Luis Muñoz Fernández

Durante miles y miles de años su descendencia, individuo por individuo, ha sido presa de caza, acosada por mil calamidades en castigo por esa fechoría juvenil que, grandilocuentemente, se llama el Pecado de Adán. Y a lo largo de ese vasto lapso, no han escaseado rabinos, ni papas, ni obispos, ni curas, ni párrocos, ni esclavos laicos para aplaudir la infamia, sostener su justicia y rectitud intachables y alabar a su Autor en términos tan grosera y extravagantemente aduladores que nadie, sino un Dios, sería capaz de escucharlos sin esconder la cara y sumirse en el disgusto y la turbación.

Mark Twain. Autobiografía, 1906.

A estas alturas, además de vergonzoso, es verdaderamente doloroso constatar casi de manera cotidiana los virulentos ataques que diversas autoridades de la Iglesia Católica y sus voceros lanzan en contra de la comunidad homosexual, a la que no dudan en tachar de enferma, dándose todavía el lujo de obsequiarle una conmiseración hipócrita y ofrecerle su ayuda para sanarla de la enfermedad que padece. Y no han utilizado demasiado el término pecado porque en el estado laico que supuestamente tenemos, sonaría políticamente incorrecto. Tocados con el capelo o con la mitra, investidos de una autoridad que, según ellos mismos, los convierte en exclusivos voceros del Altísimo, no cejan de lanzar diatribas a los que, en flagrante contradicción, dicen considerar sus hermanos.

En las últimas semanas se ha observado un aumento notable del malestar del episcopado mexicano en contra de la Gobierno Federal. Malestar que se ha expresado, entre multitud de declaraciones, por medio de diversos escritos publicados en Desde la Fe, semanario de la arquidiócesis de México y que, de acuerdo a su director editorial Hugo Valdemar, “las autoridades eclesiásticas no sentían desde la promulgación de las leyes anticlericales en tiempos de Plutarco Elías Calles y desde que Lázaro Cárdenas introdujo la educación socialista”.

El asunto lo expone la revista Proceso en sus ediciones recientes 2074 y 2075 del 31 de julio y 7 de agosto de 2016, respectivamente. En la primera, un artículo escrito por el periodista Rodrigo Vera contiene una entrevista en la que Hugo Valdemar lanza fuertes críticas al presidente Enrique Peña Nieto:

Al lanzar su iniciativa para legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, el presidente Peña Nieto traicionó a la Iglesia, pues había prometido que la agenda del Papa Francisco sería la suya. Por eso su iniciativa ha sido tomada por nosotros como una terrible puñalada por la espalda.

En la edición 2075 de Proceso, Bernardo Barranco, sociólogo experto en el estudio de las religiones, se pregunta sobre lo que dice Hugo Valdemar:

¿Qué es lo que ha traicionado el presidente Peña? ¿Hay acuerdos, pactos, compromisos entre los obispos y el mandatario que no conocemos? ¿En una república laica son válidas las transacciones encubiertas entre la presidencia y el clero?

A pesar de que en la mayor parte de los países con un estado laico, se acepta que la religión pertenece al ámbito privado de los ciudadanos y se pretende que los individuos tengan autonomía moral, Hugo Valdemar no sólo justifica la intromisión de la Iglesia Católica en los asuntos públicos de los mexicanos, sino que le confiere la categoría de una misión profética:

La Iglesia tiene una función que generalmente se olvida: su misión profética, esto es, denunciar lo que está mal y destruye a una sociedad, como son las injusticias cometidas desde el poder. Esa labor profética la realizamos precisamente en nuestro semanario. Muchos quisieran que la actividad de la Iglesia se redujera a la sacristía, a cuestiones de culto y devoción personal. ¡No! ¡De ninguna manera! ¡La Iglesia no está hecha de ángeles! Sus fieles viven en una sociedad, dentro de una historia y de una estructura política. Debemos entonces abordar sus problemas y vivencias cotidianas, realizar crítica social a través de la prensa católica.

Asegura Valdemar que el propio Arzobispo Primado de México, el cardenal Norberto Rivera, ignora los temas que se van a tratar en el semanario Desde la Fe, de los que se entera una vez que recibe en su casa su ejemplar impreso. A todas luces, esto parece poco creíble, así lo señala Rodrigo Vera cuando menciona que el Cardenal Rivera es justamente el principal responsable de lo que publica el semanario de su arquidiócesis.

Una de las críticas de Bernardo Barranco se refiere a que Valdemar quiera hablar a nombre de toda la Iglesia. En la entrevista dijo: Por supuesto que Desde la Fe está reflejando esta oposición (a la iniciativa presidencial), que no es sólo de la arquidiócesis, sino de todos los obispos del país. Barranco señala que desde hace años Valdemar y el cardenal Rivera han aprovechado los reflectores que ofrece la capital del país para hacer parecer su voz como la del conjunto del episcopado, incluso pasando por encima de la propia Conferencia del Episcopado Mexicano, que ha encarado los matrimonios igualitarios con una posición más equilibrada.

Según Bernardo Barranco, Valdemar se encarga de hacerle el trabajo sucio al cardenal Rivera quien, ante la disposición canónica que lo obligará a presentar su renuncia en junio de 2017, desea fortalecerse para que Roma lo mantenga como hombre fuerte para proteger los intereses de la Iglesia frente a la promulgación de la nueva constitución de la Ciudad de México y las elecciones presidenciales de 2018.

¿Qué podemos sacar en claro los ciudadanos comunes de la entrevista de Hugo Valdemar y el posterior análisis de la misma por Bernardo Barranco? En realidad, nada nuevo. Una vez más queda claro que el reino de la Iglesia Católica mexicana, a diferencia de lo predicado por Jesucristo hace más de dos mil años, sí es de este mundo. Que sus intereses son tan mundanos como los del resto de los actores políticos y sociales de este país, pero con la ventaja de no someterse a las condiciones y reglas que, mal que bien, deben acatar los demás contendientes.

 Con el recurso de lo sobrenatural, interviene y participa en los poderes de este mundo y, cuando así se le señala, aduce su prioritaria fidelidad a las leyes divinas para escapar de las humanas. Lo mismo viene haciendo una y otra vez con la pederastia clerical, a pesar de lo ordenado por el Papa Francisco. Y lo mismo a la hora de opinar sobre la biología y la medicina humana sin someterse a los penosos trabajos de la ciencia, recurriendo únicamente a una revelación indemostrable. Una posición muy cómoda en la que no se ve obligada a comprobar sus afirmaciones.

En el fondo, lo que deja ver todo esto, es su triste papel como madre de los creyentes. Una madre que tiene un miedo cerval a que sus hijos crezcan, adquieran la autonomía moral de los adultos y que, de esta manera, escapen al férreo control que ejerce sobre sus conciencias. Una madre posesiva y, como estamos comprobando a diario en México y en Aguascalientes, muy intolerante.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com