CIUDAD DE MÉXICO.- ¿Cuál es el motor de la literatura de Mario Vargas Llosa? “Su pulsión por contar historias”, asegura el escritor cubano Carlos Alberto Montaner. “La profunda herida que le causó la mala relación con su padre”, señala la investigadora sueca Inger Enkvist. “Lo central es su visión trágica de la vida humana, la idea de que estamos destinados al fracaso”, agrega el crítico literario peruano Julio Ortega: “En su obra, vivir es desvivir”.
Vargas Llosa cumple hoy 80 años con su novela número 18, Cinco esquinas, en las mesas de novedades. “El mayor equívoco de sus críticos es despacharlo clasificándolo como un escritor realista. Es mucho más que eso. Le interesa la psicología compleja de sus personajes, la estructura narrativa, la trascendencia de los temas que elige”, precisa Montaner, su amigo desde hace 30 años, con quien comparte la devoción por las ideas liberales.
En su análisis de El sueño del celta, la historia del cónsul británico Roger Casement, Enkvist, miembro del consejo académico de la Cátedra Vargas Llosa, se propone demostrar una tesis: “El autor vuelve emocionalmente a sus creencias de juventud y hace caso omiso a su desarrollo intelectual posterior. Creo ver también en esa novela cierta imagen heroica del intelectual/escritor, un tipo de autocomplacencia que considero un punto ciego”.
Considera que la técnica narrativa que define al Nobel peruano es la de vasos comunicantes o acciones paralelas. “No hay novela donde no la utilice. Se ha convertido también en un maestro en narrar la vida interior de un personaje, muchas veces usando preguntas que el propio personaje se hace”.
Su “curiosidad inagotable”, afirma su biógrafo, el peruano José Miguel Oviedo, lo ha llevado a convertirse a través de su obra periodística en un “testigo del mundo”. Destaca en su narrativa la capacidad de sorprender y su habilidad en la fusión de tiempos y espacios.
En un principio, dice el crítico literario, parecía un escritor alejado del tema político. No aparece en La ciudad y los perros ni en La casa verde, indica, pero se vuelve central en Conversación en La Catedral. Una muestra de su capacidad de renovarse, observa, es La guerra del fin del mundo, que transcurre en Brasil, con la que dio “un salto al vacío” al alejarse de los escenarios conocidos del Perú.
“Compañero de carpeta” de Vargas Llosa cuando estudiaban la secundaria en La Salle, Oviedo considera que el secreto de su relación es haber coincidido ocasionalmente en diferentes ciudades. “Nuestra amistad consiste en reencontrarnos”.

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Julio Roldán, peruano exiliado en Alemania, autor de Vargas Llosa: Entre el mito y la realidad, recuerda que el escritor fue militante del Partido Comunista Peruano y del Partido Demócrata Cristiano, más tarde socialdemócrata y neoliberal, hasta terminar como un “fundamentalista liberal” a la par que monárquico, tras aceptar un marquesado en España.
“Más que dogmático, Vargas Llosa es un espíritu desgarrado. Un alma desgraciada, en términos de Hegel. Un ser muy contradictorio”, señala el filósofo, quien considera que la emotividad debilita sus argumentaciones: “Sus odios y sus amores se mueven en los extremos”.
Lo que sus ideas reflejan, añade Ortega, es una voluntad de verdad. “Sus convicciones tienen la autoridad de la pasión. Pero lo que hoy vemos más claro es que Mario es uno de los muy pocos escritores latinoamericanos que nunca ha vivido del Estado, siempre ha vivido de su trabajo”.
El escritor y académico uruguayo Juan Carlos Piñeyro, residente en Suecia, reconoce su maestría como escritor, al tiempo que advierte en novelas como La casa verde y El hablador rasgos etnocentristas y racistas. “Existe una percepción de los pueblos indígenas como atrasados y bárbaros, y que por eso, necesitan ser incorporados a la civilización occidental. Es la misma visión que expresa Vargas Llosa en sus artículos periodísticos”.
Montaner, vicepresidente de la Internacional Liberal, destaca la lealtad con sus valores. “El rasgo más notable de su personalidad es el compromiso con las víctimas de la represión política, aun al costo de sufrir cualquier ataque. Mario no sacrifica uno solo de sus principios aunque le prometan villas y castillas. Eso me parece ejemplar”.

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El modelo de Vargas Llosa, su dedicación exclusiva y excluyente a la literatura, su disciplina y capacidad de trabajo, han sido fundamentales para el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.
“No ha perdido el interés por seguir convirtiendo su mundo en libros. Esa pasión juvenil es para mí un horizonte, quiero conservar esa relación con la literatura cuando tenga sus 80 años”.
Oviedo destaca su pasión y disciplina, cualidades que no son fáciles de encontrar, juntas, en un escritor: “Es disciplinado y metódico al mismo tiempo, imprevisible y riguroso”.
Posee un autocontrol fuera de lo común, agrega Enkvist. “Sabe calcular el efecto de cada una de sus afirmaciones”, subraya. “Su fama mundial le ha convertido en alguien que no se permite jugar o bromear. Puede fantasear, pero sólo en sus novelas”. (Silvia Isabel Gámez/Agencia Reforma)