Luis Muñoz Fernández.

¿Qué clase de ciencia era esta –se preguntaba–, “que enriquece el pensamiento pero roba a la imaginación”? De eso había escrito Humboldt en ‘Cosmos’. La naturaleza, explicaba éste, debía ser descrita con precisión científica pero sin “privarse del aliento vivificador de la imaginación”. El conocimiento no “enfriaba los sentimientos”, porque los sentidos y el intelecto estaban relacionados. Thoreau fue quien más de cerca siguió la fe de Humboldt en el “arraigado vínculo” que unía el conocimiento y la poesía. Humboldt le permitió entretejer ciencia e imaginación, lo particular y lo global, lo objetivo y lo maravilloso.

Andrea Wulf. La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt,2017.

Este miércoles 12 de julio de 2017 se cumplieron 200 años del nacimiento de Henry David Thoreau, un hombre difícil de clasificar. La información a la que podemos acceder nos dice que a lo largo de su vida ejerció de naturalista, maestro de escuela, agrimensor y fabricante de lápices, para acabar siendo sin pretenderlo uno de los fundadores de la literatura norteamericana, el precursor de la ética ambiental y los movimientos ecologistas, el promotor de lo que después serían los parques nacionales de su país, un ferviente antiesclavista y el que conceptualizó la idea de la desobediencia civil que tanto influyó en personajes como León Tolstói, Mahatma Gandhi y Martin Luther King.

Una lista que apenas cabe en una vida, menos en la de un hombre que vivió solamente 44 años. Una influencia que asombra por su amplitud y profundidad, que logró casi sin moverse de los alrededores de Concord, su ciudad natal, situada a unos 25 kilómetros de Boston, Massachusetts.

Un poder que nunca deseó ni buscó. El ascendiente que emana de una vida sencilla, congruente y que desmiente la necesidad de vivir en el “ojo del huracán” para trascender. La autoridad moral que no depende de los cargos y que muy rara vez coincide –hoy casi nunca– con la autoridad formal de puestos y nombramientos.

Descendiente de un antepasado francés nacido en la isla de Guernsey (Canal de la Mancha), murió de una tuberculosis que adquirió cuando tenía 18 años y que, como era habitual en aquella época, siguió su curso oscilante hasta el final sin oposición terapéutica alguna. El afamado escritor y filósofo Ralph Waldo Emerson, que había sido su tutor y amigo, dijo en su funeral:

Ningún colegio le ofreció jamás un diploma o una cátedra; ninguna academia le hizo su corresponsal o su descubridor, ni siquiera su miembro. Es posible que estas instruidas corporaciones temieran la sátira de su presencia. Y a pesar de todo, muy pocos llegarían a poseer tan grande conocimiento de los secretos y resortes de la naturaleza; y ninguno más extensa y religiosa síntesis. […]

Thoreau era la misma sinceridad, y podría, sin duda alguna, fortificar las convicciones de los profetas en las leyes éticas, dado su modo santo de vivir. Era una experiencia afirmativa de la que no se podía prescindir. Un hombre veraz, adecuado para sostener una conversación profunda y rigurosa; un amigo que no sólo conocía el secreto de la amistad, sino que era casi adorado por las pocas personas que lo tenían por su confesor y profeta y conocían el extraordinario mérito de su alma y de su corazón.

Aunque su presencia crece y este bicentenario lo ha actualizado con exposiciones y publicaciones sobre su vida y obra, Thoreau es todavía poco conocido. En un primer acercamiento nos puede parecer un ermitaño, pero esa impresión, alimentada por el mito de su vida “solitaria” en una cabaña de madera que él mismo se construyó junto a la laguna Walden, no corresponde a la realidad. Michel Onfray lo deja perfectamente claro:

Del mismo modo, visualizamos al filósofo como un Diógenes estadounidense, viviendo en una choza en los bosques, tanto en invierno como en verano, comiendo bellotas, asando los peces que pesca y demás presas que caza con sus propias manos. Nos lo imaginamos gruñón y misántropo, sin recibir visitas, prefiriendo la compañía de los animales a la de los hombres.

No obstante, la biografía pone en su sitio estos clichés románticos… […]

En cuanto a la cabaña, efectivamente vivió en ella, pero de forma irregular entre el 4 de julio de 1845, día de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, y el 6 de septiembre de 1847. Es decir, unas vacaciones según su antojo durante veintiséis meses. Cada dos días iba caminando a visitar a los suyos, que estaban a pocos minutos, y se traía algo que comer y añadir al pescado del lago o la marmota del bosque.

En descargo de Thoreau, hay que decir que él no creó el mito ni lo alimentó. Nunca ocultó los datos biográficos. Incluso da los detalles de su vida en la cabaña.

¿Qué es lo que realmente le interesaba a Thoreau? Según Robert Richardson, uno de sus mejores biógrafos, “está interesado en el cultivo de uno mismo –concepto que los alemanes llamaban Bildung– y sus apuntes dan muestra de su característica, profunda y constante relación con el mundo natural, con la vida, de hecho: una sensación apasionada y extática de gozo”.Según Wikipedia, este Bildung  implica “un proceso en el que las sensibilidades espirituales y culturales de un individuo, así como la vida, las habilidades personales y sociales, se encuentran en proceso de continua expansión y crecimiento. Bildung es visto como una manera de ser más libre debido a la reflexión con un ‘uno mismo’ superior”.

Buena parte de esos apuntes están recogidos en el diario que escribió a lo largo de 25 años, entre 1836 y 1861. El manuscrito original del Diario ocupaba 7 mil cuartillas en 14 libretas. Ernesto Estrella, que ha traducido al español la edición del Diario que Damion Searls hizo en 2009 para The New York Review of Books, propone una idea muy interesante: un “método Thoreau” para relacionarnos con todo lo que nos rodea. Lo explica así:

El ‘Diario’, más que un libro, es un “lugar” donde el lector puede entrenar su mirada, su oído, su olfato o su capacidad para conectar mundos distantes. Las caminatas de Thoreau –y leer este libro es salir a caminar con él– son seminarios al aire libre, siempre cargados de descubrimientos inesperados. […] El ‘Diario’ de Thoreau es un dispositivo listo para dar mayor intensidad a nuestra sensibilidad, a nuestra percepción. Él mismo –que recibió su educación en la Universidad de Harvard– nos decía que no había encontrado mejor universidad que la de sus propias caminatas…

El ‘Diario’ es una obra más abierta, pero, según avanzamos en nuestra lectura, se nos van revelando las estrategias que configuran un “método Thoreau”. Este método nos invita a movernos en nuestro día de manera similar a como él lo hiciera, y nos propone un itinerario ético que afecta a cómo nos relacionamos con nuestro entorno.

El “método Thoreau’’ que subyace al ‘Diario’ no es un tratado de reglas cívicas, es una ética del caminar pensante, un modo de moverse y mirar que coloca a Thoreau en nuestro presente.

La vida de Henry David Thoreau fue su mejor obra. Vida que fue –que es– la antítesis de la nuestra, tan huérfana de trascendencia, tan inmersa en el torbellino de una búsqueda angustiosa de la identidad y la notoriedad que simulan ofrecer las selfis y las redes sociales.

En la segunda parte de este escrito dejaremos que sea el mismo Thoreau quien nos diga lo que pensaba. Serán sus palabras las que nos señalen el camino de una vida ética.

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