Antonio Bertrán 
Agencia Reforma

Si el primer trasplante de extremidades superiores en México y América Latina fue algo “mágico”, en palabras del doctor Martín Iglesias -cabeza del equipo médico que lo llevó a cabo-, el segundo resultó “verdaderamente insólito”.
Realizado a Maximino García Baldazo el pasado 16 de octubre, tres años y cinco meses después de la intervención pionera que le devolvió los brazos a Gabriel Granados Vergara, es el más grande realizado en el mundo por el tamaño de las extremidades perdidas, a nivel de la axila y del tercio medio aproximal (debajo de la axila).
Además presentó características afortunadas como que el tipo sanguíneo, el perfil inmunológico y hasta el tono de piel del donador fueran totalmente compatibles con los del paciente trasplantado.
El 15 de octubre se celebraba en Cancún el Día Mundial de la Donación de Órganos, un evento al que asistió Iglesias y sus “niños”, como llama a sus residentes.
Al celular del microcirujano entró una llamada avisándole que había un probable donador, un muchacho de 34 años con muerte cerebral en el hospital de Xoco.
“Todo el equipo dejó el bikini y lo que implica (un congreso) en Cancún para trasladarse al DF”, comparte el cirujano que coordinó para la operación a un equipo con medio centenar de especialistas y enfermeras en el Instituto Nacional de Nutrición, dentro del Programa de Trasplantes de Tejidos Compuestos.
Tras realizar las valoraciones de salud protocolarias, apenas el 27 de septiembre Maximino había sido declarado candidato idóneo a un trasplante que le devolvería los brazos que perdió debido a una descarga eléctrica sufrida el 2 de enero de 2012, mientras realizaba su trabajo con líneas vivas (electrificadas) para la CFE, en su natal Ciudad Victoria, Tamaulipas.
“Los brazos sufrieron carbonización y le tuvieron que ser amputados, el derecho al nivel de la axila y el izquierdo al nivel del tercio medio aproximal (debajo de la axila)”, explica Iglesias.
Después del accidente, el hombre de 52 años estuvo inconsciente tres semanas en terapia intensiva en un hospital del IMSS.
“Al despertar tenía alucinaciones, y poco a poco me fui asentando en la realidad, acepté lo ocurrido gracias al apoyo de mi familia y amigos”, explica vía telefónica.
Belinda Pachuca, su esposa, refiere que los médicos le habían advertido que si sobrevivía, lo más probable era que el hombre presentara problemas en órganos como el corazón y los pulmones.
“No hubo ningún problema, por eso digo que muchos milagros le debemos a Dios”, afirma.
A Maximino también lo tomó por sorpresa la pronta noticia del donador y viajó toda la noche del 15 de octubre en autobús, desde Ciudad Victoria, para entrar al quirófano al día siguiente a las 19:00 horas y salir a las 14:00 horas del sábado 17.
“Me sentí contento al verme completo de nuevo”, confiesa Maximino. “Y estoy lleno de optimismo porque todos los datos médicos están siendo favorables”.
Días después de la cirugía, Gabriel Granados fue a visitarlo y, literalmente, echarle una mano a su compañero de fortuna, con quien había compartido previamente su experiencia.
“Yo no estuve presente, pero cuando me lo platicaron lloré”, confiesa Iglesias. “Mientras le acariciaba la cabeza, Gabriel le decía a Maximino: ‘qué bueno que estás aquí porque así ya no me siento solo y podemos platicar y quejarnos entre nosotros'”.
Maximino replicaba: “Tú siempre vas a ser el rey y yo haré todo lo que tú me digas”.
Mucho ayudó a la segunda intervención la experiencia previa sobre esta compleja operación que implica, entre muchas acciones coordinadas, un equipo de cirujanos que “procura” los miembros del donador al mismo tiempo que otro equipo prepara al paciente en el quirófano para recibirlos.
“Hubo mucha ayuda porque fueron cuatro cirujanos a procurar las extremidades, nos facilitaron un helicóptero del agrupamiento Cóndores para trasladarlas de Xoco a Nutrición”.
El especialista calculaba que el segundo trasplante lo realizaría después de 10 años “o que se iba a olvidar y ya”, pero se logró en el promedio de tiempo -tres años- de instituciones con grandes recursos presupuestarios y científicos como el Hospital John Hopkins de Estados Unidos.
“Este segundo caso vino a meterle mucho valor al grupo, y ahora el entusiasmo ya no lo detienes”.