Luis Muñoz Fernández

A pie, en camiones, en coches particulares, incluso en carros agrícolas tirados por jamelgos, por carreteras o senderos de montaña, una masa aterida huye del ejército vencedor camino de Francia. Atrás queda un reguero de coches sin gasolina, de enseres, de maletas, bultos y equipajes abandonados. Antonio Machado, desanimado y enfermo, no puede más y deja en una cuneta su maleta con libros y manuscritos que se perderán…

… Los que esperaban una buena acogida del gobierno francés se encuentran, de pronto, internados en campos de concentración, en condiciones precarias, sin aseos ni leña para calentarse, comidos de piojos y de sarna.

 

Juan Eslava Galán. Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie, 2005.

 

En casa era un tema de conversación frecuente. Mis padres y abuelos nos contaban las vicisitudes por las que pasaron durante y después de la Guerra Civil Española que se desarrolló entre julio de 1936 y abril de 1939. En pocos conflictos bélicos se han enfrentado con tanta ferocidad los partidarios de las dos visiones polares de ver la vida en general y la sociedad en particular. Aunque se peque de maniqueísmo, allí se dieron con todo las derechas y las izquierdas.

Una vez acabada la guerra y con el triunfo de Francisco Franco –“Caudillo de España por la gracia de Dios”–, la barbarie bélica de ambos bandos dio paso a una época de represión inmisericorde contra los perdedores, que se extendió por muchos años con el soporte legal de la Ley de Responsabilidades Políticas, que castigaba con efectos retroactivos a octubre de 1934 “las culpas contraídas por quienes contribuyeron con actos u omisiones graves a forjar la subversión roja”.

Mi madre siempre decía que fue mucho más dura la posguerra que la guerra por la grave escasez de lo más elemental, en especial de alimentos, para la inmensa mayoría de los españoles. Y nos contaba también de los gritos de desesperación de quienes veían cómo sus parientes eran conducidos al paredón tras ser sometidos a juicios sumarísimos. Juan Eslava Galán, en su obra Los años del miedo. La nueva España (1939-1952) (Planeta, 2008), apunta lo siguiente:

Los historiadores discrepan sobre el número de fusilados en los primeros años de la posguerra. Unos creen que fueron 24,000, otros elevan la cifra a 40,0000 e incluso a 50,000.

 

Una guerra y una posguerra sobre las que se ha escrito y se sigue escribiendo muchísimo. Todavía hoy siguen apareciendo episodios y personajes desconocidos hasta hace poco. Tal es el caso de ¡Quemen Barcelona!, de Guillem Martí (Destino, 2015). Se trata de una novela con fondo histórico escrita por el sobrino nieto del protagonista. Aunque el relato empieza en septiembre de 1946 en la Ciudad de México, retrocede rápidamente, siguiendo los recuerdos del protagonista, al 16 de enero de 1939, diez días antes de que Barcelona cayese en manos del general franquista Juan Yagüe, poco antes del final de la guerra.

Cada capítulo es un día a partir de aquel dieciséis de enero de 1939 hasta el 26 del mismo mes, cuando las tropas franquistas entraron en una Barcelona completamente derrotada. Y, el último capítulo nos lleva nuevamente a la Ciudad de México, para terminar lo que el primer capítulo había dejado inconcluso.

El protagonista principal es un personaje completamente verídico, tío abuelo del autor, que se llamaba Miquel Serra i Pàmies. Miembro del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), fue además conseller (consejero, una especie de secretario de estado) de Obras Públicas de la Generalitat, el gobierno autónomo catalán que ya existía antes del inicio de la Guerra Civil. Aquel 16 de enero de 1939, Miquel Serra fue convocado a una reunión del más alto nivel en donde fue informado de las órdenes enviadas por el Komintern (la Internacional Comunista) desde Rusia:

Las órdenes de Moscú son tajantes va recitando, con voz monocorde y desapasionada el camarada Cipriano: Si Barcelona no está dispuesta a resistir, es imperativo que no caiga en manos de los fascistas… Si la ciudad no aguanta, no hay que dejarle a Franco nada que pueda aprovechar para usarlo luego contra nosotros. Nos tocará el penoso deber de destruir todo aquel equipamiento que sea imprescindible para la vida cotidiana. Y con esto me refiero a producción de electricidad y energía, instalaciones portuarias, transportes y comunicaciones, alcantarillado y agua potable e, incluso, servicios hospitalarios y sanidad.

 

En pocas palabras, se trataba de volar con dinamita los edificios y la infraestructura más importantes de Barcelona, asumiendo como inevitable la muerte de civiles inocentes que, según cálculos conservadores, podrían ascender a doscientos mil. El Gobierno de la República Española y, en menor proporción, el de la Generalitat, estaban casi bajo el dominio absoluto del Partido Comunista Soviético, por lo que la órdenes de allí emanadas debían cumplirse a rajatabla.

Y he aquí, y esto es completamente verídico, que Miquel Serra se ofrece como voluntario para esta terrible misión coordinándose con un capitán del cuerpo de dinamiteros del ejército republicano. Su rápido ofrecimiento despierta el recelo de Yuri Lazarev, ficticio agente soviético del NKDV (el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de Rusia, con funciones de policia secreta), que no se fía de los catalanes, a los que considera desafectos al régimen ruso.

En realidad, a Miquel Serra esta misión le parece una locura y, si se ofrece como voluntario, es para no llevarla a cabo, aunque sabe desde el principio que con ello pone en peligro su vida y la de su propia esposa, Teresa Puig. A pesar de todo, decide ponerse al frente fingiendo seguir las órdenes dictadas por Moscú y haciendo hasta lo imposible para entretener a Lazarev sin despertar sus sospechas.

El desenlace histórico es de todos conocido. Barcelona fue tomada por las tropas franquistas una vez que las sucesivas líneas defensivas del Ejército Republicano, dirigido por el General Vicente Rojo, fueron rebasadas por el Ejército Nacional, cuyas huestes entraron en la capital catalana sin encontrar prácticamente resistencia aquel 26 de enero de 1939. Lo que no sabíamos hasta esta novela es que un político idealista y valeroso, anteponiendo sus convicciones a su vida y la de su esposa, salvó a Barcelona de la destrucción ordenada por los rusos.

Miquel Serra i Pàmies y Teresa Puig lograron huir a Francia ese mismo día y salvaron así sus vidas, pero fueron separados porque él fue llevado a Moscú al no haber quemado y volado Barcelona. Fue encontrado culpable de alta traición. Aunque la novela no lo detalla, sabemos que fue condenado a trabajos forzados en el Gulag, pero logró escapar y llegar a Japón, en donde se embarcó para América.

Después de llegar a Los Ángeles, pasó una temporada en Chile, pero los comunistas chilenos, también controlados por Moscú, seguían representando un peligro para él. Así que decidió emigrar nuevamente e instalarse en México, donde vivió el resto de sus días. Murió el 14 de junio de 1968. Por esta razón el libro empieza y termina en la capital mexicana. Tras seis años de no verse, Miquel y Teresa se reencontraron en México. Y así fue como también aquel hombre pudo conocer y abrazar a su hija María Rosa, a quien no había visto nunca.

Hoy el Ayuntamiento de Barcelona analiza la posibilidad de poner el nombre de Miquel Serra i Pàmies a una de sus calles. Creo que es lo menos que pueden hacer. Un hombre así, un político así, que son muy escasos por lo que se ve, es de esas rarezas cuyo ejemplo luminoso hace que no perdamos completamente la fe en el género humano.

 

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