Pata de perro
 Alonso Vera Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- México no es una potencia económica, tecnológica o deportiva, pero sí somos uno de los países con mayor diversidad y riqueza cultural. Me atrevo a decir que la profundidad y la complejidad de nuestro patrimonio tangible e intangible no tienen igual en el Continente.
Bien llevado, el turismo cultural es una de las industrias más rentables y al mismo tiempo sostenibles. Así que no es poca mi emoción luego de realizar una expedición por el estado de Guanajuato, el cual ha sido reconocido como “el destino cultural de México”.
El turismo cultural genera una mayor derrama económica con un menor impacto social. Lo anterior significa que un viajero interesado, por ejemplo, en la adquisición de artesanías típicas o la degustación de la gastronomía tradicional traerá con su visita un mayor bienestar a la comunidad local.
El viajero cultural comprende que más allá de un gasto, lo que realiza es una inversión; debido a que las experiencias que obtiene le propician una mayor satisfacción emocional, así como estimulación intelectual.
La contraparte, el turismo masivo, suele estar dispuesta a sacrificar los usos y costumbres en beneficio de los menos.
La primera parada la realicé en la capital del estado, cuyo centro histórico fue reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Todo el tiempo me sentí como en el escenario de una buena ópera y fue un privilegio poder callejonear con sus estudiantinas y disfrutar el ambiente jovial la noche de un martes cualquiera.
Mi visita más destacada fue al taller de Gorky González, alfarero tradicional que rescató la cerámica mayólica, la cual cayó en desuso en Guanajuato por más de 80 años y hoy es de nuevo símbolo de orgullo estatal. De hecho, la búsqueda de la mayólica fue mi excusa para saldar una deuda que tenía conmigo, pues no te puedes llamar un mexicano si no has visitado Dolores Hidalgo.
Para llegar a Dolores manejé 40 kilómetros observando bellos paisajes repletos de tunas y recuerdos desde San Miguel de Allende, reconocido como el mejor destino en América Latina. Lo es por la arquitectura y ambiente que le caracterizan, pero también por la extraordinaria infraestructura y la convicción con la que viven sus habitantes, pues comprenden que su patrimonio es un orgullo, pero también una responsabilidad de todos. El restaurante Moxi de Enrique Olvera en el hotel Matilda me pareció motivo suficiente para dar la vuelta al mundo de rodillas, así como el taller del artesano Felipe Barbosa, quien ha elaborado piezas para el músico Santana. También de camino encontré el proyecto gastronómico La Santísima Trinidad, dedicado al vino, el olivo y la lavanda; un oasis de placeres sensibles.
Dolores, por su parte, es en donde Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor dio su mítico Grito de Dolores. Se dice que llegó a Dolores llevando consigo la enseñanza del oficio de la cerámica mayólica, así como el cultivo del gusano de la seda y el de la vid.
Aún hoy aquí se produce la más fina mayólica e incluso se ha llevado al extremo de la creatividad en manos del maestro Abel Ávalos, quien recibió el máximo galardón del Premio Nacional de Cerámica. Su técnica de goteo inspirada en la manera en la que las avispas construyen sus refugios le permite crear figuras tan complejas como el de una persona de cuerpo entero en la cabeza de un alfiler.
Además, las gorditas me parecieron muy buenas, así como las nieves que vienen en presentaciones tan diversas como deliciosas, desde el mamey y el limón, hasta de tequila y camarón. Y a unos días de que termine el mes patrio, puedo decir ¡Viva México!