Fernando López Gutiérrez

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@ferlog14

Veracruz ocupa un lugar particular entre las entidades federativas que tendrán elecciones el próximo 5 de junio. La cantidad de electores en dicho estado —sólo inferior a los números Ciudad de México y del Estado de México—, su posición estratégica en el territorio nacional y la influencia que muchos de sus líderes tienen en la política del país, entre algunas otras cosas, hacen que el proceso electoral veracruzano adquiera una relevancia central en las prioridades de los partidos políticos y en los análisis que se llevan a cabo por parte de especialistas y periodistas.

Como se ha repetido en múltiples ocasiones durante los últimos meses, en el proceso electoral veracruzano están en juego muchos elementos que habrán de incidir en las elecciones federales del 2018. Se ha visto la importancia de la entidad como un espacio para definir la influencia que tienen los posibles candidatos a la Presidencia de la República de los diversos partidos y se han observado las características particulares de una elección cuyo resultado será la selección de un gobernador por 2 años, el cual, sin duda jugará un rol fundamental en las elecciones del 2018.

En el mismo sentido, las condiciones particulares de la actual elección, en las que el priísmo se ha visto obligado a rechazar y denunciar la pésima labor de un gobernador de su mismo partido, y el panismo ha tenido que soportar las críticas de su candidato, acusado de graves conductas como la realización de actos de corrupción o su participación en una red de pederastia, dejan en claro que se trata de un proceso que es necesario seguir de cerca para identificar la manera en que, en la práctica, se comportan nuestras élites políticas y los ciudadanos mismos.

No deja de sorprender que, a pesar de las graves críticas vertidas sobre el candidato del PAN y la información existente respecto a sus conductas indeseables, las encuestas sigan presentándolo como el ganador inminente de la elección, con una importante diferencia de puntos en las preferencias. Sin duda, el pésimo desempeño que el actual gobernador ha tenido incide en el debilitamiento del PRI en la entidad, pero esta situación no se observa tan grave como se vislumbraba al inicio del proceso de selección de candidatos para dicho partido. Tal vez las decisiones que se tomaron desde el centro contribuyeron a controlar el desprestigio del PRI en la entidad, atribuible al gobernador Duarte; sin embargo, es posible identificar que a una gran cantidad de electores en el estado, dicha situación simplemente no les interesa.

El trabajo en tierra y la operación política siguen observándose como factores de gran influencia en el rumbo que presenta la elección. Las redes clientelares y los acuerdos con grupos de electores particulares siguen siendo elementos que, sin que puedan ser plenamente identificados o demostrados, pueden vislumbrarse como una explicación de las peculiaridades que presentan los resultados de las encuestas sobre las preferencias ciudadanas. Una vez más, la racionalidad del voto se identifica en variables que, lamentablemente, no se relacionan con los ideales de una lógica democrática que permita ver en el elector a un tomador de decisiones capaz de castigar con el sufragio a los candidatos y los partidos que los promueven.