Alonso Vera
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Emprendo un viaje a San Francisco motivado por la nostalgia y la curiosidad. Pero en esta ocasión no busco la satisfacción de habitar ésta ciudad que me parece una de las más congruentes y refinadas en el planeta.
Esta es una visita de paso para emprender un viaje al más allá, y manejar la caprichosa Carretera 1 que se aferra a los acantilados del Océano Pacífico hasta el condado de Sonoma, para entonces explorar a discreción sus caminos rurales y encontrarme con más de 400 vinícolas, bosques de secuoyas y colinas revestidas con suculentos corderos que más tarde se sirven “al fresco” y con una copa de Pinot Noir.
Durante el exilio de Santa Anna, el Congreso mexicano firmó, en 1848, el Tratado de Guadalupe Hidalgo, cediendo a los Estados Unidos la Alta California y Nuevo México a cambio de una compensación de 15 millones de dólares. Desconozco el trasfondo social y político por el que se “regaló” el territorio de lo que hoy es California.
El hecho es que, sin dicho suceso, sería otra la vista que se presenta ante mis ojos durante la aproximación. Aprecio la armonía que aún existe entre la naturaleza y la mancha urbana. Me sorprenden la infraestructura aeroportuaria y la carretera, así como las muchas “granjas” de energías renovables. Quisiera aprehenderlo todo y volver a “casa” con buenas ideas. Todo parece accesible e intuitivo. De pronto, ya estoy cruzando el mítico Golden Gate con rumbo norte.
En el pueblo de Sonoma, fundado en 1823 por una misión franciscana que gracias a Dios trajo cepas consigo, comenzó la producción vinícola californiana.
En su plaza también se izó por primera ocasión la Bandera del Oso, y fue capital de la República de California hasta su incorporación.
Hoy es punto de partida para quien visita ésta región buscando una experiencia aún más auténtica y relajada a la disponible en el vecino valle de Napa.
Luego de caminar por el centro histórico degusté la charcutería y los quesos locales, así como una cazuela de mejillones con papas, en The Girl & The Fig, el cual más que un restaurante de cocina campestre me pareció una institución.
Más tarde visité la famosa vinícola St Francis y un par de granjas orgánicas en las faldas de las montañas Mayacamas de camino al poblado de Petaluma, donde se encuentra otro ícono del vino en la región: Keller Estate.
Dormí plácidamente luego de cenar en el restaurante SHED del pueblo de Healdsburg, que además ofrece una tienda de granjeros, artículos para el hogar y mercado con productos locales en temporada como síntesis del estilo de vida en la región: una mezcla de sofisticación y sencillez.
Y esa mañana comencé a recorrer la costa antes que el sol, manejando entre la niebla por plantíos de manzano en flor, granjas de exquisitos ostiones que se venden a granel para comerlos allí mismo en la playa con un frasco de Chardonnay, y los acantilados en donde se reúnen los surfos de camino a Jenner, en la desembocadura del Río Ruso. Con sólo 136 habitantes, el pueblo es famoso para la navegación en kayak y la observación de aves marinas, así como para comer como dioses en el restaurante River’s End.
Para bajar la comida viajé al vecino poblado de Guerneville para internarme en un sublime bosque de Sequoia sempervirens, el ser vivo más alto del planeta. Convivir con seres de hasta tres mil años de edad y más de 100 metros de altura ha sido uno de los más grandes placeres en mi vida. Y aún cuando las fronteras geográficas se perciben más evidentes que nunca, visitar California más allá de sus ciudades es como volver al hogar.