Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaEn los últimos 25 años, la productividad laboral ha crecido en Corea al 4.7 por ciento anual; en México apenas al 0.3 por ciento. El sistema educativo de ese país prepara a su capital humano para la creatividad y la innovación; el nuestro no garantiza a los estudiantes mexicanos ni siquiera las destrezas básicas para ser obreros calificados.

En artículos anteriores subrayamos que, además de la escasa calidad de la educación básica, es altamente preocupante que sólo 60 por ciento de los niños mexicanos concluyan su secundaria, y que la mitad de los jóvenes que se matriculan en media superior la abandonen; es en estos niveles obligatorios donde se esperaría que los individuos desarrollen las habilidades de razonamiento lógico, así como las competencias técnicas y socioemocionales fundamentales para una vida personal y socialmente productiva.

Contrario al enfoque “universal y obligatorio” que debe caracterizar tanto a la educación básica como a la media superior, hoy quiero sostener que es un error pretender masificar la educación superior.

Durante décadas (¿o siglos?) hemos fomentado la falsa idea de que los títulos universitarios pueden sustituir a los títulos nobiliarios. Los padres de familia al igual que los jóvenes asumen que graduarse de abogados, administradores o comunicólogos les garantiza un futuro pleno de privilegios.

Generalizar una educación superior orientada a conceder títulos es un desperdicio, señala Gabriel Zaid. Muchos universitarios terminan de taxistas o comerciantes informales, sin haber aprendido siquiera a leer y comprender libros, lo que sí les habría permitido una mejor calidad de vida. Pero muchas universidades no se dedican a enseñar conocimientos útiles, sino a “vender credenciales que supuestamente permiten entrar al mundo laboral por arriba, no desde abajo. Es un fraude que se vuelve obvio a medida que se generaliza”.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, más de la mitad de los mexicanos desempleados tienen bachillerato o educación superior.

Otro dato alarmante: en nuestro país la mitad de los empleados con título universitario percibe tres salarios mínimos o menos (debajo de 6 mil pesos mensuales). En otros países fenómenos semejantes causan escándalo y cimbran a sus gobernantes. Por ejemplo, en el reciente Foro Económico de Davos fue motivo de amplio debate sobre el dato de que casi 285 mil graduados universitarios en Estados Unidos están trabajando con el salario mínimo.

Cuando presumimos que egresan 30 mil ingenieros cada año de nuestras universidades mexicanas, me pregunto: ¿de qué calidad?, ¿por qué no hay diseño nacional en automóviles, televisores, celulares, máquinas de exploración, perforación o refinación petrolera? En China producen y consumen cada año 10 millones de automóviles; 80 por ciento de esos automóviles son de marcas chinas. En cambio, en México ensamblamos 3.5 millones de automóviles (vamos para 5 millones en el 2020), pero todas las unidades son de marcas y empresas extranjeras. Eso hace una gran diferencia.

Es absolutamente cierto que el desarrollo económico de México es inimaginable sin fortalecer sus universidades públicas y privadas. Sin embargo, requerimos un cambio radical de paradigmas. Las universidades no deben ser trasmisoras, sino generadoras de conocimiento. Las universidades no deben formar futuros empleados, sino empleadores creativos e innovadores. Las universidades no deben justificarse en tareas de investigación estéril, sino traducir los resultados de sus investigaciones en publicaciones arbitradas, aplicaciones concretas y patentes.

Las universidades son motor de desarrollo de ciudades, regiones y países cuando atraen a empresas e industrias que se benefician de su capacidad de innovación y desarrollo de tecnología.

El estado de California ha recibido cientos de miles de millones de dólares gracias a Silicon Valley, que nació durante la Segunda Guerra Mundial, cuando un profesor de la Universidad de Stanford, Frederick Terman, y dos graduados de ésta, Hewlett y Packard, establecieron una pequeña compañía de electrónica en un garaje de Palo Alto. Décadas después, Google, Yahoo, Cisco, HP, Sun y otras se han desarrollado gracias a su relación con esa universidad.

Uno de los factores que explican el liderazgo económico de Estados Unidos proviene justamente de sus universidades. Según la revista inglesa Times, Estados Unidos cuenta con 43 de las 100 mejores del mundo, Inglaterra con 12, y Alemania con 6.

En México, cada año ingresa a la UNAM sólo uno de cada diez aspirantes; el déficit de lugares es muy amplio también en el IPN y en las universidades e institutos tecnológicos públicos de las entidades federativas. Aunque este déficit es la nota periodística del momento, la educación superior no puede ni debe universalizarse. No todos podemos ser cirujanos, físicos, biotecnólogos o arquitectos. Cada carrera demanda de los estudiantes ciertas capacidades previas, algunas innatas y otras adquiridas en el camino.

Lo verdaderamente preocupante es la terrible discriminación social que muestra el proceso de admisión actual, pues 90 por ciento de los aspirantes que logran acceder a la educación superior pertenecen al 20 por ciento socialmente más privilegiado del país.

Las universidades deberían liderar el combate a la desigualdad social en México, comenzando por sus mecanismos de selección. Si queremos construir un país más justo, necesitamos un sistema universitario más incluyente y meritocrático. La discriminación por origen social se puede reducir, no a través del pase automático, sino mediante programas sistémicos de detección oportuna de estudiantes talentosos desde las primarias y secundarias públicas de comunidades y colonias marginadas, a fin de brindarles becas, acompañamiento académico, cursos complementarios de inglés y desarrollo de competencias técnicas y socioemocionales que les emparejen el terreno.

En síntesis, el problema para el país no es, como equivocadamente se señala, que “sólo uno de cada cuatro mexicanos llegue a la universidad”, sino que, por un lado, las universidades sean fábricas de desempleados y, por otro, que los procesos de admisión sean socialmente discriminatorios. Es imprescindible tanto nivelar el campo de juego para incrementar fuertemente el acceso de buenos estudiantes provenientes de familias sin recursos a las mejores universidades del país, como lograr que éstas se responsabilicen de encabezar el desarrollo incluyente y sustentable que México requiere urgentemente.