COLUMNA CORTEMás grande, más rápido, pero no necesariamente más fuerte.
La compañía Marvel ha trabajado primorosamente y con esmero todos sus proyectos fílmicos (al menos los de esta década, pues toda adaptación previa a sus cómics las esconde con bochorno bajo la alfombra o en el sótano como retoños deformes) en forma similar a ambiciosas piezas de un rompecabezas que encuentran un clímax en estos aparatosos filmes con presupuestos equivalentes a deudas externas del Tercer Mundo, donde los personajes ya establecidos mediante proyectos unitarios se reúnen contra una amenaza tan formidable que sólo podrá contenerse si forman equipo.
En su primera aventura grupal, Iron Man-Tony Stark (Robert Downey Jr.), Hulk – Bruce Banner (Mark Ruffalo), Capitán América – Steve Rogers (Chris Evans), Thor (Chris Hemsworth), Viuda Negra – Natasha Romanoff (Scarlett Johannsson) y Ojo de Halcón – Clint Barton (Jeremy Renner) lograron erradicar una invasión extraterrestre obliterando gran parte de Nueva York en el proceso (minucias colaterales en una narración que semeja a la vieja fórmula de la compañía nipona Toho, la cual siempre tenía a una ciudad de Tokio a escala completamente restablecida para que Godzilla la pisoteara a placer un film sí y otro también). Después de algunas aventuras en solitario mediante sendas y taquilleras secuelas -“Capitán América: El Soldado Invernal”, “Thor: El Mundo Oscuro”, “Iron Man 3”- en lo que los estudios han denominado la Fase 2 en su plan mercadológico maestro, los héroes deben reunirse una vez más por obra y gracia del monumental ego de Stark, pues al tratar de reactivar por su cuenta una red de inteligencia artificial bautizada “Ultrón”, en la que ha trabajado por años en secreto con el fin de asistir en la salvaguarda de nuestro planeta, ésta predecible e invariablemente cobra autoconciencia y determina que la principal amenaza a la Tierra son los mismos Vengadores, un razonamiento jamás aclarado del todo en el filme. Por ello, decide eliminarlos apoderándose de todos los recursos digitales y mecánicos a su alcance y así construir un ejército robótico imparable, además de adjudicarse una fisonomía mecánica utilizando un imbatible metal llamado “Vibranio”.
Con esta premisa con un corazón bien puesto en el más descarado cine tipo B de matinés cincuenteras, la secuela presenta los rigurosos ingredientes de toda continuación que se precie: ambiciones argumentales acrecentadas, escenarios diversificados y protagonistas que reciben un mayor grado de exposición, pero el tornado narrativo es tan vertiginoso que la oleada de subtramas, secuencias de ostentosa quinesia y la acostumbrada impartición de justicia comiquera no logran acrisolarse con el éxito de la vez anterior, ya que los momentos de mesurada introspección (un floreciente romance entre banner y Natasha sacado de la manga y la previamente invisible vida privada de Ojo de Halcón, quien se nos revela como un amoroso padre y esposo de calidad rural) no logran calzar con adecuación y rumbo orgánico entre las numerosas secuencias de destrucción masiva ejecutadas con ritmo algo cansino, pues hay un límite para lo que el ojo humano puede tolerar en cuanto a devastación urbana generada por computadora se refiere, además de peleas ad nauseam y puesta en escena que mimetiza varios elementos de la cinta anterior (hordas robóticas = hordas alienígenas). El director Joss Whedon, amo y señor de los geeks a nivel global, se limita a cumplir en los niveles más básicos, mostrando un evidente desgaste (¿aburrimiento?) por el universo superheroico, procurando entretener sin proponer, cometiendo además un par de faltas imperdonables: aplanar cualquier interés por el villano al mostrarlo como un ser sintético anodino, caricaturesco y sin motivaciones claras, y la inducción de personajes novedosos que poco o nada aportan a la historia (Pietro y Wanda Maximoff, mejor conocidos como “Mercurio” y “La Bruja Escarlata” en sus contrapartes impresas, simplemente pasan de noche y La Visión, personaje indispensable en la mitología de la historieta, no pasa de ser un mero deus ex machina).
“Vengadores: La Era de Ultrón”, un aparatoso y muy costoso espectáculo, lucha por consolidarse como un digno clímax, pero es tan sólo un coitus interruptus, mediano en alcances y satisfacción.

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