Luis Muñoz Fernández

Para examinar las causas de la vida, primero tenemos que recurrir a la muerte.

Mary Shelley. Frankenstein o el moderno Prometeo, 1818.

No debe sorprendernos que la medicina haya carecido de bases científicas durante la mayor parte de su historia. Desde la más remota antigüedad y hasta bien entrado el siglo XVI, predominó la llamada concepción animista de la enfermedad, es decir, la idea de que las enfermedades tienen un origen sobrenatural, como la ira de los dioses o la influencia de espíritus malignos (recuérdese el “mal de ojo”). Desde entonces, se ha impuesto la concepción moderna, llamada naturalista. Hoy consideramos que las enfermedades tienen causas y mecanismos naturales que podemos identificar mediante diversos métodos y técnicas, lo que nos permite modificar su curso e, incluso, evitar su aparición.

Aunque los antiguos egipcios fueron expertos embalsamadores, los conocimientos anatómicos que pudieron haber obtenido no parecen haber tenido ningún impacto significativo en el desarrollo de la medicina. Lo mismo puede decirse de los sacerdotes mexicas, que desarrollaron gran habilidad para extraer el corazón de los prisioneros que eran sacrificados a Huitzilopochtli.

Fue posiblemente Hipócrates (468-377 a.C.) el primero que atribuyó la enfermedad a causas naturales, descartando la influencia de los dioses u otros factores sobrenaturales. Sin embargo, las disecciones anatómicas no fueron frecuentes en la Grecia clásica (499-323 a.C.) debido a la idea que la salud y la enfermedad dependían del equilibrio (eucrasia) o desequilibrio (discrasia) de ciertos líquidos corporales: la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla.

Galeno (130-200 d. C.), médico de gladiadores durante el imperio romano, tuvo la oportunidad de observar los órganos a través de las heridas. Su conocimiento anatómico lo obtuvo primordialmente disecando animales y traspoló sus observaciones a los seres humanos, introduciendo con ello varios errores que no fueron corregidos durante los más de mil años que duró su influencia en el estudio y la práctica de la medicina.

Sería Andrés Vesalio (1514-1564), el gran anatomista belga que sirvió como médico en la corte de Carlos V y Felipe II, quien acabaría con la autoridad de Galeno al publicar su espléndida obra De humani corporis fabrica libri septem (Sobre la estructura del cuerpo humano en siete libros, 1543). A partir de Vesalio, que había trabajado en la Universidad de Padua, Italia le dio al mundo anatomistas de gran fama como Bartolomeo Eustachio (1510-1574), Mateo Realdo Colombo (1516-1599), Gabriel Falopio (1523-1562) y Gerónimo Fabrizio d’Aquapendente (1537-1619). Este último sería el maestro del inglés William Harvey (1578-1657), el descubridor de la circulación de la sangre.

Parece ser que la primera autopsia practicada en América fue la que realizó el cirujano Juan Camacho el 18 de julio de 1533 en lo que hoy es la República Dominicana, según lo relató Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés en su Historia general y natural de las Indias (1535). Se trató de dos gemelas siamesas unidas por el tórax (toracópagas) y el estudio se solicitó para aclarar si correspondían a un ser humano o eran dos, como al final se demostró. Al descubrirse un doble juego de órganos, se concluyó la existencia de dos almas, lo que justificó que el sacerdote hubiese bautizado a las gemelas Juana y Melchora y cobrado por partida doble. Según algunos estudiosos, esta ha sido la única autopsia de la historia que se ha realizado para investigar el alma del difunto.

A partir de los siglos XVI y XVII se realizó un número creciente de autopsias cuyos protocolos fueron registrados y conservados. Se publicaron grandes recopilaciones, como el Sepulchretum de Theophilus Bonetus (1620-1689), publicado en 1679. Esta obra monumental reúne casos estudiados por 450 autores, muchos fueron médicos famosos, entre otros Galeno, Bartholin, Falopio, Fernel, Harvey, van Helmont, Malpighi, Paracelso, Paré, Vesalio y Willis.

En el siglo XVIII destacaron las figuras de Hermann Boerhaave (1668-1738), que describió en una autopsia el primer caso de la ruptura del esófago que hoy lleva su apellido y, sobre todo, Giovanni Battista Morgagni (1682-1772), profesor de anatomía, primero en la Universidad de Bolonia y posteriormente de la Universidad de Padua, en donde llegó a ser conocido como anatomicorum totious europae princeps, o como se le llamó también, su Majestad Anatómica.

A los 79 años de edad, Morgagni publicó su gran obra en cinco tomos De sedibus et causis morborum per anatonem indagatis (De los sitios y las causas de la enfermedad a través de la investigación anatómica), libro que se considera el origen de la anatomía patológica, rama de la medicina que estudia los mecanismos y el diagnóstico de las enfermedades mediante la detección de las alteraciones que sufren los órganos afectados. Tras años de paciente labor en el anfiteatro de disecciones, Morgagni estableció las relaciones entre los signos y síntomas de la enfermedad y las alteraciones orgánicas descubiertas en las autopsias de más de 700 casos estudiados por él y por su maestro Valsalva. Hoy se considera a Morgagni el padre de la anatomía patológica o patología.

De finales del siglo XVIII a mediados del siglo XIX, la relación entre el cuadro clínico del enfermo y los hallazgos de la autopsia, la llamada correlación anatomo-clínica o clínico-patológica, que es el fundamento de la medicina moderna, alcanzó su máximo esplendor y le dio a Francia la fama de ser la cuna de la medicina clínica o medicina hospitalaria. Este enfoque novedoso fue el fruto del estudio minucioso de miles de pacientes internados en los nosocomios, observados detalladamente en vida y analizados cuidadosamente mediante la autopsia. Toda una generación de médicos brillantes: Philippe Pinel (1745-1826), Xavier Bichat (1771-1802), Antoine Bayle (1799-1858), Jean Corvisart (1755-1821), René Laennec (1781-1826), Victor Broussais (1772-1838) y Alexandre Louis (1787-1872), fueron ejemplo del médico total, que atendía al paciente en vida y después, él mismo, le realizaba la autopsia. Los conocimientos adquiridos con estas observaciones le dieron a la medicina un impulso formidable que cambió para siempre el curso de su historia.

Con los avances en la fisiología y la química y la introducción del microscopio como instrumento de investigación en el siglo XIX, la anatomía normal y patológica sufrieron una verdadera revolución. El descubrimiento de que todos los seres vivos están formados por células –la llamada teoría celular de Schleiden y Schwann– llevó al estudio de la enfermedad hacia una nueva dimensión. El uso del microscopio amplió considerablemente los alcances de la autopsia, como lo demostró Rudolf Virchow, el famoso patólogo alemán que radicó el origen de la enfermedad en el nivel celular. Conceptos como inflamación, degeneración, trombosis y cáncer adquirieron a partir de entonces una mayor claridad. Ni siquiera Karl Rokitansky, el gigante del Allgemeines Krankenhaus (Hospital General) de Viena, que había realizado más de 30 mil autopsias a lo largo de su vida sin usar el microscopio, pudo esclarecer como lo hizo Virchow los mecanismos íntimos de la enfermedad.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, la práctica de la autopsia entró en una decadencia que ha continuado hasta la actualidad. Mucho se ha escrito sobre las causas de este fenómeno. El gran desarrollo de la patología quirúrgica y la práctica de las biopsias, orientadas al diagnóstico de las enfermedades de los vivos, el progreso de la patología experimental y la aplicación de nuevas técnicas, especialmente aquellas derivadas de la biología molecular, han redefinido los intereses y preferencias de los médicos patólogos en detrimento de la autopsia. También los médicos clínicos y los cirujanos, con las poderosas técnicas radiológicas que hoy tienen a su disposición, han perdido el interés en la autopsia.

Sin embargo, su valor para esclarecer las causas y mecanismos de la enfermedad y para educar a las generaciones de nuevos médicos es indiscutible. La autopsia ha sido vital para entender enfermedades como el sida, el cáncer y las nuevas epidemias que nos siguen amenazando hasta el día de hoy. La medicina moderna que tanto admiramos tiene una deuda impagable con el antiguo y venerable procedimiento de la autopsia.

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