Vanidad, todo es vanidad

Por Daniel Amézquita

Cierta ocasión leí que el filósofo chino Confucio comparaba al buen gobernante con la Estrella Polar, su analogía radica en que este astro permanece inmutable mientras los demás se mueven en un acto de reverencia. Entiendo el significado que alude a las personas honorables por su rectitud, pero no estoy de acuerdo. Quienes tienen la obligación y la responsabilidad de servir a la ciudadanía no necesitan el agradecimiento ni la admiración. Desempeñar el cargo con profesionalismo, honradez y humildad; es en sí la mayor gratificación que se puede recibir. Básicamente, el concepto de servicio público es inherente al de igualdad, así sin más.
Me temo que existen, y son muchas y muchos, a los que se les olvida la esencia del servicio público. Recuerdo el libro de Ismail Kadare “El palacio de los sueños”, en que el personaje principal accede a la burocracia del Imperio Otomano del siglo XVI y comienza a desempeñar su labor que consistía en catalogar los sueños de todos los súbditos del sultanato para descifrar alguna confabulación contra el gobierno, poco a poco escala en su jerarquía, asciende y se va convirtiendo en otro lúgubre funcionario del que dependen la vida de hombres y mujeres, finalmente un error en la interpretación de un sueño trae consecuencias catastróficas al imperio.
¿Qué es lo que lleva a un funcionario público a corromperse o, en su defecto, a la mediocridad? El ejercicio del poder conlleva la confianza y responsabilidad que han depositado en una persona para que su destreza lo administre. El abuso o la pusilanimidad de éste, sólo nutre una red que en cada acción negativa crece; mientras se van deteriorando las instituciones y el Estado, como un efecto recíproco la acción corrupta se devuelve a quien lo ejerció, por lo que entonces no existe ganancia para nadie, un vicio que estanca e impide cualquier tipo de progreso. El tedio, la ambición desmedida, la solemnidad, la doble moral, la normalización, la egolatría, la vanidad, etc., son causa y síntoma a la vez.
Nada nuevo. En la antigua Roma, cuando regresaban victoriosos los conquistadores a su lado marchaban los Auguria, esclavos a los que se les designaba la orden de sostener la corona de laurel y susurrarle la frase al general: “Recuerda que sólo eres un hombre”, de esta manera el general evitaba actuar engreídamente y blasfemar contra los dioses. La ostentación y el tráfico de influencias son las enfermedades mortales de cualquier estructura política e institucional.
Nuestra actitud como empleadas o empleados del Estado debe de ser de servicio, no servil; de contribución a un desarrollo en el que si no participamos todas y todos difícilmente alcanzaremos. Nuestro ejemplo hablará de nosotros ante la sociedad, para lograrlo necesitamos trasmitirlo día con día con la cordialidad y la disposición a escuchar a la ciudadanía. Debemos recordar que cada decisión que realicemos tendrá las respectivas repercusiones. “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde nos habla de un hombre narcisista que desea no envejecer, en cambio su imagen en una pintura se deteriora cada vez que Dorian se entrega a la autodestrucción. No permitamos que nuestras acciones, así como en la pintura, envilezcan nuestra vida.