Analine Cedillo
Agencia Reforma

MINERAL DE POZOS, Guanajuato.- Este pueblito donde el polvo se levanta sin discreción, de paisaje semiárido y pasado minero, no se concibe como un destino turístico de bienestar y, sin embargo, lo tiene todo.
Situado a sólo 45 minutos de San Miguel de Allende, la comunidad de Mineral de Pozos desborda tranquilidad infinita, aire puro, nulo tráfico y una inquietud artística y espiritual que se vive en rincones ambientados con calidez.
Pocos adivinan que detrás de sus fachadas blancas, donde algunos cachos dejan al descubierto pedazos de adobe y piedra caliche, existan hoteles y restaurantes con patios cuyas macetas están plagadas de palmas, suculentas y flores; sillas para sentarse cómodamente a tomar el sol, mesas para desayunar al aire libre y hasta jacuzzis para relajarse bajo un cielo completamente estrellado.
Entre broma y veras se dice que Pozos tiene una energía que imanta gracias a la cantidad de cuarzo que hay en el suelo, que la gente es amable y que en general en el pueblo se llevan muy bien. Este grupo de forasteros está listo para experimentar el poder sanador de este destino.
Una manera es acudir a La Casa del Venado Azul, donde Luis Cruz elabora instrumentos prehispánicos desde hace más de 20 años, dirige baños de temascal y recibe huéspedes.
Descalzos, entramos en una habitación cuyo suelo está cubierto por petates y encima varias ramas de pirul. Las hojas de este árbol tienen el poder de transportarte, asegura Cruz. Tomamos varias trozos, los hacemos bolita con las manos y aspiramos su esencia. De inmediato nos apacigua.
Entonces comienza la sesión de musicoterapia. La luz está apagada y nuestros ojos permanecen cerrados mientras escuchamos la melodía que integra los instrumentos elaborados con madera, hueso, barro, roca y semillas: la gravedad de un huehuétl, el arrullo dulce de una ocarina, el rumor de un palo de lluvia y el tintín de una marimba de piedra.
Aunque la mente se resiste y los pensamientos siguen su curso, por instantes lo único que existe es la música: no importa qué pasó hace un rato ni qué haremos después.

Auténtico tesoro
Sus minas centenarias, desde hace algunos años abiertas al turismo, pusieron en el mapa viajero a este antiguo pueblo fantasma. Poco a poco abrieron unos cuantos hoteles boutique, galerías y servicios de spa. Luego, tras su nombramiento como Pueblo Mágico en 2012 ha renacido como una alternativa ecoturística y su potencial no ha sido ignorado por algunos extranjeros que los han convertido en su hogar.
El esplendor comenzó en el siglo 16 cuando los jesuitas construyeron los hornos de fundición, o chacuacos, clave arquitectónica del destino. Los años siguientes los beneficios de las minas atrajeron a miles de habitantes. Se abrieron tiendas, restaurantes y hasta burdeles. La categoría del pueblo se elevó y por un tiempo cambió su nombre al de Ciudad Porfirio Díaz.
Aquí llegaron a vivir unas 70 mil personas, cuenta Isaías Álvarez, quien da recorridos en bicicleta de montaña por los senderos y conduce a los visitantes al interior de las minas y las haciendas. Sin embargo, tras la catástrofe que inundó los túneles y puso fin a la extracción, quedaron sólo unas 200.
Por estos días conviven unos tres mil habitantes. A los recorridos por los túneles mineros se han sumado nuevas razones para aventurarse a conocer, entre ellas, que el mezcal que se produce en el municipio de San Luis de la Paz (al que pertenece Pozos) recibió a principios de diciembre la Denominación de Origen: pronto no sólo habrá minas abiertas a los visitantes, sino productoras para conocer el proceso del destilado de agave, desde el campo hasta las botellas.
Este es buen momento de experimentar el destino, antes de que el eco de su encanto de refugio en medio de la nada retumbe con más fuerza y -ojalá falte mucho- se le quite lo silencioso.