Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Fidel creyó que había líderes destinados a desempeñar papeles cruciales en la vida y que él era uno de ellos” Tad Szulc en su libro “Fidel un retrato crítico”.

En el Casino Andaluz de La Habana, en el Malecón, una noche de hace un par de décadas, todavía por supuesto siendo el “todo” el Comandante Fidel Castro, el presentador anuncia la actuación del “Gordo” un comediante mofletudo y simpático que empezó con su rutina haciendo chistes del régimen castrista. A nosotros nos habían dicho que la censura en Cuba era severísima, que nadie podía hablar una palabra crítica y que quienes se atrevían a hacerlo pagaban con cárcel su desacato. El “Gordo” empezó a contar sus chistes y poco a poco fue subiendo de tono. No procaces, no majaderos, cero albures, (que supongo no serán divertidos en la isla), pero sí de crítica política. Recuerdo un diálogo que, palabras más, palabras menos decía así:

– Oye chico, tú sabe, mi televisor etá roto, etá roto chico – (en español cubano, “roto” equivale a descompuesto).

– ¿Cómo etá roto chico?, tu lo acaba de compra, mucho peso “divisa”, chico, etá nuevo chico-

– Pue eta roto, tu lo enciende, pone un canal y ve un viejo de barba habla que te habla chico, sin pará; pone otro canal y ve el mismo viejo de barba habla que te habla y no para chico; cambia canal y vuelve a ve el viejo de barba habla que te habla, el televisor etá roto-

– No chico, no etá roto, ese viejo é el patrón de ajute, chico-

La crítica obviamente aludía no sólo al comandante y sus interminables peroratas, sino también a lo anticuado de los aparatos que el hombre común podía adquirir, a la mala calidad de la transmisión que requería como hace sesenta años en México un “patrón de ajuste” previa al inicio de los programas propiamente dichos, y a la pobreza de la programación que resaltaba la propaganda del régimen.

Como ese cuento, el “Gordo” continuó su rutina criticando al régimen sin que la temida policía secreta interviniera, sin que ningún miliciano, que había dos que tres, chistara, sin que nadie se inmutara y por el contrario el público festejaba los chistoretes.

En el Casino Andaluz, se pagaba en pesos normales, no en pesos “divisa”. El público lo formaba la gente de La Habana y quizás algunos de provincia. Los turistas acudían a los lugares consabidos: Tropicana, Riviera, La bodeguita de enmedio, etc.. La variedad, a más de los comediantes consistía en una historia de la danza en Cuba, empezando por las danzas y contradanzas europeas y las autóctonas africanas, su fusión en la isla hasta llegar al Danzón y claro al “son” y sus derivaciones, salvo la “salsa” que tiene mucho de sabor caribe pero también de tabla gimnástica y de rutina de show neoyorkino.

Un amigo cubano Raúl Borge que fungió como guía de turistas, la última noche que pasamos en La Habana, luego de comer (allá se acostumbra bastante tarde) en un “Paladar”, que eran como cocinas económicas que proliferaron para atenuar un poco el efecto del bloqueo, permitiendo ofrecer, especialmente a los turistas, comida sana y barata, que estaba ubicado en una azotea de un edificio de apartamentos de La Habana vieja, mientras contemplaba a lo lejos la bahía y el orgulloso castillo del Morro, se me acercó y me pidió hacer llegar a una organización de Derechos Humanos un diskette que contenía el proceso de su hijo: Proceso realizado en un juicio oral y secreto por traición a la Patria, que culminó con una sentencia de muerte que fue conmutada por treinta años de prisión, por sus buenos antecedentes en el servicio público. Su delito, haber tratado de entrar en contacto con la oficina de negocios de EE.UU. en Miramar, cuando trabajaba para el Ministerio del Interior. Cumplí el encargo de Raúl, no se que será de ellos. Su hermano Arcadio Cirilo Benito (nombre de antes de la revolución) logró trasladarse a Chicago, donde ya vivía parte de su familia, y de allá recibí una tarjeta, sin dirección, sin teléfono.

Era penoso entonces recorrer la Habana, como lo debe ser todavía en la actualidad. Los contrastes terribles de edificios venidos a menos repartidos entre 6 u 8 familias, nostálgicos de pasadas glorias, del Vedado y demás sitios de la Habana Vieja. Los grandes hoteles pre Castristas, (todavía no se habían presentado las cadenas españolas), que conservaban como dice el refrán mucho de lo que habían sido “mas le queda al rico cuando empobrece, que al pobre cuando enriquece”. Por otro lado la magnificencia del Capitolio y el señorío y lujo del Teatro García Lorca. La pobreza te brincaba, pero no la miseria. Sorprendía ver la dignidad de los viejos, el respeto que para ellos tenían los jóvenes. La preferencia que se les daba en el reparto de sus raciones con la cartilla correspondiente y la atención en el transporte público, aún en aquellos que la gente conocía como los camellos, trailers adaptados a transporte urbano, y que el “Gordo” había llamado “la película del sábado por la noche” (sexo, alcohol, violencia).

Estimulante también ver a los niños, con su uniforme de “pionero”, orgullosos y alegres, juguetones y disciplinados. Y las escuelas, despintadas, sin vidrios en las ventanas, con el mobiliario sostenido con alfileres, pero con sus raciones sanas, su higiene cuidadosa, y sus bibliotecas (indispensable). Los jóvenes hermosos, ellas y ellos, exultantes, inquietos, cultos, estudiosos. La función de Aniversario del Ballet Nacional de Cuba en el García Lorca estaba atestada de muchachas y muchachos con el gusto por el baile y por la música. Es cierto se veían las carencias pero también sus riquezas: la cultura, la salud, el respeto, el orden, y … la esperanza en una tierra prometida que no llegaba y ¡no llegó!

De mis primeros recuerdos claros de niño, son las imágenes de Fidel y sus “barbudos” en Sierra Maestra, en un “Life en español”, que mi papá llevaba a nuestra casa, no sin antes censurarlo, (arrancaba las páginas en que vinieran chicas en paños menores). Luego Fidel fue el héroe de la juventud, la ilusión de la utopía, que, como todas, requerirían hombres utópicos para hacerlas realidad. Ahora soy viejo y muchas ilusiones se han marchitado, pero otras milagrosamente, creo, renacen…

¡Hasta la victoria siempre, Comandante!

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