COLUMNA CORTE“Todo el tiempo y en todo lugar, los corazones de todas
las cosas laten y se retuercen y hablan entre sí de formas
que no entiendo. Tal vez solo dicen: ‘Tengo hambre, o
quiero ir al baño’…pero tal vez sólo hablan en código…”
–    Hushpuppy

El idioma secreto de las cosas que nos rodean siempre está en constante comunicación con nosotros, ya sea a través del aire que se desliza entre las hojas de cualquier árbol o los discretos susurros de los minúsculos habitantes que moran en los territorios aptos sólo para invertebrados. En ocasiones elegimos escuchar y dejarnos llevar por sus milenarias historias, en otras nos ensordece el estruendo de nuestra propia vida y en unas pocas, como le ocurre a la pequeña protagonista de esta película, dejamos que ese lenguaje se transforme en el nuestro y seamos parte de esa narración natural que tan cotidianamente nos envuelve que simplemente perdemos la capacidad de verla. Tal es la manera en que la sustancialidad puede involucrarnos en un inspirador juego creativo y así dar forma a una película que rebasa pretensiones de formalidad narrativa y se transfigura en una actividad intelectual y emocional que gratifica con creces la paciencia de todo cinéfilo con apetito de un cine noble y espabilado que además urde su rica trama en el telar de la poética discursiva.
La historia se ubica en un lugar llamado La Bañera, una suerte de universo paralelo al estéril y gélido desarrollo metropolitano del que la nación norteamericana se pavonea mediante sus arrebatos mediáticos, pues es un microtercer mundo en los confines de Nueva Orleáns donde los habitantes se guarecen del inclemente sol y lluvia en hogares de cartón y lámina ataviados con desgastados harapos sin ningún tipo de recurso tecnológico sofisticado o asistencia social más el que sus manos les proveen en el cumplimiento de su actividad primordial: la pesca. Sin embargo, su rústica existencia les permite una insólita conexión con su bucólico entorno (bellamente fotografiado por el experimentado Ben Richardson) al punto en que parecen mimetizarse con la naturaleza de manera simbólica. Así es el cotidiano para la pequeña protagonista, Hushpuppy (la brillante Quvenzhané Wallis en el papel por el que siempre será recordada si es que persigue una carrera allende a el sonado fracaso de su “Annie”), una niña de seis años que observa y reflexiona sobre su cuasi mitológico cotidiano a la par que se nos obsequia mediante su voz en off al respecto. Ella juega, comparte con otros niños aventuras y experiencias lúdicas, acude a una derruida escuela donde se les alecciona más en folclore local que en vías científicas o estrictamente académicas y convive estrechamente con su padre Wink (un potente Dwight Henry), un malencarado pero amoroso pescador. Es así que en la frontera de este universo bayou se desatan diversos acontecimientos de forma simultánea que marcará la vida y destino de los personajes: su hábitat comienza a inundarse por el descongelamiento de los casquetes polares y deben buscar un nuevo hogar. En simultáneo, Wink comienza a padecer de un extraño mal cardíaco que le hace reconfigurar tanto su relación con Hushpuppy como su propia perspectiva, entregándose un poco a la bebida y abrazando cada vez más la naturaleza inquisitiva y analítica de su retoño. En este caótico universo, la única estructura yacerá en el vínculo honesto y franco que yace en un padre de inaudita hosquedad y bondad con su observadora hija.
El director Ben Zeitlin ejecuta con maestría un relato que habla con la poética mundana que brota con fluidez mediante los afanes de supervivencia de los personajes sorprendiendo por el hilvanado de una historia que se vuelve más dimensionada y profunda conforme los personajes evolucionan a la par que su entorno se desmorona, sin ceder nunca a ninguna clase de chantaje emocional o componentes dramáticos sentimentales baratos, fascinándonos a los espectadores con una carencia de concesiones a la banal sensibilidad de una audiencia masiva demasiado acostumbrada a la exploración étnica procesada por la maquinaria del maniqueismo rosa parte del alimento cultural gringo. Todo el mecanismo funciona en perfecta sincronía, pues el guión del mismo Zeitlin, la música y la excelsa fotografía permiten el desenvolvimiento de una película honesta y fuerte en sus fundamentos narrativos sin presionar demasiado la credibilidad y sí potencializando sus posibilidades simbólicas, lo que el cineasta aprovecha perfectamente sobre todo en el último acto, cuando la razón cede totalmente al realismo mágico inherente en una atmósfera ´pastoral como lo puede ser una Nueva Orleáns devastada urbana y socialmente pero fortalecida en sus constructos poéticos y creativos (la secuencia en que Hushpuppy y Wink tiene un acalorado debate en su destrozado hogar es puntual en su tono dramático y muy potente a nivel narrativo).
A pesar de su ambientación adversa, sucia y demacrada, “Una Niña Maravillosa” es una demostración de que el cine minimalista y relativamente tópico no debe acudir necesariamente al amparo de un discurso de índole política o sociológica, simplemente acudir a sus ricos personajes para que éstos detonen una trama interesante y casi única, elementos a considerar para que no ocurra lo que “Los 33”, entre otras producciones.

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