inútilmente la vida sin tomar en cuenta la dignidad y la autonomía del enfermo, aunada al desconocimiento de que existe hoy un instrumento legal para impedirlo, provoca que seamos con frecuencia testigos del encarnizamiento terapéutico y sus nefastas consecuencias.

A casi nadie le gusta hablar sobre la muerte a pesar de que es la mayor certeza que tenemos todos los seres humanos desde que llegamos a este mundo. Así lo expresa Eulalio Ferrer en el epílogo de su libro El lenguaje de la inmortalidad. Pompas fúnebres (Fondo de Cultura Económica, 2003), que versa sobre la muerte desde un punto de vista comunicativo: “…la muerte es la noticia más importante de la vida”. Aunque nos sabemos mortales, fingimos no serlo. Frente a la realidad de la muerte, hay en nosotros un deseo más o menos palpable de inmortalidad. El mismo autor señala líneas más adelante: “tenerla a prudente distancia, consciente o inconscientemente,  aunque a veces sea liberación de sufrimientos, suele ser anhelo de supervivencia plena”.

En nuestra civilización hemos llegado al punto de negar la muerte como un fenómeno natural. Ya no recordamos la última vez que nos enteramos de que alguien había fallecido como consecuencia de haber vivido. Prácticamente, la frase “murió de muerte natural” ha desaparecido de nuestro panorama cotidiano. Pero no siempre fue así. El doctor Ruy Pérez Tamayo, al hacer una reseña de la obra Las actitudes de Occidente frente a la muerte. Desde la Edad Media hasta la actualidad (Western attitudestowarddeath. FromtheMiddleAgestothepresent. The Johns Hopkins UniversityPress, 1974) del historiador francés PhilippeAriés, señala que tras la caída del Imperio Romano, los cristianos de la Alta Edad Media (siglos V al XV d. C.) enfrentaron a la muerte como un destino colectivo, ordinario, inevitable y no especialmente aterrador. Ariés llama a esta concepción medieval la “muerte sumisa o domada”, a lo que el doctor Pérez Tamayo agrega que el historiador francés la llama así en contraste con nuestra concepción actual, que ha hecho de la muerte un episodio absurdo y violento.

Con el paso del tiempo, la concepción medieval temprana de la muerte cambió. Durante la Baja Edad Media (siglos XI al XV d. C.), poco a poco, el individuo fue cobrando conciencia de sí mismo y lo mismo ocurrió con su visión de la muerte. Ariés la llama “la muerte de uno mismo”. El moribundo es juzgado por sus actos en el mismo momento de su final, frente a parientes y amigos que ignoran lo que está sucediendo.

Durante el siglo XVIII, las emociones frente al moribundo afloran. Los dolientes expresan sus sentimientos abiertamente. La desesperación y el dolor anticipan el vacío que dejará el ausente en sus deudos. Esto significa que los sobrevivientes ya no aceptan la muerte con tanta resignación como en el pasado. Ariés lo llama “la muerte tuya o la muerte de otro”. De ahí que esta época, el Romanticismo, se caracterizó por manifestaciones de luto muy ostentosas.

Y, finalmente, llegamos a  la visión de la muerte en la actualidad, la que Ariés denomina “la muerte prohibida”. Nos dice el doctor Pérez Tamayo en su reseña La muerte (en Serendipia. Ensayos sobre ciencia, medicina y otros sueños. Siglo XXI Editores, 1980):

El destino de la muerte, después de desempeñar un papel tan central y grandioso en la vida cotidiana que siempre se le tenía presente, ha sido ser borrada, obliterada, obligada a desaparecer. Se ha transformado en algo vergonzoso y hasta prohibido, como las enfermedades sexuales, un tema que las gentes de buen gusto y cierto tacto no discuten, y sobre todo no en público.

Y lo que señala más adelante, con lo que coincido plenamente, es todavía más importante:

Personalmente considero esta actitud como una de las tradiciones más inicuas de que es capaz el ser humano, al negar a un individuo la oportunidad de prepararse para realizar el último acto de su vida con dignidad.

En efecto, no suena descabellado ni perjudicial, sino todo lo contrario, que a partir de ahora hablemos cada vez más de la muerte y fomentemos una cultura de la muerte en el mejor sentido del término. Que regrese por sus fueros la muerte natural.

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