Luis Muñoz Fernández

Durante los últimos cincuenta años la medicina ha pasado de ser una búsqueda modesta de efectividad limitada a un fenómeno masivo y global que emplea a millones y tiene un costo de cientos de millones[…] La medicina se ha transformado en el símbolo más visible del gran proyecto de la Ilustración, en el que el progreso científico derrotaría a los peligros hermanados de la ignorancia y la enfermedad para beneficio de todos.

 

James Le Fanu. El ascenso y la caída de la medicina moderna, 2012.

Reconozco que cuando en una colaboración pasada escribíamos: hasta la investigación científica se ha vuelto una mera transacción comercial: “captar” pacientes para el protocolo –una suerte de asunto cinegético– porque, más allá de la ciencia y el humanismo, representan, aunque se niegue o se disimule con un discurso solidario, pingües beneficios para el investigador, para sus ayudantes y, sobre todo, para sus patrocinadores, nos quedaba una sensación muy pesimista (aunque realista) de esta noble actividad humana.

Por eso ha sido sumamente grato recordar aquella época en la que la voracidad del mercado si no era menor, por lo menos no alcanzaba la omnipresencia con la que hoy domina todos los trabajos del ser humano. Algunos podrán decir que este punto de vista es una forma de romanticismo, la expresión de una nostalgia por tiempos pretéritos idealizados que tan bien supo plasmar en aquel verso Jorge Manrique: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sin embargo, no es así, pues reconocemos que, si bien la codicia siempre ha acompañado al hombre, es hoy cuando la sufrimos bajo el disfraz del éxito y como parte de ese dogmatismo de la actualidad al que ya hemos hecho referencia en otras ocasiones.

Y aunque ahora mismo sigue habiendo héroes anónimos o conocidos que trabajan por el bien del género humano, pasando horas interminables en sus laboratorios buscando sin descanso los hechos que conduzcan a un gran descubrimiento, tenemos la fortuna de conocer historias pasadas que nos llenan de asombro y que renuevan siempre nuestra fe en el lado más luminoso del ser humano.

Una de esas historias es la que nos contó recientemente la revista cultural Jot Down (http://www.jotdown.es), cuyos artículos se asoman de vez en cuando en el periódico El País. Se trata de “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, publicada el 25 de julio de 2016 por David Sucunza Sáenz. El título corresponde a la famosa frase de Winston Churchill quien, según se dice, hacía referencia a la extraordinaria labor del oficial británico de la Real Fuerza Aérea, Hugh Dowding, estratega en jefe del Mando de Caza (Fighter Command) durante la Segunda Guerra Mundial.

En este caso el héroe no es un militar, sino un investigador y su equipo de colaboradores, quienes a lo largo del tiempo salvaron de una muerte segura a millones de personas. Howard Walter Florey (1898-1968) fue un farmacólogo australiano que trabajaba en Oxford durante aquellos difíciles años de la Segunda Guerra Mundial. Para darnos una idea, he aquí el panorama con el que inicia el artículo de Sucunza:

En febrero de 1941 Gran Bretaña vivía en plena zozobra. Aunque continuaba en pie gracias a la defensa natural del Canal de la Mancha y la bravura de su fuerza aérea (recordemos a Hugh Dowding), la Luftwaffe ponía a prueba cada noche sudeterminación de no doblegarse ante el poder alemán. Los bombardeos estaban reduciendo a escombros las principales ciudades del país y los muertos se contaban por decenas de miles. Incluso las poblaciones como Oxford, que quedaban al margen de estos ataques, sufrían los nefastos efectos de la guerra. Escasez de suministros, continuos cortes de luz, llegada de refugiados procedentes de las zonas más afectadas, por no hablar del temor a una posible invasión nazi, circunstancia que los habitantes de la isla tenían bien presente.

Y es en ese ambiente de extremo peligro y gran necesidad en el que Florey y sus dos extraordinarios colaboradores, Ernst Boris Chain y Norman Heatley, investigaban las propiedades antibacterianas de la sustancia química que había descubierto por casualidad Alexander Fleming en 1928 al observar el caldo de cultivo en el que crecía el hongo Penicillium notatum.

Por más fama que tenga, el héroe de esta historia no fue Fleming. Lo de él fue una cadena de circunstancias fortuitas: el hongo que contaminó sus cultivos de estafilococo (la bacteria que él estudiaba) se coló por la ventana de su laboratorio llevado por las corrientes de aire desde un laboratorio en el piso de abajo donde trabajaba el experto en hongos C. J. LaTouche. El hongo produjo penicilina porque durante esos días de verano bajó inesperadamente la temperatura medioambiental. Tras curar a un colega de una conjuntivitis leve, Alexander Fleming ya no siguió investigando las propiedades de la penicilina, dejándose llevar por el prejuicio de que una sustancia así sería demasiado tóxica para los seres humanos.

De modo que el verdadero héroe fue Howard Florey, quien entre bombardeo y bombardeo seguía investigando en ratones, en los que pudo demostrar la extraordinaria acción bactericida de la penicilina. Ante la posibilidad de una invasión alemana y la destrucción de sus instalaciones e investigaciones, él y varios miembros del Departamento de Patología se rociaron sus ropas con las esporas del hongo para recuperarlo más tarde y reanudar sus estudios. Por fortuna, la invasión nazi no ocurrió (recordemos nuevamente a Hugh Dowding) y las investigaciones se trasladaron de Oxford a la Radcliffe Infirmary.

Florey y sus colaboradores continuaron sus trabajos y contaron con la invaluable ayuda de Elva Akers, una mujer con un cáncer terminal que, antes de morir, se dejó inyectar penicilina para probar que no era tóxica en los seres humanos. El primer paciente tratado fue el policía Albert Alexander quien, tras rasguñarse con un rosal, sufrió una gravísima infección que, además de la piel, se extendió a los huesos y los pulmones. Su médico, Charles Fletcher, obtuvo algo de penicilina que le facilitó Florey y la respuesta fue espectacular. Sin embargo, como el antibiótico era muy difícil de obtener a partir de los cultivos del hongo productor, el tratamiento quedó incompleto y Albert Alexander falleció semanas después.

La fabricación a escala industrial de la penicilina también se logró gracias al empeño de Florey. Buscando la ayuda financiera y técnica en los Estados Unidos de Norteamérica, atravesó el Atlántico y, tras muchos trabajos, logró que la penicilina despertase el interés de la industria farmacéutica y del propio gobierno. No sólo eso: la penicilina se convirtió en una especie de secreto militar para utilizarla en el ejército norteamericano, lo que representaría una importante ventaja sobre sus enemigos. Una vez concluido el conflicto bélico, se autorizó su uso generalizado con los resultados que todos conocemos.

En 1945, Fleming, Florey y Chain recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por el descubrimiento de la penicilina y su efecto curativo en las enfermedades infecciosas. De los tres, Fleming era el más simpático, el que captó la atención de los medios de comunicación, representando muy bien el papel del héroe carismático que se necesitaba como colofón a una historia tan extraordinaria. Con todos ellos, incluyendo a los pacientes que se prestaron voluntariamente o con desesperación a los experimentos, nos une una deuda impagable.

A pesar de las dificultades de todo tipo que hoy nos agobian, su ejemplo arroja una luz serena y cálida que nos impulsa a redoblar esfuerzos en pos de un mundo mejor.

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