Jesús Eduardo Martín Jáuregui

San Nicolás de Quijas está en medio de nada, en la meseta chichimeca, a conveniente distancia de Pinos, de Villa García, de Ojuelos, a ella, sin embargo se puede llegar en un permisionario que sorteando vados, baches, topes, y luego de innumerables paradas, entre olores, sabores y colores diversos, no todos agradables, después de un par de horas hace su arribo al Nigromante, nombre de claras evocaciones esotéricas si no fuera por la referencia mas o menos mediata a Francisco Zarco que con el seudónimo de “El Nigromante” transitó por las letras periodísticas y literarias del México del Siglo XIX.

La antiquísima hacienda de San Nicolás de Quijas, lo que queda de ella, se encuentra enclavada en el ejido de El Nigromante, que ocupa sólo una parte de lo que aquella ocupaba. En la capilla de la hacienda se venera a San Nicolás Tolentino, San Nicolasito, para distinguirlo de San Nicolás de Bari, Obispo, (justamente sagaz lector, el que diera origen a la tradición de Saint Nicolas, San Nicolás, Santo Clos pues).

Los habitantes del ejido todos reconocen a San Nicolás, reconocen a su imagen y aunque ahora, como debía ser, el cura itinerante, les recomendó que lo volviesen a vestir con su hábito de agustino, con todo y sus grandes mangas, orden en la que San Nicolasito profesó. Los habitantes del ejido, con la excepción quizás de alguno de los integrantes del comisariado, no reconocen una imagen de El Nigromante, difícilmente lo asocian con Francisco Zarco y pocos saben la devoción de quien hizo que la orgullosa hacienda fuese rebautizada con el nombre de un liberal come curas.

A San Nicolasito se le atribuyen muchos favores y uno que otro milagro. A El Nigromante ninguno, ni siquiera el espantar algún nahual, proteger de alguna bruja o componer un daño. El Nigromante no tiene capilla, como no sea el salón ejidal y un auditorio a medio construir, obra impúdica que afectó parte de la fábrica de la hacienda y que solo ha servido para vergüenza de quien la hizo y de quienes la permitieron. Imposible entender por qué lo adosaron al cuerpo de las caballerizas en un lugar en donde lo que sobra es terreno.

La Hacienda es monumental. En aproximadamente una hectárea se ubican las instalaciones principales, la entrada con un bello arco barroco en el que destaca en la piedra clave el relieve de San Nicolasito, a la derecha el cuerpo de una gran troje a la que se accede por el interior del gran patio central. A la izquierda las puertas de lo que fuera la tienda de raya, de tan mala fama y que cumplía, sin embargo una necesidad para los peones acasillados, que difícilmente podrían transportarse las 50 o más leguas de la tienda mas próxima. Entonces no había permisionarios. Mas a la izquierda la capilla, con todo y su atrio, con una impresionante fachada con una iconografía que seguramente respondía a las devociones de los hacendados. En lo alto de la fachada la Santísima Trinidad representada me dicen por tres personas, divinas, pero personas, nada de palomas, personas. Abajito San Juan Bautista con todo y libro, a la derecha San Antonio de Padua, al centro San Nicolás. La fachada tiene un equilibrio que hace pensar necesariamente que quien la concibió y realizó tenía no solo intuición sino un claro conocimiento de las proporciones, ¿sección áurea? Seguramente.

Atrás una placita jardinada flanqueada a la izquierda por las casas de los peones y a nuestra espalda la importante construcción del molino en tres niveles, uno bajo de la tierra por donde circulaba el agua que movía las aspas que a su vez transmitían su movimiento a las muelas.

La transparencia del aire es impresionante. Unos girones blancos contrastan con el azul profundo del resto.

En el zaguán a la izquierda una acequia produce una sensación de frescura que puede disfrutarse en los poyos de piedra adosados a las paredes. Al centro del gran patio una fuente de piedra. Al fondo un parián a todo lo ancho, al que ya falta la techumbre y en el que haciendo prodigios de equilibrio se mantienen las columnas. A la izquierda la entrada a la sacristía que además de ser la entrada natural del sacerdote lo era de la familia del hacendado. Se ingresa a un vestíbulo y nos espera casi un milagro: un óleo cuya antigüedad (me dicen los que saben) debe frisar en trescientos años, por lo menos 9 mts2 representando (usual en su época) el cielo y el purgatorio, y en el purgatorio (pero como no) desde Papas hasta los mas humildes fieles. En el interior de la capilla un Juan Bautista estucado, un San Antonio todavía con un hábito azul como se le representaba en siglos anteriores. El retablo modificado para ser neoclásico, los confesionarios habilitados para ocupar menos espacio y un púlpito metálico de hierro forjado que seguramente fue trabajado en la fragua de la hacienda cuyas ruinas quedan tras el cuerpo de la capilla.

El espacio, el ambiente, los iconos, todo fortalece eso que por no tener mejor nombre algunos llaman espíritu. Con pesar dejamos la capilla pero nos espera otra agradabilísima sorpresa. Lo que queda de la casa grande, lo habita una bella mujer de novena y tantos años. En pantalones de casimir y blusa de satín, nos recibe luego de ser anunciados. Para que le creamos su edad se apoya en un bastón que le sirve para subrayar, para apuntar, para recalcar y quizás alguna vez para sancionar una insolencia. Lolita García Rojas, la maestra durante medio siglo, sigue siendo la Maestra. Cordial, amorosa, amable, nos guía por las sorpresas que en cada habitación nos remiten a otros tiempos, 100, 200, 300 años. Los quinqués, los aparatos, los candelabros de peltre, los muebles, los enseres, la loza, los detalles de gusto, de regusto, de buen gusto. El comedor es una área de servicio, así eran las haciendas del XVII, después en el XIX vendría el lujo y la ostentación. La cocina, el horno, la mesa del amasijo, las vigas con carruchas, una vetusta estufa de hierro, y de remate una especie de silla gestatoria, el antecedente del sanitario, aunque la casa conserva sus letrinas con un sistema de drenaje, y en los patios interiores los chabacanos, La maestra Lolita les nombra “chabacanes”, las moras, los zapotes, las macetas, los tiestos, el cantar de los pájaros.

El tiempo corría y aquí el espacio se agota. La despedida con la sensación de que las haciendas, la Hacienda era no sólo una unidad de producción sino una comunidad, una forma de cooperación y de crecimiento personal. La revolución acabó con ellas y a cambio ofreció un sistema que fracasó… como a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor.

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