VACAS FLACAS OTRA VEZ… ¿Y LAS GORDAS, CUÁNDO?

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

Detrás de toda crisis hay una oportunidad, dicen los optimistas; no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante, reza la sabiduría popular. El principio de la esperanza se sustenta en que históricamente las crisis terminan con un renovado periodo de bonanza. Hemos supuesto que detrás de las vacas flacas vienen las gordas, en un ciclo perpetuo.
El problema es que en los últimos tiempos los periodos de vacas gordas cada vez son más breves, hasta llegar al punto donde a unas vacas flacas suceden otras vacas cada vez más flacas. Todavía no salimos de la crisis de 2008-2009, y los gobiernos nos anuncian ya nuevos recortes al presupuesto de 2017 para mantener la estabilidad macroeconómica. El apretón de cinturón se hace necesario porque el nivel de deuda pública supera ya el 50%, y sigue subiendo.
Del lado de los ingresos basta con recordar que la proporción de los recursos presupuestarios de origen petrolero ha caído a la mitad: de 40% al 20%, entre 2012 y 2017. Esta pérdida no ha logrado compensarse a pesar de una mayor carga fiscal sobre las clases medias, el sobreprecio de las gasolinas, el remanente de Banco de México y el seguro petrolero.
Del lado de los egresos, el margen de maniobra ha quedado muy reducido. México cayó en el error de endeudarse para pagar intereses. Súmele la bola de nieve de las pensiones. Y agréguele, sobre todo, el enorme recurso etiquetado para los gobiernos estatales y municipales, cuyo destino no ha sido posible transparentar por el chantaje de los señores feudales que amenazan con ingobernabilidad.
El resultado es que 85% del Presupuesto de Egresos no está sujeto a recortes ni reasignaciones, por lo que todo el ajuste recaerá en reducciones al gasto social y a la inversión en infraestructura básica, que ya tocó fondo pues es la más baja desde la Segunda Guerra Mundial.
Los sueldos se han deprimido hasta el grado de que México ostenta el salario mínimo más bajo del mundo, y durante diez años sólo han aumentado los empleos de menos de tres salarios mínimos. Así no se puede esperar que por arte de magia aumente la productividad. Sólo creciendo puede bajar la informalidad y aumentar la inversión, la innovación y la productividad. Y para crecer hay que recomponer la credibilidad en las instituciones públicas, y me refiero a todos los órdenes y niveles de gobierno, partidos políticos, gremios patronales y laborales, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, inversionistas nacionales e internacionales y ciudadanos en general.
Según estimaciones muy conservadoras de un buen número de analistas, México pierde al menos seis puntos porcentuales de crecimiento potencial del PIB cada año a consecuencia de tres fenómenos muy extendidos y enraizados: corrupción, inseguridad e ineficiencia gubernamental. Representa una pérdida dos veces mayor al efecto combinado del derrumbe en la producción y precio del crudo. Combatir corrupción, inseguridad e ineficiencia representaría, para nuestro país, saltar de la mediocre tasa económica actual del 2% hasta el 8%.
En contraste, si seguimos apostándole todo a la tijera, aplicando las recetas del pasado, seguro nos toparemos con fracasos similares a los actuales, a los que tendremos que buscar explicaciones cada vez más enredadas.
Un buen nivel de reservas internacionales no ha sido suficiente para evitar la peor devaluación de nuestra moneda en los últimos veinte años. No importa si lo atribuimos al granuja de Trump, a Hillary, a la Reserva Federal, al Brexit, a China, a Grecia o a Brasil (los pretextos son infinitos), el peso seguirá débil por falta de confianza de los inversionistas. Aunque algunos ingenuos se empeñen en llamar “variable de ajuste” al tipo de cambio, lo cierto es que en una economía globalizada y abierta como la mexicana, la devaluación por descrédito es causa y efecto de la salida de capitales, y acarrea lisa y llanamente un empobrecimiento del país.
Como consecuencia de la devaluación ha ocurrido una notable caída, cercana al 40%, del Producto Interno Bruto por habitante (PPC) mexicano, medido en términos de dólares. Y es probable que sobrevengan aumentos en espiral en las tasas de interés y en los precios de bienes y servicios importados y luego nacionales. De entrada es un hecho que los consumidores mexicanos no podrán beneficiarse de una mayor competencia en el sector energético, ya que el fisco continuará cargando sobre el contribuyente un sobreprecio a las gasolinas.
El camino a las vacas gordas está en promover el crecimiento económico. Los diputados tienen nuevamente frente a sí la opción de seguir obedeciendo instrucciones de sus gobernadores o representar los intereses genuinos del pueblo con el que se tiene pendiente una enorme deuda social. Sin importar las presiones de grupos particulares, el presupuesto público no debe tener otro fin que promover con honestidad y transparencia el crecimiento y el desarrollo social; no existe otra forma de regresar a una época dorada de vacas gordas.
Crecer es la clave: es la diferencia entre vivir o morir.