Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaMéxico enfrentará un 2016 bastante complicado. Varios organismos públicos y privados, nacionales e internacionales, han revisado nuevamente a la baja sus pronósticos de crecimiento; ahora lo sitúan apenas arriba del 2 por ciento –nivel inercial–, muy lejos de la tasa del 4 por ciento anual esperado con las reformas estructurales. El principal motor de crecimiento de México ha sido la manufactura, derivada del dinamismo industrial de Estados Unidos. Sin embargo, esa actividad se empieza a parar, como resultado de la fortaleza del dólar y la debilidad de la demanda global.

Con esa tasa de crecimiento, los retos para superar pobreza y desigualdad se agigantan, a pesar de haber logrado la inflación más baja en la historia. Recientemente, el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, en su ponencia en Guadalajara “Cómo asegurar que la prosperidad sea compartida por todos”, urgió a los países a “rediseñar su política económica para reducir la desigualdad y elevar las diversas dimensiones del bienestar de toda la población (empleo, ingreso, salud, seguridad social, educación y oportunidad)”.

Efectivamente, el nuevo Secretario de Desarrollo Social señaló que en México alrededor de 7 millones de personas “sobreviven” con un dólar 90 centavos diarios, es decir, 32 pesos, de acuerdo con la medición de pobreza de la ONU; más aún, según la metodología del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), hay más de 11 millones de mexicanos en pobreza extrema, y 50 millones en pobreza moderada. Una inmensa mayoría de estos mexicanos trabajan y trabajan mucho. En otros países la pobreza se asocia con el desempleo; en México, en cambio, la pobreza ataca también a la población empleada.

En el Índice para una Vida Mejor 2015, la OCDE establece que el trabajador mexicano gana menos de la mitad del ingreso promedio de los trabajadores de los países pertenecientes a esa organización, exactamente un 45 por ciento, con lo cual se ubica en el último lugar de los 36 países evaluados. Como consecuencia, el patrimonio familiar, es decir, la suma de ahorros e inversiones de los hogares en México, representa apenas un 14 por ciento del patrimonio promedio de las familias en los países de la OCDE. El estudio destaca que esta menor riqueza de los mexicanos contrasta con la enorme cantidad de tiempo que los mexicanos dedican a su trabajo, más de 2 mil 200 horas al año, la cantidad más alta después de Turquía.

Detrás de este fenómeno está el papel periférico que México juega en la feroz competencia global entre trasnacionales y la errada estrategia gubernamental de contención salarial; pero también contribuyen a la pobreza salarial tanto la informalidad como la baja productividad laboral, que derivan de la pobre calidad de nuestra educación. Nos ubicamos en el último lugar en el indicador de competencias educativas, medido por los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA; por sus siglas en inglés), donde México obtiene 417 puntos en habilidades de lectura, matemáticas y ciencias, muy lejos del promedio de la OCDE que es de 500.

De aquí la urgencia de profundizar el proceso de transformación del sistema educativo nacional, con más acompañamiento a los maestros para que realicen con mayor eficacia su labor de enseñanza, pero también con más claridad de rumbo respecto a los propósitos de la educación. No se trata sólo de ampliar la cobertura si se mantiene un currículum tradicional y obsoleto. México necesita ahora decidirse a formar niños y jóvenes creativos, críticos, solidarios, innovadores, con competencias ejecutivas para planear, programar, implementar y evaluar proyectos de vida; para emprender y arriesgar negocios en medio de la incertidumbre; para aprender de los errores y volver a empezar; para aprovechar las nuevas tecnologías en el diseño de soluciones prácticas a problemas cotidianos. Estos fines deben perseguirse desde el preescolar hasta la universidad. Generar conocimiento y patentes es más importante que otorgar títulos. La pobreza de inventiva en los egresados universitarios fomenta la exagerada concentración en empresas trasnacionales que sólo ensamblan componentes extranjeros.

Complementariamente, se deben dar pasos gigantes en la mejora regulatoria a favor de las micro, pequeñas y medianas empresas. Avanzar hacia una “regulación base cero”. Un 70 por ciento de las empresas que nacen en México mueren antes de cumplir dos años porque “la burocracia sigue siendo muy alta”. Un gobierno más digital puede ahorrar tiempo y disminuir la corrupción. Una política fiscal más flexible puede facilitar el paso de micro a pequeña empresa, sin que las utilidades se esfumen. Se trata de pensar entre todos cómo logramos que 2016 y los años siguientes construyamos un México más próspero, justo e incluyente.