Luis Muñoz Fernández

España no es un pueblo degenerado, sino ineducado… Nuestros males no son constitucionales, sino circunstanciales, adventicios. El problema agitado por algunos de si la raza íbera es capaz de elevarse a las estrellas de la invención filosófica y científica es cuestión tan odiosa como molesta.

 

Santiago Ramón y Cajal. Los tónicos de la voluntad, 1897.

Estamos discutiendo sobre las promesas y los riesgos de la edición del genoma, una técnica de la biología molecular de esas que los analistas económicos llaman “innovaciones radicales” o “tecnologías perturbadoras, de ruptura brusca” (disruptive technologies). Son esas técnicas cuyo impacto va más allá de lo económico y se extiende a los ámbitos social, institucional y moral.

Puede ser desalentador constatar una y otra vez el poco interés que la ciencia despierta en muchos de nuestros conciudadanos. Nuestra sociedad llegó tarde a la revolución científica, eso ya no tiene remedio. Por fortuna, hemos avanzado mucho en este rubro. Sin embargo, hasta ahora el progreso lo ha encabezado una comunidad relativamente pequeña de académicos e investigadores. Entre ellos los hay muy destacados. Pueden competir ventajosamente con los mejores del mundo, pero son pocos y su influencia en la elevación del intelecto nacional sigue siendo modesta.

Por décadas –¿siglos, tal vez?– hemos postergado una de las más altas y delicadas responsabilidades de una nación que se precie: educar con calidad en la independencia de juicio, el rigor científico y la sana disidencia a los jóvenes mexicanos. Tras ese abandono secular, los frutos son los que ahora cosechamos. No nos lamentemos. La indiferencia y pasividad de muchos compatriotas no se debe sólo a su pobre alimentación, sino al cultivo sistemático y perseverante de la ignorancia.

De cierta manera, existe un claro interés en que la mayor parte de la población siga arrastrando ese lastre. Un pueblo ignorante es manipulable y rinde pleitesía a una autoridad más de las veces venal, interesada sólo en sí misma, desentendida de su responsabilidad social. No se puede generalizar, pero los ejemplos no son difíciles de encontrar. Los recogemos a puños en la administración pública, los negocios privados y hasta en la religión organizada.

En lugar de rasgarnos las vestiduras, no aplacemos más lo que debimos haber empezado hace mucho tiempo. No pongamos las esperanzas en un cambio que ha de venir de arriba. Lo más probable es que si algo viene de la administración educativa, no sea sino una nueva forma de alienación.

Por lo menos entre nosotros, pareciese como si el papel de las instituciones educativas fuese el de formar jóvenes esclavos, ciudadanos obedientes, incapaces de cuestionar a la autoridad establecida y al orden imperante, felices de integrarse al mundo prefabricado que les han dispuesto sus mayores e incapaces de introducir en él alguna mejora significativa. Es una lástima que los preciosos años de la juventud se destinen a una castración de las más nobles aspiraciones y potencialidades de las nuevas generaciones.

Ante este panorama, se entiende que la ciencia no forme parte de la cultura de las mayorías. El conocimiento científico, que se sabe más o menos transitorio e inexacto, que siempre tiene a la incertidumbre como acompañante, no es del gusto del pueblo llano. Salvo raras excepciones, el ciudadano sin formación científica no puede tener espíritu científico. Prefiere el atractivo consuelo del dogma, refugio en donde no es necesario pensar para ser feliz y en el que siempre se tiene a la mano el recurso de acudir implorante al padre bondadoso que, aunque a regañadientes, acabará resolviendo nuestros problemas. ¿Cómo no ser indolente con tamaña garantía?

Por eso es necesario que actuemos desde el ámbito de nuestra competencia. Educar en las bondades de la ciencia, el amor a la lectura, el pensamiento crítico y la independencia de juicio es la tarea más importante de cuantas hay que emprender en este México nuestro. Sólo así fincaremos un progreso duradero en lo económico, lo intelectual y lo moral. Cualquier otro camino es un espejismo que habrá de dejarnos tirados en la cuneta de la modernidad, para variar, más pronto que tarde.

Entre otras cosas, esta brecha entre el nivel de nuestra comunidad científica y la escasa cultura científica de la mayor parte de los mexicanos demanda una divulgación de la ciencia que, sin perder el rigor necesario, sea atractiva para poder llegar a todos los rincones del país, como lo hace hoy en su lugar la comida chatarra, la ignorancia, la violencia y el fanatismo endémicos.

Hagamos nuestro el lema de la Royal Society, una de las instituciones científicas más antiguas y venerables del mundo: “Nullius in verba”, que se puede traducir de manera aproximada como “sin tomar en cuenta las opiniones de nadie”, lo que establece el firme propósito de los miembros de no hacer caso de los dictados de la autoridad establecida y atenerse a los hechos demostrables mediante experimentos, una sana actitud frontalmente opuesta a las dictaduras materiales y espirituales. La Royal Society creó la ciencia moderna.

Y recordemos a propósito las palabras del doctor Ruy Pérez Tamayo, el más destacado de los patólogos mexicanos:

Cuando se compara el estado de la ciencia en México a principios del siglo XX con el que mostraba en el año 2000, las diferencias son notables y ocurren en todos los niveles en sentido positivo […] Tampoco debíamos soslayar que el motor y la fuerza del cambio referido no fue el Estado, no fue el Presidente X o el Secretario Y, no fue el Poder Legislativo W ni el Proyecto de Desarrollo Z, sino que fuimos nosotros mismos, los miembros de la comunidad científica, que no sólo logramos sobrevivir sino que además supimos promover y prestigiar la enorme contribución que el conocimiento de la realidad podía hacer al desarrollo integral de la sociedad mexicana […] Pero para mirar hay que querer ver, y para ver hay que abrir los ojos, dos operaciones que requieren aceptar la posibilidad de rebasar o hasta de suprimir los intereses propios, personales o partidistas, en aras del bien de la mayoría de los ciudadanos. Aparentemente, la superación de esta actitud por las autoridades políticas mexicanas responsables está tomando más de 50 años.

 

A quienes hemos tenido el privilegio de una educación de buena calidad nos toca arrimar el hombro. Sólo así esa brecha amplia y profunda, como si de una herida en el cuerpo social se tratase, podrá cerrarse y cicatrizar.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com