Todo comenzó con una “Tarde de Perros”. Específicamente en aquel histórico momento cuando un Al Pacino sudoroso, demacrado y con alborotados folículos capilares atraviesa las puertas de aquel banco que ingenuamente pretendía robar en compañía del desaparecido y añorado John Cazale (con quien ya había trabajado en pantalla en la saga de “El Padrino” como Michael y Fredo Corleone, respectivamente) para confrontar tanto a la policía como a los medios de comunicación mientras grita “¡ATTICA, ATTICA, ATTICA…!” en obvia invocación a la -entonces- reciente masacre en el presidio de dicho estado neoyorquino ejercida por la fuerza policial, pero que aquí es una bandera en la cual el personaje principal puede utilizar para envolverse y protestar contra el establishment y el sistema político post-Nixon, lo que logra cabalmente al ganarse la simpatía del proletariado al considerarlo uno de los nuevos mártires. Un discurso semianárquico y veladamente izquierdista disfrazado de filme sobre robo a un banco que, a los ojos de un servidor a la edad de 10 años cuando la visioné por vez primera en la flamante Betamax familiar, logró un punto de impacto intelectivo al percatarme que la cinta poseía diversas sutilezas narrativas latentes entre líneas conforme se hablaba de homosexualidad, precariedades laborales, asimetría cultural y operaciones de cambio de sexo. Eso, damas y caballeros, habla muy bien de su director, ya que si un párvulo imberbe como su servidor percibía esos detalles, entonces el creador y narrador de esta obra trascendió su relato a un punto en que su geografía o contextos culturales y sociales venían a menos. Lo fundamental, lo esencial es la historia, sus participantes y las consecuencias.
Pero ¿Qué otra cosa podíamos esperar de su director Sidney Lumet? Después de todo, pertenecía a esa furiosa y avasallante generación de creadores impulsada por la influencia que su afición por el cine y del cine mismo tuvo en la esquematización de su mirada y actividad narradora. Tal vez algunos contemporáneos suyos como Scorsese, Coppola o Pollack han constituido un referente más sólido en la conciencia cinéfila, pero sin la actividad de Lumet en la industria fílmica norteamericana se pierde una perspectiva indispensable para la comprensión de la radicalizada versión 60’s y 70’s de la cultura estadounidense: la urbanidad que procreó y su prole humana, sin desgastes emocionales ni manoseos nihilistas, tan solo una estilizada y antiséptica aplicación de discurso social aplicando operativo de cero tolerancia a la banalidad y visceralidad.
Hijo de padres conservadores de ascendencia polaca, Sidney Lumet, después de fallidos intentos en la disciplina histriónica, debuta como director el año de 1957 nada menos que con “12 Hombres en Pugna”, todo un clásico de estudio de personajes donde, como el título lo indica, un jurado integrado por 12 individuos de diversos estratos sociales y sensoriales debaten sobre el destino de un joven acusado de asesinato, lo que funge como detonador para explorar las carencias, debilidades y humanidad del homo urbanus. La cinta, filmada en atmosférico blanco y negro en una sola locación, poseía un privilegiado reparto integrado por, entre otros, Henry Fonda, Lee J. Cobb, Jack Warden y Martin Balsam, quienes brindan extraordinarias actuaciones en una parábola de moralidad donde no hay respuestas claras y la monocromática tonalidad permite que sean los personajes quienes coloreen y maticen la trama. Un soberbio manejo de actores permitió que Lumet comenzara a conocerse como un “director de intérpretes”.
Su filmografía posee los obligados puntos álgidos y bajos, pero cuando el director encontraba el proyecto que permitía canalizar su voz creativa, la cinta no era menos que grandiosa, para lo que afortunadamente ejemplos sobran: “The Anderson Tapes” (1971), excelente thriller minimalista donde Sean Connery debe vencer la paranoia alrededor de su más reciente atraco: los cuantiosos valores de un edificio completo; “Serpico” (1973), uno de sus proyectos más exitosos donde el policía titular (Al Pacino en el papel que lo consagraría definitivamente) lucha y se debate entre la corrupción de su precinto judicial y el deber (en México esto tan solo es un adulcorado y lejano cuento de hadas); “Network, Poder que Mata” (1976), poderosa alegoría de su tiempo (hoy triste realidad) donde la televisión altera su capacidad conductora de mensajes para ultrajar la conciencia de los espectadores con discursos baratos e imaginería banal… y no, no hablamos de “Big Brother”; “Equus” (1978), el celebrado psicodrama freudiano llevado de la mano de Richard Burton y “El Veredicto” (1982), drama legal donde el conflicto no se resuelve en los juzgados, sino dentro de la conflictuada psique de su protagonista, un ejemplar Paul Newman.
Sidney Lumet, vocero de la inconformidad y verdadero hijo de su época, falleció hace 4 años legando una última cinta que sorprende por el tratamiento veraz y conciso de su historia y experimentando con la nueva técnica del video digital: “Antes que el Diablo Sepa que has Muerto” {2007}, una soberbia disección de motivaciones y deslealtades donde dos hermanos, Ethan Hawke y Phillip Seymour-Hoffman, traicionan sus valores familiares en pos del dinero. Una cinta que se distingue, por supuesto, por las magníficas actuaciones, sello indiscutible del cineasta, ya que la extracción de todo el jugo histriónico de su cuadro de actores era el fuerte de su director, y lo hacía como pocos lo han logrado: con convicción y honestidad. Pero bueno, así era Lumet.
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