Por J. Jesús López García 

Es común la tendencia de apreciar como «urbano» aquello que se refiere a las grandes concentraciones de edificios, gente, tráfico, servicio, opciones en la elección de productos de toda clase, en fin, lo que tenga un carácter acumulativo de artificios creados por el hombre en un ambiente, concebido claro está, por él mismo, retirado lo más posible de la esfera natural.

Del latín urbis, lo urbano designa precisamente a la aglomeración de la multitud en un núcleo levantado ex profeso, es decir, que no se encuentra y se adapta como se hacía en tiempos paleolíticos, sino al contrario, se lleva a cabo con el designio de una comunidad.

Ahora bien, más que la acumulación de la muchedumbre y objetos, lo que verdaderamente ejemplifica la vida civil es la diversidad, ya que aquellas antiguas metrópolis de la antigüedad -incluso neolítica hace más de 9 000 años- tal el caso de Ur de Caldea, Jericó, entre las más antiguas, Tebas, Atenas y tantas otras en el lejano oriente, por no contar las americanas Teotihuacán y las de las culturas maya e inca por sólo citar a algunas. Los mencionados asentamientos brindaban al habitante experiencias que difícilmente podrían encontrar en un medio no urbano, sin embargo de nueva cuenta, no es la cantidad si no lo heterogéneo de circunstancias provistas por el entorno.

Por ejemplo la Atenas del periodo helenístico, había alcanzado la mayor población de la polis hacia el siglo IV a. C. con catorce mil habitantes, lo que a nuestro ojos es lo suficiente para un poblado pequeño, sin embargo en honor a aquella capital, su grandeza se medía por otras aspectos: sus aportaciones al pensamiento, a la política, al arte -en donde la arquitectura tiene un puesto de honor-, lo que le ha valido el reconocimiento de ser la cuna de la civilización occidental.

La Roma imperial era otro asunto, llegó a tener cerca de un millón de habitantes pero su verdadera riqueza fue, de nuevo, la gran diversidad de los pobladores y de lo que ella podía experimentar en su capital, desde lo más excelso a lo más degradado; la ciudad se perfilaba para ser lo que Claude Lévi-Strauss nombró «la mayor invención de la humanidad».

En los mensajes papales de mayor protocolo, como en el caso de la Navidad, las palabras del pontífice se dirigen a la Ciudad de Roma, como representación de todas las ciudades, y al Mundo, Urbi et Orbi; el orden que conlleva la mención de la metrópoli denota el peso de la misma como una compleja organización humana, que por derecho propio, se ha constituido como el lugar de los disensos y los acuerdos, de las diferencias, pero también de lo que une a una comunidad.

Naturalmente, lo plural requiere tolerancia y respeto, no por nada en el París de la Edad Media y el Antiguo Régimen se decía que todo aquel siervo o esclavo, era libre sólo por llegar a respirar el aire de la capital, de ahí que la burguesía -surgida de los burgos o asentamientos con privilegios de trabajo aceptados- naciese no en las fortalezas o monasterios, sino en las ciudades independientes del norte de Europa, donde ella misma inhalaba la libertad requerida para organizar su desarrollo.

Todo lo anterior nos conduce a la afirmación de que la ciudad  se presenta en viñetas que incluyen muchas formas y colores, en composiciones donde la experiencia humana no siempre ordenada pero irremediablemente tendiente a la libertad, se manifiesta de manera patente, o con los elementos de su cotidianidad.

En Aguascalientes, hay varios rincones que vale la pena conocer, reconocer y disfrutar de ellos, baste mencionar aquel ubicado en la esquina en donde convergen la calle de Juárez y la parte norte frente a la Plaza de Armas, en donde a temprana hora o por el contrario en altas horas de la noche se destaca un escenario arquitectónico en donde la diversidad de sus usuarios, ocupantes, habitantes y los usos que del lugar ellos hacen.

Es clara la manifestación que la vida urbana no depende de grandes rascacielos, autopistas inter-urbanas y luces de neón, basta con fincas versátiles en su habitabilidad, espacios públicos que una vez apropiados se vuelven ámbitos de la población; objetos simples capaces de traducir el «día a día» a experiencias de interactividad social; sitios en que la taza de café o el kiosco de revistas son pretexto para conectarnos con amigos, familia, conciudadanos y con el resto del mundo.

Los edificios y los espacios «vacíos» que les acompañan son pues una sola unidad, propician juntos experiencias distintas para destacar la particularidad de quien las experimenta, no desdeñemos pues, la antigua arquitectura acalitana, ya que prueba de su eficiencia actual es la capacidad de funcionamiento que continúa dando vitalidad a su entorno. Todo se contiene en la ciudad, por ello apreciémosla en su grandeza, degradación, virtudes y vicios, pues todo se prolonga en movimiento, agotándose o resurgiendo ¿Qué mejor similitud existe entre un organismo vivo y la ciudad?