Luis Muñoz Fernández

Me pregunté qué libro sobre la guerra quería escribir. Me gustaría escribir un libro sobre un hombre que no disparara, un hombre incapaz de disparar a otro ser humano, un hombre a quien el mero pensamiento de la guerra causara dolor. ¿Dónde está ese hombre? No lo he encontrado.

 

Svletana Alexiévich. Sobre la batalla perdida. Discurso de aceptación del Premio Nobel, 2015.

Tal parece que no hemos aprendido casi nada de los horrores del siglo XX. Ahora que resurgen los nacionalismos por todas partes, que cobra vida la amenaza de los gobiernos totalitarios y que se prevé una escalada de la intolerancia a nivel global, vale la pena leer las palabras de Svletana Alexiévich, la escritora bielorrusa que en el 2015 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Algunos han señalado que lo que ha escrito y sigue escribiendo no es auténtica literatura, sino la transcripción de las numerosas entrevistas que ha realizado a las víctimas de las guerras en las que ha intervenido la extinta Unión Soviética y la exposición de los testimonios de quienes han sufrido y sufren las consecuencias de lo que ella misma denomina el desastre tecnológico más grave del siglo XX: la explosión de la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil.

Svletana Alexiévich se define a sí misma como un “oído humano”:

Flaubert se definía así mismo como una pluma humana, yo puedo decir de mí que soy un oído humano. Cuando voy andando por la calle y me alcanzan palabras, frases, exclamaciones, siempre pienso: “Pero ¡cuántas novelas desaparecen en el tiempo sin dejar huella!”. Existe una vertiente de la vida humana, la vertiente oral, que los literatos no logramos conquistar. Todavía no hemos aprendido a apreciarla, a asombrarnos ante ella, a admirarla. A mí me ha embrujado y me tiene cautivada. Adoro cómo habla el ser humano… Adoro la solitaria voz humana. Es mi gran amor y mi pasión.

Uno podría decir sin temor a equivocarse que lo que escribe Svletana Alexiévich es desgarrador. Lo es a un grado casi insoportable. Nos han engañado con falsas promesas de progreso y civilidad. El hombre apenas ha bajado de los árboles en donde pasó su infancia y, en lugar de evolucionar, podría decirse que en muchos sentidos, sitios y momentos ha involucionado al punto de que ninguna bestia, ninguno de esos animales que llamamos inferiores, podría reconocerlo como su par.

Literatura como la de Alexiévich es indispensable para quienes no hemos pasado por una guerra. Siempre pienso que mis padres y abuelos, víctimas de la Guerra Civil Española, fueron muy superiores a mí. Ellos sufrieron en carne propia aquellos horrores y sobrevivieron hasta conquistar la normalidad de la vida a pesar de las penurias de la posguerra que, según me contaban, fueron incluso peores que la propia guerra.

La locura y el absurdo del incendio y explosión de aquella central nuclear en Chernóbil queda retratada de manera insuperable en las palabras de una testigo cuya voz llega a nosotros gracias a Svletana Alexiévich:

Vivíamos cerca de la central nuclear de Chernóbil. Yo trabajaba de pastelera, hacía bollos. Mi marido era bombero. No hacía mucho que nos habíamos casado, aún íbamos siempre cogidos de la mano, hasta cuando íbamos a la compra. El día en que explotó el reactor mi marido estaba de guardia. Se fueron para allá tal como estaban, en mangas de camisa. Era una explosión en la central nuclear, pero a ellos no les facilitaron ningún traje especial… Así era nuestra vida… usted lo sabe. Se pasaron toda la noche luchando contra el incendio, recibiendo dosis de radiación incompatibles con la vida. Por la mañana los subieron a un avión y los trasladaron a Moscú. Síndrome de irradiación aguda… no les quedaban más que unas pocas semanas de vida… El mío era fuerte, hacía deporte, fue el último en morir. Cuando fui me dijeron que estaba en una sala especial, no dejaban entrar a nadie. “Le quiero, rogaba yo”. “Los soldados se están ocupando de todos los cuidados. ¿A dónde se cree que va?” “Es que le quiero”. Me trataban de convencer: “Ese hombre ya no es el hombre al que usted amaba, ahora es un objeto que debe ser desactivado. ¿Lo entiende?”. Pero yo me repetía: “Le quiero, le quiero…”. De noche subía a verlo por la escalera de incendios… O bien les suplicaba a los de seguridad que me dejaran pasar, les pagaba para que me dejasen entrar… No le abandoné, estuve junto a él hasta el final. Después de su muerte… pasados unos meses di a luz a una niña, sólo sobrevivió unos días. Ella… la habíamos esperado tanto tiempo y yo la maté… Ella me salvó, ella fue la que recibió todo el impacto de las radiaciones. Era tan pequeñita… Una bolita… Pero yo los quería a los dos… ¿Cómo se puede matar con el amor? ¿Por qué están tan juntos el amor y la muerte?… Tan juntos… ¿Alguien me lo puede explicar? En sus tumbas me arrastro de rodillas.

Las buenas conciencias de la tierra de la gente buena y las de todo el mundo podrán decir que Chernóbil fue una gran anormalidad, una catástrofe como pocas. En parte tendrán razón, pero ahora mismo, en muchas partes del mundo e incluso en la tierra de la tierra buena, del cielo y el agua claros, están sucediendo tragedias similares, sólo que a cámara lenta. Muertes que llevan años, incluso décadas para completarse. Pensemos solamente en los desnutridos desde el vientre materno que en México son legión. También los tenemos en Aguascalientes, sólo que no salen en las noticias salvo para servir de comparsas en la promoción de la caridad oficial o privada, civil o religiosa.

Desgracias, menoscabos y mermas a la dignidad humana que se van imponiendo de manera insidiosa, lenta, casi imperceptible. De esta manera, las buenas conciencias no se escandalizan. Como una vez me dijo una de ellas en la voz de un afamado y pío empresario: sin levantar polvo. Así, las personas de razón pueden seguir por la vida seguras de que su alma tiene un lugar seguro a la diestra de Dios Padre. Es curioso como esa autocomplacencia de sentarse en la diestra resulte más bien siniestra.

Nada de esto se justifica. Ni un ápice, ni un milímetro. Lo único que se puede pedir es que uno, a pesar de los años, conserve la indignación y la capacidad de denunciar y actuar ante la mínima transgresión. No es razonable. Es inadmisible. Así nos lo recuerda Svletana Alexiévich:

Mucho tiempo atrás, Dostoievski formuló la siguiente pregunta: “¿Puede haber lugar para la absolución de nuestro mundo, para nuestra felicidad o para la armonía eterna, si para conseguirlo, para consolidar esta base, se derrama una sola lágrima de un niño inocente?”. Y él mismo se contestó: “No. Ningún progreso, ninguna revolución justifica esa lágrima. Tampoco una guerra. Siempre pesará más una sola lágrima…”.

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