Josemaría León Lara Díaz Torre

Desde el México independiente, el sistema legal mexicano se ha conformado en su mayoría por corrientes doctrinarias del exterior. La tradición jurídica que tenemos es influenciada propiamente por el Código Napoleónico, entendiéndose que desde el Derecho Civil se comienzan a desarrollar el resto de las ramas del Derecho Privado; en contraposición la historia del Derecho Público y particularmente la organización del Estado deja a un lado el intervencionismo del Digesto de Justiniano y de Napoleón, y se basa en el sistema republicano-federal de Los Estados Unidos de América.

La evidencia histórica del pasado y las consecuencias del México contemporáneo en relación al sistema federal, deja mucho que desear a pesar de que desde su base legislativa el federalismo es una situación –de iure- (esto es desde un punto de vista meramente legalista) puesto que nuestra Carta Magna así lo establece, pero aquí surge el problema en cuestión, puesto que –de facto- (en la realidad) la organización gubernamental en México permanece siendo de tipo centralista.

Históricamente la forma de gobernar en México siempre fue de manera absolutista puesto que el poder del Estado recaía en la persona de un solo individuo; desde el Tlatoani como emperador azteca y el Virrey en la Nueva España. Sucede que por obvias razones lo natural fue que una vez que el país era independiente se creara el Primer Imperio Mexicano. En 1824, cambian las cosas y se crea la primer Constitución Mexicana, claramente influenciada por la ilustración francesa y la nueva nación en potencia: Los Estados Unidos de América.

Hoy en día, podemos ver que el sistema republicano federal es un hecho: existe la separación de facultades y niveles de gobierno, tanto el Federal como el Estatal y el Municipal, además el surgimiento paulatino de una democracia ha permitido una clara autonomía entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, y cada vez el Judicial se adapta a las tendencias occidentales del derecho moderno. Además contamos con organismos constitucionalmente autónomos que a su vez han comenzado a formar parte fundamental del México moderno.

Aun así, debemos leer entre líneas y analizar que el problema no es que las instituciones no funcionen para lo que fueron creadas. Se pensaba que en el año dos mil cuando se dio la primera transición democrática real a nivel federal, la situación cambiaría y el llamado “presidencialismo mexicano” terminaría. Pero no fue así, después de doce años de una novata e inexperimentada “oposición”, con el regreso del partido tradicional las cosas no han cambiado.

Y no es que el presidencialismo acabe con un cambio de partido, es que los mexicanos hemos permitido que siga existiendo tal figura, pero quizás sea de manera inconsciente.

Supongo que ya basta de buscar en una sola persona todas las respuestas que necesita este país; el próximo martes en la noche estaremos conmemorando un año más del inicio de la lucha de nuestra Independencia Nacional, siendo esta una fecha en donde nos demos cuenta que México somos todos y la única manera de poder hacer caminar a ésta nación es que lo hagamos juntos.

Quisiera escuchar tu opinión: jleonlaradíaztorre@gmail.com /@ChemaLeonLara