Una economía que funciona razonablemente bien

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

Aguascalientes es un pequeño estado de la República Mexicana cuya economía, nos dicen, funciona razonablemente bien. Con una población poco mayor al 1.1% del total nacional, nuestra entidad contribuye con el 1.3% del Producto Interno Bruto del país. Independientemente de las ventajas derivadas de nuestro alto grado de urbanización, hay otros dos factores que impulsan nuestro crecimiento: las remesas y la inversión extranjera directa (IED).

Nuestro estado recibe el 1.5% de las remesas de mexicanos en el extranjero así como el 2.0% de la IED nacional, variables que sin duda contribuyen a elevar la calidad de vida. Por una parte, las remesas permiten a las familias marginadas disminuir sus carencias y aumentar su poder de consumo. Por otra parte, la inversión extranjera en la industria automotriz promueve un alto ritmo de “formalización” de empleos de tal manera que, aunque los trabajadores padezcan remuneraciones salariales bajas (son 16% menores que el promedio nacional), gozan de seguridad social y de prestaciones básicas de ley. Mientras que a nivel país el 58% de los trabajos son informales, en Aguascalientes ya sólo el 43%.

Sin embargo, en el Módulo de Condiciones Socioeconómicas 2015, el Inegi nos acaba de revelar que Aguascalientes es el segundo estado de la República con mayor desigualdad de ingresos. El primer decil (el 10% de los hogares más pobres) percibe ingresos promedio de menos de 2 mil 400 pesos al mes, incluyendo beneficios derivados de remesas y subsidios públicos, mientras que los hogares del decil superior (el 10% de los más ricos) obtienen 60 mil pesos al mes, montos que enmarcan una diferencia de 25 veces entre los más acaudalados y los más depauperados.

El problema de los bajos salarios acarrea probablemente otros claroscuros que merecen un estudio más profundo. Tenemos la tasa más baja de homicidios del país, pero la más alta de suicidios; somos los más católicos, pero sufrimos una de las peores tasas de embarazos juveniles; contamos con una de las más bajas tasas de desnutrición, pero la más alta en sobrepeso y obesidad.

Por hoy nos vemos obligados a revisitar otra vez el tema del empleo y los salarios. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi, los datos del segundo trimestre de 2016 para nuestra entidad son los siguientes:

Contamos con una población total de 1 millón 300 mil habitantes, de los cuales aproximadamente 72%, es decir, unas 938 mil personas, se encuentra en edad de trabajar (PET). De este subconjunto, 60% (567 mil personas) es considerado población económicamente activa, porque cuenta con un empleo remunerado o lo está buscando. El resto dedica su tiempo a estudiar y/o realizar trabajos domésticos y de cuidado de las personas (menores de edad, adultos mayores, enfermos), que son actividades básicas para el funcionamiento óptimo del hogar pero no remuneradas.

El 4.1% de la población económicamente activa (PEA) de Aguascalientes está desocupado; es un porcentaje poco más alto que la tasa nacional, la cual decreció a 3.9%. Adicionalmente, 8% de la PEA se encuentra subocupado, es decir, requiere un empleo adicional o trabajar más horas para cubrir sus necesidades. A éstos habría que agregar otro 6% que se confiesa “desesperanzado”, es decir, se quedan en casa porque han perdido la ilusión de encontrar un empleo que cumpla sus expectativas.

De los 544 mil aguascalentenses ocupados, el 75% labora entre 40 y 56 horas a la semana; a pesar de sus largas jornadas de trabajo, un 10%  de ellos gana menos de un salario mínimo, y sólo el 5% percibe más de 5 salarios mínimos. La inmensa mayoría obtiene entre uno y tres salarios mínimos.

Por actividad económica, el 64% de la población económicamente activa está ocupado en el sector de comercio y servicios; 23%, en la industria y manufactura; 8%, en la construcción, y menos del 5% en el sector agropecuario.

Los bajos salarios pueden explicarse por la enorme oferta de mano de obra buscando empleo. En nuestro estado, sólo 15% de la población económicamente activa se emplea por cuenta propia, y apenas el 5% es empleador. El otro 80% lo integran trabajadores subordinados, de los cuales tres de cada cinco laboran en unidades económicas micro y pequeñas, con muy pocos apoyos públicos para incrementar su productividad y competitividad.

Además, como hemos comentado en este espacio anteriormente, la competencia global está obligando a las grandes empresas a automatizar sus procesos por lo que, en vez de aumentar, reducen sus puestos de trabajo. Las cifras nacionales son reveladoras: de junio de 2015 a junio de 2016, los micronegocios aumentaron sus plazas en 817 mil, seguidos de los medianos en 338 mil, y pequeños en 163 mil; en contraste, los grandes establecimientos registraron una fuerte caída del empleo, pues despidieron a 76 mil personas.

Frente a este panorama podemos concluir que en tanto no demos pasos firmes para avanzar desde los sectores educativo y económico en la formación de capital humano emprendedor que sepa y quiera arriesgar, continuaremos a merced de las vicisitudes de los intereses trasnacionales. Sin pretender contribuir al pesimismo, debemos ahora prepararnos para prevenir los riesgos adicionales que significarían la llegada del antimexicano Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos.