Por J. Jesús López García

La ciudad es un ente con vida, se duplica de manera continua percibiéndose en las transformaciones y el crecimiento de la huella urbana. No es obligado un crecimiento controlado, y la existencia de la urbe no necesariamente es la mayoría de las veces lo más sano, sin embargo, en las ocasiones anómalas de desarrollo urbanístico, es manifiesto el pulso cotidiano de la supervivencia en toda metrópoli. El porcentaje de grandiosas y antiguas capitales tales como Roma, París, Atenas, Washington, Pekín y México, entre otras, han tenido presencia humana desde hace milenios, en el caso de de nuestro país prácticamente desde el Paleolítico inferior hay registro de ocupación humana.
Se puede afirmar que la ciudad es el hábitat humano más, paradójicamente, «natural», pues se entroniza como el territorio en donde conviven la mayoría de los seres humanos, tal declaración plenamente fundamentada y con base en que a partir del año 2006 el ámbito urbano a nivel mundial está más poblado que el rural, baste citar que durante la Revolución Industrial la población que vivía en el campo se trasladó hacia el núcleo urbano de forma gradual, trayendo consigo consecuencias de índole ecológico de gran impacto y de manera inherente, una presión muy fuerte en el fenómeno de la construcción.
De esta manera, al transitar de los asentamientos provenientes de la prehistoria a las ciudades contemporáneas, la acumulación de obras en las zonas citadinas actuales, y más en regiones de grandes territorios como en América del Norte, produce una expansión de los centros urbanos que no tienen más límite que la capacidad misma de edificar. Sin pretender abordar los factores de sustentabilidad y económicos que ello entraña, es obvio que ese amontonamiento no tardará en «pasar factura», propiciando un momento en que el entorno construido se vuelve depositario de nuevos proyectos de rehabilitación arquitectónica-urbana.
Lo anterior entraña procesos de reutilización de inmuebles ya levantados, pertenecientes a distintos periodos en el tiempo, con vocaciones igualmente diferentes y con espacios y volúmenes variadas, revalorándose lo antiguo gracias al nivel de consolidación y por las posibilidades de ganancia que pueda producir esa misma circunstancia.
En la arquitectura, al igual que en los casos citadinos en que los asentamientos van sucediéndose unos a otros en el mismo espacio, los inmuebles ya existentes ofrecen la ventaja de haberse ganado su pertenencia el lugar en que se enclavan. Por generaciones esas fincas han ido afianzando su presencia en la cotidianidad de los transeúntes, ofreciendo de vez en vez, ocasiones para experiencias más directas: «…en aquella casa vendían frutas…», «…en la esquina vivía Don Juanito…». Las costumbres eslabonadas terminan siendo parte de una memoria comunitaria, de ahí que el interés arquitectónico-urbano que una finca sea capaz de producir, incide en mantener con vida el tejido de una ciudad, lo que finalmente, sin ser lo más importante, recae en el beneficio económico que un inmueble puede producir.
De un tiempo a la fecha, las diversas intervenciones realizadas en algunos ambientes públicos ya consolidados, se han vuelto cada vez más reiterativas, los beneficios saltan a la vista: más gente confluyendo, más ocupación, más ganancias comerciales, sin embargo, es conveniente observar atentamente estas acciones con otro lente, no sólo su dinámica económica y dar inicio a los incentivos de largo aliento como en el caso de las viviendas -que al parecer sus habitantes emigran de esas zonas conforme el lucro que los inmuebles propicien a través de un arrendamiento superior-, de manera que la revaloración de las ciudades no sólo apele a grandes sumas económicas, sino a mayores estímulos sociales y humanos, más incluyentes y no acotados por reglamentos aplicables a servicios y comercio.
En este contexto, la ciudad de Aguascalientes convive con esas intervenciones; la diversidad de usos en varios sitios de su geografía permite distintas actividades que a su vez suscitan interés en la población en general, como en el caso de la calle Venustiano Carranza, que se ha constituido como un paseo en que cultura, esparcimiento, comercio, servicios e incluso culto religioso, se despliegan a la gente en un marco construido agradable y de arquitecturas valiosas por sus contenidos artísticos, sociales e históricos; pero a pesar de los múltiples beneficios percibidos, en un plazo mediato habrá que estimar los alcances de la reutilización de las añejas casonas y de las vías vehiculares y peatonales.
Las metrópolis vivas establecen sus propios parámetros de caducidad, ninguna fórmula es invulnerable al paso del tiempo y al interés de las personas que las habitan. El provecho de ingresos pecuniarios que un edificio puede producir es importante, así como la rentabilidad económica que un enclave urbano puede generar será digna de tener en cuenta y cuidar de ella por autoridades, propietarios y habitadores, sin embargo habrá que reflexionar en el interés que proporciona vitalidad a una ciudad es el que atañe a la capacidad de significación frente a sus individuos. Sólo existe el hoy para llevar a cabo una meditación profunda sobre la metamorfosis del paisaje cultural de la malla aguascalentense.