Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

 

¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura!

A Roma sepultada en sus ruinas, Soneto de Francisco Gómez de Quevedo Villegas y

Santibáñez Cevallos

Todos los caminos conducen a Roma, y si no, todos debieran conducir, la Ciudad Eterna con razón no sólo ha conservado sino acrecentado su fama, su prestigio, su belleza y su legado. Los romanos grandes administradores, grandes ingenieros y grandes juristas, por citar los campos en los que destacaron excelsamente sin menospreciar las artes, la literatura, la guerra, la política, en fin, con moneda o sin moneda, con Trevi o sin Trevi, quien ha visitado Roma no perderá nunca la ilusión de regresar a ella, porque algo de ella en quien la ha visto, permanece y dura.

En estos días algo leí sobre el matrimonio en Roma a propósito de un “falso debate” (como luego dicen los políticos) sobre la naturaleza y los fines del matrimonio. Más correcto sería decir un debate sin sentido, porque como decía aquella simple y simpática indita (sin el menor ánimo peyorativo) “ya’is dispués”.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación lo debatió y lo resolvió. Por lo tanto en México el matrimonio no puede excluir la posibilidad de que lo celebren individuos del mismo sexo, y no debe incluir entre sus disposiciones ónticas el que su fin sea el de procrear. Como decía el maestro zen: “Si comprendes, es así; si no comprendes, es así; ¿Comprendes?”. Apelar a la forma en que los romanos entendieron el matrimonio para pretender explicar y normar la institución en la actualidad, sería tan absurdo como entender y pretender normar la República como los Romanos la entendieron. ¿Comprendes?.

En Roma no había una, sino varias clases de ayuntamientos mas o menos formales entre un hombre y una mujer, en los cuales el componente del amor prácticamente no se encontraba. El amor romántico se inventó muchos siglos después. En Roma como en Grecia era tan comprensible una atracción con un componente “amoroso” entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer, o entre dos mujeres. Normalmente los “matrimonios” que por cierto no fue una denominación temprana, implicaban alianzas de intereses, concertadas las mas de las veces por los padres de los futuros contrayentes. De allí también la conveniencia de celebrar el contrato de “esponsales”, que no era sino una promesa de matrimonio, un contrato de “hacer” no de “dar”, que por lo tanto no podría forzarse a cumplir, pero sí a indemnizar en caso de que no se cumpliera.

Los esclavos no siendo personas, aún siendo seres humanos eran considerados como “res” (cosas) para el derecho. Por ello los esclavos podían ser sujetos de compraventa y, en el derecho antiguo el amo tenía derecho de vida y muerte sobre su “servus”. Los esclavos no podían casarse, pero su unión tenía consecuencias jurídicas. Se denominaba “contubernio” y básicamente servía para establecer relaciones de “herencia” para mejoramiento de sus crías, y para determinación de propiedad. La regla general en Roma era que el hijo seguía la condición de la madre: el hijo del esclavo nacía esclavito, pero el padre si era hombre libre podía determinar su liberación.

Entre los hombres libres no existía una sola clase de ayuntamiento formal. Los descendientes de los “Padres conscriptos”, de las treinta curias que la leyenda consideraba como las familias originales que habían concurrido a la fundación de Roma aquel 23 de abril de 753 a.c., tenían el “ius connubium” es decir el derecho de contraer “iustae nuptiae” (matrimonio jurídico). Las “iustae nuptiae” podrían celebrarse de tres formas, la solemnísima que era mediante la “confarreatio”, una celebración en honor de Júpiter en que se confeccionaba un gran pastel de trigo del que comulgaban los contrayentes y sus convidados de igual condición social, que solo podían llevar a cabo los descendientes de familias patricias senatoriales. Este “matrimonio” podía celebrarse mediante “coemptio” que era un contrato o por “usus” que era una prescripción adquisitiva, que celebraban los hombres y mujeres libres que tuvieran el “ius connubium”, pero que no pudieran celebrar la confarreatio. Este “matrimonio” normalmente iba precedido de pactos en los que se determinaba si la mujer al casarse, pasaba a formar parte de la “domus” del marido y por lo tanto sometida a la potestad de su marido o del padre de su marido si éste no fuera emancipado, forma llamada “cum manu”, o bien que al celebrar su boda permanecería en la familia de su padre y sujeta a su “potestas” lo que hacía que el “matrimonio” se denominara “sine manu”. Entre libres, cuando eran de diferente nivel social, se celebraba una ceremonia nupcial, que sin embargo era calificada discriminatoriamente como “inaequale connubium”. Los plebeyos celebrarían también esa ceremonia nupcial formal pero no solemne, que reunía más las características de un contrato civil.

La procreación no era un fin fundamental del matrimonio, sino la procreación de un varón para que continuara el culto religioso de los dioses de la familia y del lugar: los manes, los lares, los penates. De allí que el matrimonio pudiera terminarse unilateralmente por el repudio del esposo o de su padre, regresando a la mujer a su familia original, por no tener hijos varones, y, aún por otras causas que ahora consideraríamos banales. Como las mujeres no podían ser jefes del culto familiar, era indispensable que existieran hombres sucesores en la familia, los “heres suis” del “pater familiae”, y ante la imposibilidad de tenerlos, el derecho y la religión, que iban estrechamente unidas, regularon una invención legal: la adopción, mediante un mecanismo que servía para “engañar” de buena fe a los dioses, y hacerles saber que el pater familiae reconocía como su hijo al varón que depositaba en el hogar con una ceremonia parecida al del reconocimiento de sus hijos biológicos.

Interesante ¿no?. Se podría seguir abundando en las modalidades de familia, de matrimonios, de reconocimientos de hijos, de repudios de cónyuges y de hijos, de adopción, de diferentes formas de la adopción, etc., etc., podríamos, por ejemplo, citar el caso de Mahoma que a través del Corán va a legitimar a los descendientes de Abrahám y de la esclava Agar, que el “bueno” del varón bíblico repudió y lanzó al desierto con un pan y un odre de agua junto con su hijo Ismael, cuando Sara le dio un hijo “legítimo”: Isaac, pero rebasaría la intención de este escribidor que se limita a mostrar como alguna vez aprendió, que a los hombres y mujeres y a las instituciones solo pueden comprenderse situados en un”hic et nunc”, un aquí y un ahora y que, difícilmente pueden extrapolarse. Las normas jurídicas no anteceden a la sociedad, sino que, por el contrario, son vida humana objetivada, como decía mi maestro Don Luis Recaséns Siches. Cada comunidad, en una época y lugar determinados, se da las reglas y las instituciones que son acordes con sus formas, procesos e interacciones.

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