COLUMNA CORTE 1…De repente, con la conciencia iluminada ante ese desdén que manifiesta su esposo, una fiera fémina se desplaza como felino en celo a través de la habitación. Su entallado e impecable traje blanco característico del sur norteamericano de la década de los 50´s sólo enaltece su calcinante personalidad, lista para confrontar aquellos gélidos ojos azules que sostienen la complaciente mirada de aquel hombre que ha dejado de amarla, tullido tanto en espíritu como en su cuerpo, requiriendo una muleta para sostener su bronceada y dolorida anatomía. Discuten. Al final de la escena, él le inquiere sobre una figura metafórica que formó parte de su acalorada conversación: ¿Cuál podrá ser la victoria que logre una gata sobre un tejado caliente? La respuesta de ella es contundente: ‘’Permanecer ahí, hasta que la gata no soporte más”…
Él, por supuesto, es Paul Newman quien con sus albicelestes iris oculares y su socarrona altanería pretendía ingenuamente dominar aquello que jamás podrá ser sometido: la voluntad de una venus despechada de purpúrea mirada soslayante con un nombre tan mítico como su sola presencia: Elizabeth Taylor , quien en la inolvidable cinta “La Gata Sobre el Tejado Caliente” (Brooks, E.U.,1958) se consagró como una de las genuinas diosas en celuloide que le dieron fulgor al mancillado Olimpo llamado Hollywood donde las presencias y las estrellas eran esculpidas con el efímero barro de la mera fama, pero otras con el pétreo e inmortal mármol de una categórica estampa. Allende a un bello rostro, Taylor indudablemente conocía el oficio del actor.
Elizabeth Rosemond Taylor aprendió a dominar su histrionismo desde aquellos escapismos juveniles que le brindaron fama y una adoración inmediata para el público post Gran Depresión gracias a su seráfico rostro pleno de candor virginal en filmes irremediablemente encantadores como “La Cadena Invisible” (Wilcox, E.U, 1943), “Fuego de Juventud” (Brown, E.U., 1944) y “Mujercitas” (LeRoy, E.U., 1949), genuinos placeres para una audiencia que invariablemente se extraviaba en la carismática sonrisa de esta candorosa actriz que resultaba en la perdición de sus coestrellas masculinas, aún si éstos fueran un Mickey Rooney o un Peter Lawford. Al final, la fama sobre sus espaldas significó nada ante tan rutilante compañera femenina.
A diferencia de los otros efebos de la Meca del Cine, la Taylor logró una transición honrosa que incluso culminó en su encumbramiento como histriona gracias a su participación en filmes que salvaron la difícil prueba del tiempo como “El Padre de la Novia” (Minelli, E.U., 1950), “Ivanhoe” (Thorpe, E.U., 1952), “La Furia de Ceilán” (Dieterle, E.U., 1954), “La Última Vez que Vi París” (Brooks, E.U., 1954) y “Gigante” (Stevens, E.U., 1957), ésta última erogaría tanto en una prueba de interpretación por las complejidades psicológicas de su papel como por su alternancia con el finado y canonizado por los cinéfilos James Dean, logrando una dinámica de personajes en esta suerte de drama campirano texano donde el supuesto protagonista, Rock Hudson, pasaba a segundo plano ante la imponente figura de su contraparte femenina (Taylor). Un filme de cualidades épicas por el espectro emocional que abarca y, probablemente, una de las últimas grandes cintas de Hollywood.
Conciente de su potencial actoral, Elizabeth Taylor procuró una evolución en pantalla buscando y conquistando papeles donde su arrolladora belleza fuera tan solo un elemento secundario para explorar personajes que brillan por sus intrincadas y exuberantes patologías, arrancando así su nueva etapa durante la turbulenta década de los 60’s con filmes de múltiples lecturas y capas narrativas, como es el caso de “Una Venus en Visón” (Mann, E.U., 1960), donde encarna a una prostituta de lujo extraviada a nivel identatario; “De Repente, el Verano” (Mankiewicz, E.U., 1960), un sombrío “psicodrama familiar donde la motivación- y causa de sus fracturas emocionales- del personaje de la Taylor resultaba por demás audaz para la época y una genuina vuelta de tuerca en la trama que, por lo mismo, sería incapaz de revelar; Almas en Conflicto” (Minnelli, E.U., 1965), donde solo una figura como la suya podría hacer caer en tentación a un sacerdote episcopal (Richard Burton) en las cálidas y fogosas playas de Big Sur;  “¿Quién Teme a Virginia Woolf ?” (NIchols, E.U., 1966), la oscuridad existencial hace presa de un matrimonio (Taylor y Burton) incapaz de localizar su núcleo afectivo y “El Reflejo en tus Ojos Dorados” (Houston, E.U., 1967), tal vez una de las actuaciones más grandiosas en la historia de su carrera, tanto de ella como de su compañero en pantalla Marlon Brando que probablemente usted jamás haya visto, debido al fracaso comercial de una cinta que nunca encontró a su público, probablemente por lo inteligente y atrevido de su trama, negada por décadas en formatos caseros.
Elizabeth Taylor también alcanzó la celebridad por sus incontables matrimonios, sus fundaciones en pro de una cura para el SIDA, su amistad con Michael Jackson y su muy promocionado perfume. Pero la genuina medida de esta actriz se encuentra en el cine, donde sin pudor encarnó a la reina Cleopatra en uno de los fracasos más sonados en la historia de Hollywood o a una ama de casa cuya alma se ha secado entre quehaceres domésticos y una familia que la trata con ignominia. Una diosa que vive en sus historias, mientras que en la Tierra sus ojos púrpura ya se han cerrado para siempre, dejando en libertad a la gata para su salto de un tejado caliente hacia la inmortalidad.
Nota: Varios de los filmes mencionados se encuentran disponibles a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán
correo: corte-yqueda@hotmail.com