Alonso Vera
Agencia Reforma

Culmina otro año, según el calendario gregoriano. Parece que lo hubiera hecho de manera anticipada. Al menos, ese es el sentimiento que percibo domina el ambiente. “Pasó volando”, he escuchado en muchos. Lo anterior ha sido motivo de festejos desde tiempos inmemoriales. A nuestra raza le da gusto saber que lo logramos. Somos buenos pasajeros frecuentes.
El primero de enero coincide –conforme a la tradición judeocristiana– con el día de la circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento, momento en el que recibe su nombre, según el Evangelio de San Lucas. La vigilia que antecede al Año Nuevo suele permitirnos descansar de la rutina. Algunos se alivian atendiendo deseos insolutos de la carne, como el pavo. Otros agobian su autoestima replanteando las expectativas de su vida y obra. Y quienes vivimos con el síndrome del eterno viajero acostumbramos agradecer lo experimentado para luego dibujar una nueva lista de objetivos, ya que según las teorías en línea, el próximo fin del mundo será hasta el 2021, así que aún queda mucho por descubrir.
Insha’Allah
Para mí, viajar este año fue como habitar un libro de ciencia ficción en el que un astronauta, luego de ser devorado por un hoyo negro y vivir más de mil años y mil vidas diferentes, vuelve a casa para descubrir que tan sólo han pasado unos cuantos minutos desde su desaparición. Ello, por consecuencia de la riqueza de experiencias e intensidad de emociones sucedidas en el camino. Y ningún otro destino me ofreció vivencias tan exquisitas como México, en donde tuve oportunidad de revisitar las mejores cocinas de Ensenada, cuna de mis ancestros y de la gastronomía mexicana contemporánea.
También tuve el honor de compartir mi amor por el buceo iniciando a mi ahijada en la isla de Cozumel. Hay que recordar que tres cuartas partes del planeta están cubiertas de agua, por lo que algunas de las vistas y de los seres más extraordinarios son sólo accesibles si cuentas con las herramientas del submarinismo. Otra vivencia magnífica fue degustar los mezcales destilados en alambique de barro por Don Félix, quien emplea las piñas del agave tobalá, que aún crece silvestre en la serranías de Sola de Vega, en su natal Oaxaca.
Este año, también tuve el gusto de ser invitado a dar una TED Talk sobre “el oficio de viajar” en Tijuana y, además, pude apreciar los más exquisitos amaneceres en el Mar de Cortés. Por si fuera poco, se presentó la oportunidad de visitar nuevamente Turquía, uno de mis destinos favoritos en el mundo y en donde la hospitalidad es un estilo de vida. Obviamente, de camino aproveché para explorar Nueva York más allá de Manhattan.
Pero, sin duda, el viaje más destacado del año fue el nacimiento de mi hija Maia. Por lo que estoy “muy agradecido, muy agradecido”, como diría Pedro Vargas. Y para el año próximo tengo en mente desentrañar los secretos mejor guardados de México para rendirle un homenaje a la identidad y la gran diversidad que aún resguarda nuestro país. Todo ello Insha’Allah, como dicen en mi barrio para expresar la esperanza sobre un deseo. Muchas fueron las experiencias en este año que despedimos, ya serán suyas. Mientras tanto, gracias y hasta las próximas.