Jesús López García

119. Departamentos en  José Ma. Chávez esq. Av. de la Convención SurLa vivienda es tal vez junto con el de los enterramientos el tema constructivo más antiguo. El inicio de la arquitectura en el neolítico hace más de diez mil años, fue marcado efectivamente por la necesidad de brindar protección física a un grupo humano en proceso de sedentarización; de esta manera la vivienda nació comunitaria, y era un espacio para las actividades domésticas y también para algunas labores productivas, y con el paso del tiempo, para experiencias de representación simbólica del clan que la habitaba.

En una época de difícil supervivencia el sólo hecho de preparar los alimentos revestía una reverencia en ese aspecto de la vida que ha llegado a nuestros tiempos como un mero requisito funcional. No obstante compartida, la vivienda en los inicios de la civilización poseía las características necesarias para promover en sus habitantes espacios para la introspección reflexiva.

Tan importante como la manera de vivir de un grupo humano, que es lo que condiciona el diseño y disposición de los espacios de la casa, así como la conformación física de sus elementos constructivos, es el modo en que esa vivienda se dispone en el territorio. El poblado antiguo más famoso es Catal Hüyük en lo que ahora es Anatolia, Turquía se establecían en un medio completamente rural. Tal vez ello nos parezca obvio, sin embargo, la transformación agrícola de la tierra aún era un proceso temprano, por lo que el campo cultivado significaba evidencia de un adelanto en el estado salvaje del hábitat humano hacia uno artificial.

En poblados paulatinamente más urbanizados la distribución barrial de la vivienda fortalecía los vínculos comunitarios a través de especialidades productivas, es la razón por el cual había barrios de loceros, adoberos, orfebres, alfareros, entre otros, y en esos casos ya no se compartía la vivienda a la manera de los clanes primitivos, pero sí se distribuían modalidades de uso y de zona urbana. A medida que la sociedad de consumo ganó terreno, la diferenciación productiva o gremial de los barrios fue sustituida por la diferenciación de mercados desdibujándose los rasgos definitorios de una comunidad tradicional; donde había vivienda de cigarreros ahora hay fraccionamientos dedicados a algún segmento perfilado por su poder adquisitivo.

La casa por tanto empezó a apreciarse como una célula autónoma, las características de su ocupación cada vez menos apelan a una integración vecinal además de la correspondiente a fines meramente operativos como la solicitud de una reparación. Mas a medida que las distancias arrojadas por la expansión de la huella urbana se acrecientan trayendo consigo un aumento en el costo en dotación de servicios básicos o en tiempos de desplazamiento, la vivienda compartida viene otra vez a replantear su utilidad y sus bondades.

Ya desde la antigua Roma, episodio de carácter eminentemente urbano en la historia humana, lo complejo de su metrópoli exigió una economía en la utilización de la superficie del suelo; para ello los edificios multifamiliares de hasta cinco niveles fungían como puntos de densificación constructiva que no permitía la creación de lunares baldíos susceptibles de descomponer el tejido de la ciudad. En la cultura urbana contemporánea la vivienda compartida es vista casi como un imperativo en pos de la sustentabilidad. Se alzó como panacea de la modernidad de hace más de medio siglo con experimentos como la Unidad Habitacional de Marsella de Le Corbusier, o aquí en México el Conjunto Urbano Nonoalco-Tlatelolco de Mario Pani cuyo éxito es más arquitectónico que sociológico, pero aun con ello, los intentos por integrar comunitariamente en terreno urbano a una población heterogénea han seguido siendo paradigmáticos con soluciones que aún mantienen su estatus de parciales.

En Aguascalientes la vivienda compartida lleva ya algunos años en implementaciones arquitectónicas de financiamiento privado o procedente de políticas públicas; los resultados han obtenido registros de casos positivos y negativos. Los últimos debidos presumiblemente al dominio fáctico de los espacios comunes de alguno de los segmentos que habitan en esos sitios. La plataforma del éxito de los sistemas de vivienda compartida es la equidad, el respeto y tolerancia. El vivir en un conjunto de departamentos implica necesariamente orden y ese orden es el que origina los valores comunitarios que pueden permear al resto de la zona. Se menciona de un modo fácil, y en ello la arquitectura puede ser una ayuda o un obstáculo.

Un ejemplo de lo abordado se ubica en el cruce de las avenidas de la Convención Sur y José María Chávez –obra del arquitecto Mario García Navarro– y al margen de los sendos anuncios que opacan su percepción, se aprecia en su diseño la disposición del conjunto a involucrarse con el sitio de una manera sobria al no ser estridente y al mismo tiempo ofrecer a sus usuarios espacios internos en donde lo privado se preserva aun estando el edificio en la encrucijada de dos vías primarias. La vivienda compartida vuelve a ser un paradigma en la forma contemporánea de habitar la ciudad. Los arquitectos y habitadores tienen la palabra para promoverla como un medio para lograr un hábitat urbano más amable y sustentable.