Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Para mi maestro Salvador Gallardo Topete, con cariño, respeto y gratitud.

“Oye Maestro, y cuando se te acaben los amigos, ¿a quién le vas a dar el premio?”. Éste escribidor, socarrona y groseramente, a Don Víctor Sandoval.

En la matiné en que se proclamó y otorgó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2016, en el remozado Teatro Morelos, fue donde ocurrió el incidente, que desde ahora en adelante acepto haber sido el provocador y único culpable sin ningún atenuante. Reconozco que la única prudencia que tengo es “El oráculo manual y Arte de la prudencia” que me recomendara encarecidamente el licenciado Don Joaquín Cruz Ramírez y que desde luego leí y disfrute, pero nada más. Desde luego, el discurso de la poeta laureada fue la ocasión y seguramente también fui impulsado por Librado Jiménez, reconocido encaminador de almas, lo que no disminuye un ápice la culpa.

Cuando la poeta decía que más o menos hace treinta años, que vino a esta ciudad para la entrega del premio, sus compañeros poetas le dijeron que ella merecía ganar, lo que desde luego es una aspiración legítima de cualquier poeta en castellano, me vino a la memoria la anécdota de Don Miguel de Unamuno (mutatis mutandi o más bien, guardadas las debidas proporciones) que al recibir del rey Alfonso XIII la Gran Cruz de Alfonso X Sabio, el escritor comentó: –Me honra, Majestad, recibir esta cruz que tanto merezco-.

Mosqueado y seguramente picado, el Rey ripostó: –¡Qué curioso, Don Miguel!, hasta ahora a todos a quienes he entregado el premio manifestaron que era un honor inmerecido. –Y tenían razón, Su Majestad –concluyó tajante Unamuno.

Palabras más, palabras menos, la poeta laureada señaló que unos años después, cuando alguno de sus amigos ganó el Premio Nacional de Poesía (así se llamaba antes), le comentó: “ya te toca a ti”. Y yo en mis evocaciones, me parece recordar que uno de los últimos poetas, si no el último, en recibir la englantina en los Juegos Florales de la Feria de San Marcos fue Horacio Espinoza Altamirano, escritor, filósofo, poeta, en una velada que se realizó en el Cine Plaza, hoy transformado en estacionamiento y taquerías, porque el Teatro Morelos se encontraba en proceso de remodelación. Con la reconstrucción (en realidad fue eso), aunque ganó mucho, perdió, porque desapareció el tan llorado telón de guillotina que representaba una escena del Coliseo Romano que removía tantas escenas estrujantes de los mártires cristianos en el catecismo de los sábados y en las Vidas Ejemplares de la biblioteca de Catedral. Como no recuerdo ningún cristiano representado en el telón, me atrevo a suponer que ya se los habían merendado los leones.

Por cierto que sobre el paradero del telón se tejieron las hipótesis más curiosas desde las que afirmaban bajo protesta de decir verdad que el telón había sido vendido a un coleccionista austriaco, hasta los que juraban haberlo visto en la granja “Elsa” y sandeces por el estilo. No faltó quien afirmara que el Maestro Sandoval lo sustrajo para luego negociarlo procurándose una pingüe ganancia. Me dicen que Rafael Ladislao “Güero” Juárez, refiere haber tenido una participación activa en el paradero del telón, no se lo he preguntado, pero una tarde aquí, en su casa del fraccionamiento Primavera, luego de los whiskies que era lo único que tenía permitido beber, le pregunté a bocajarro: –Maestro, ¿qué hiciste con el telón del teatro Morelos? –Se me quedó viendo con aquella su mirada maliciosa, traviesa, juguetona, soltó la carcajada y confesó toda la verdad. –Lo mandé quemar –y agregó que se intentó restaurarlo, que se le encargó el trabajo al maestro Miguel Romo González, que estaba tan maltratado y quemado por los años, el polvo, la falta de mantenimiento, que no hubo manera de salvarlo y tomó la decisión de quemarlo. Tengo para mí, que, conociendo al maestro Sandoval, el auto de fe decretado en contra del telón, se hubiera ejecutado aun cuando se hubiera podido restaurar.

Escuchaba a la poeta en la matiné de abril y, aun cuando las comparaciones son odiosas, recordé que el primer recipiendario del Premio que sustituyó con ventaja a los Juegos Florales, especialmente porque nos ahorramos una reina, fue el libro “Espejo Humeante” de Juan Bañuelos, a quien sus compañeros de la “Espiga Amotinada” rebautizaron, supongo que corroídos por la envidia como Pendejo Humeante de Barbajuan Barbañuelos; y recuerdo más de algún discurso verdaderamente memorable como, but of course, el de José Emilio Pacheco, el muy bello de Hugo Gutiérrez Vega, el sumamente conceptuoso de Efraín Bartolomé, el especialmente emotivo de Jorge Hernández Campos, y el combativo y demoledor de Gerardo Deniz. En fin, el pensamiento traiciona, pero regreso a mi cómoda butaca del lunetario del teatro.

Ahora, la poeta laureada recuerda haber venido más recientemente a nuestra ciudad, el haber sido invitada por el maestro Sandoval a tomar un café y charlar en su casa. Recuerda que ya en casa del maestro no conversaron, solo estuvieron, y ahora sabe, palabras más, palabras menos, que entonces Sandoval anticipaba la celebración porque ella recibiría el premio, este premio que el jurado le confirió este año.

Y aquí, amable y paciente lector, viene lo bueno, o más bien lo malo, porque en mal momento un compañero funcionario me preguntó: “¿Qué te pareció el discurso? ¿Muy bueno, verdad?”. Pude haberme quedado callado, pude haber hecho como que no lo oí, pude haber salido del paso con un “pluscuamperfecto positivamente enfático” o algo por el estilo, pero no, le contesté: “un discurso de yo-yo”. El mal ya estaba hecho y aun así, todavía lo asegundé: “Tan sólo espero que la poeta no pretenda cobrarnos intereses desde cuando lo merecía hasta ahora que se lo otorgaron”. Fue demasiado, lo reconozco, un señor que estaba sentado en la fila anterior, que infiero que era poeta porque era el único que permaneció cubierto con sombrero durante toda la ceremonia, y ya se sabe que hay “licencias poéticas”, aunque también pudiera tratarse de un calvo vergonzante. El caso es que volteó y con una mirada incandescente me fulminó y me espetó: “Me parece un comentario verdaderamente estúpido…”, agarró aire y agarró su bastón (eso sí me atemorizó) y ratificó: “Lo sostengo, verdaderamente estúpido”. Puse cara de brutal indiferencia o al menos eso creí, mientras me solazaba por dentro e imaginaba lo que hubiera disfrutado la anécdota Víctor Sandoval.

bullidero@outlook.com           bullidero.blogspot.com           twitter @jemartinj