Luis Muñoz Fernández

Sólo después de que se hizo del conocimiento público el exterminio nazi, se desvaneció el movimiento eugenésico estadounidense. Las instituciones eugenésicas norteamericanas se apuraron para cambiarse el nombre, que pasó de eugenesia a genética […] Aunque la retórica y el título institucional cambiaron, las leyes y las mentalidades siguieron intactas. Así, décadas después de que los Juicios de Núremberg condenaran la eugenesia como un genocidio y un crimen contra la humanidad, en los Estados Unidos continuaron las esterilizaciones forzadas y las prohibiciones en contra de los matrimonios eugenésicamente indeseables.

Edwin Black. War against the weak, 2003.

La eugenesia vuelve a estar de moda. Sin llamarla por su nombre, se percibe su latido en la campaña de Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. La palabra nos hace pensar de primera instancia en la Alemania nazi, donde se puso en práctica de la manera más radical hasta ahora conocida, pero no fue en aquel país donde se inventó. De hecho, Francis Galton, un polímata inglés que fue primo de Charles Darwin, la definió por vez primera en 1904:
La eugenesia es la ciencia que estudia todas las influencias que mejoran las cualidades innatas de una raza y las desarrolla para sacarles la máxima ventaja posible.
Los partidarios de la eugenesia creían firmemente que la humanidad estaba compuesta por una raza superior (los nórdicos o los arios) y, por otro lado, los no aptos, entre los que se encontraban los afroamericanos, los gitanos, los judíos, los delincuentes, los pobres, los ciegos, los sordos y los llamados débiles mentales.
Con el propósito de lograr una sociedad ideal, el movimiento de la eugenesia promovía la reproducción de los seres humanos superiores (eugenesia activa), a la vez que impedía la propagación de los no aptos (eugenesia negativa). Para ello, sus seguidores influyeron en la promulgación de leyes que obligaron a la esterilización de los no aptos y patrocinaron centros de investigación para confirmar sus postulados a través de investigaciones “científicas” y desarrollar nuevas medidas a favor de sus objetivos.
El primer país que adoptó como una política pública de alcance nacional la idea de la eugenesia fue los Estados Unidos de Norteamérica, en donde se practicó la esterilización forzada de los no aptos desde los primeros años del siglo XX hasta la década de los sesenta. También se restringió el ingreso de ciertos inmigrantes, como los provenientes de la Europa meridional y los latinoamericanos. Entre los principales promotores de la eugenesia en aquel país destacaron personajes tan afamados y respetados como los magnates del acero (Carnegie), del petróleo (Rockefeller) y los ferrocarriles (Harriman). Algunos años después, sus ideales fueron adoptados con entusiasmo por los jerarcas nazis, quienes los refinaron y pusieron en práctica primero contra sus opositores políticos y después como parte de la llamada “solución final de la cuestión judía”.
Pero las peligrosas ideas de Donald Trump no son la única causa de que la eugenesia esté de nuevo sobre la mesa. La otra razón es la ciencia, concretamente la biología molecular, cuyos recientes avances en el campo de la manipulación genética han despertado, una vez más, hondas preocupaciones éticas en la comunidad internacional. Por primera vez, a través de una técnica de laboratorio conocida como CRISPR, existe la posibilidad real de modificar a voluntad el material genético. Aunque de entrada se pretende utilizar esta técnica para corregir los defectos genéticos que causan enfermedades hasta ahora incurables o para dotar a las células humanas de herramientas genéticas con las que puedan combatirse diversas enfermedades como el sida y varias formas de cáncer, el sueño de los partidarios de la eugenesia puede hacerse realidad y de manera mucho más eficaz que antes. Estamos cerca de poder crear seres humanos con ciertas características, tomando en nuestras manos lo que antes hacía el azar o la voluntad divina. Lo que siempre había sido un don fuera de nuestro alcance.
Uno de los pilares de la bioética, llamada por uno de sus fundadores “la ciencia de la supervivencia”, es justamente la reflexión y la propuesta de soluciones sobre aquellos aspectos de la ciencia que pueden volverse en contra del ser humano. Ya lo decía G. K. Chesterton en relación con los peligros de la eugenesia: “La cosa más sabia del mundo es gritar antes de que te hieran. No es bueno que grites después de que te han herido, especialmente si la herida es mortal de necesidad. […] Un hachazo sólo puede detenerse cuando el hacha está todavía en el aire”. En relación a la posibilidad real de crear seres humanos a gusto de terceros, nos encontramos ahora con el hacha en el aire.
Las implicaciones éticas en relación al uso de la técnica CRISPR no sólo tienen que ver con lo relativo a la eugenesia, sino también con la bioseguridad. Una técnica que ha sido descrita por la doctora Charpentier, una de sus creadoras, como “extremadamente eficiente, barata y versátil”, invita a su uso generalizado, tal como está ocurriendo en numerosos laboratorios de todo el mundo. Hasta ahora, se ha experimentado con ella en animales, pero ya existe más que la intención de empezar su uso en humanos. De hecho, en abril de 2015, un grupo de científicos chinos anunciaron que ya habían editado el material genético de embriones humanos inviables.
En los modelos animales utilizados se ha visto que puede ocasionar mutaciones imprevistas. Keith Joung, del Hospital General de Massachusetts, ha encontrado estas mutaciones del 0.1 al 60% de los casos manipulados con CRISPR y no conocemos las consecuencias que dichas mutaciones pueden acarrear. Y lo mismo puede decirse sobre el riesgo de usar la técnica para modificar animales de laboratorio con el propósito de que sean susceptibles a ciertas enfermedades. Si esto se lleva a cabo sin las estrictas medidas de seguridad necesarias, los mismos investigadores podrían adquirir las enfermedades que pretenden estudiar en sus modelos animales. También existe la preocupación en torno a uso de la CRISPR en la agricultura, la ganadería y para hacer desaparecer poblaciones de insectos dañinos y plantas invasoras, pues desconocemos las repercusiones de todo ello en los diferentes ecosistemas.
Respecto a los seres humanos, lo que más preocupa es el uso de las técnicas de edición genómica como la CRISPR en las células germinales (los precursores de los espermatozoides y los óvulos) de los embriones, ya que los efectos de los cambios introducidos sólo se pueden conocer hasta el nacimiento y, además, esos cambios se transmiten a la descendencia con consecuencias hasta ahora imprevisibles. Esa es la razón por la que en muchos países existen leyes que prohíben las investigaciones en las células germinales de los embriones humanos. Existe el temor de que esto conduzca al mejoramiento genético, una nueva forma de eugenesia que para algunos, incluyendo a reconocidos expertos en bioética, no es necesariamente condenable.
Nos encontramos en el umbral de una nueva era en la que el ser humano será capaz de manipular su propio material genético a niveles inéditos. La complejidad y la fragilidad de esta nueva aventura desafía como nunca antes nuestra capacidad de comprensión. Así lo expresa Siddharta Mukjerhee en su más reciente obra El gen. Una historia íntima (The gene. An intimate history. Scribner, 2016):
Nuestro genoma ha negociado un frágil equilibrio entre fuerzas contrapuestas, una secuencia que se aparea con su opuesta, mezclando el pasado y el futuro, enfrentando la memoria con el deseo. Es lo más humano de todo lo que poseemos. La manera de administrarlo puede ser la última prueba del conocimiento y la capacidad de discernimiento de nuestra especie.
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