Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

¿Le gusta este hacinamiento automotriz que sufrimos; este amontonadero de vehículos que a ciertas horas del día se deja sentir de manera brutal?

La reflexión surge a propósito de la celebración del Día Internacional sin Automóvil, que tuvo lugar el pasado 22 de septiembre, y que entre nosotros transcurrió prácticamente desapercibido. A esto se suma el hecho de que estamos inmersos en plenas fiestas matrias, un buen pretexto para darle una pensada al estado de nuestra urbe…

La semana pasada escribí que la infraestructura vial había cambiado poco al interior de la Avenida de la Convención, y que la estructura de lo que llamamos centro histórico está, en términos generales, igual que hace 100 o 200 años, pero entre tanto hemos metido en estas callecitas miles de vehículos.

Como ocurre con el proceso de ingestión de bebidas atarantadoras, que poco a poco van mermando nuestras facultades, así mismo, este crecimiento exagerado de automotores degrada nuestra calidad de vida; nos pone a la defensiva-ofensiva, según el caso, ante tanto vehículo como hay que sortear.

La verdad es que, a la hora de conducir un vehículo, somos ineficientes. Nos movemos como habría sido normal hacerlo hace 30 o 40 años. En calles donde perfectamente caben dos automotores, vamos a media calle, y a vuelta de rueda; seguimos de frente aun cuando inicia la luz roja -¿qué tanto es tantito?-; rebasamos por la derecha, ocupamos espacios de manera indebida; confundimos manejar rápido con manejar a lo loco; nos metemos en contra; nos estacionamos en lugares prohibidos, o pudiendo ocupar un solo espacio ocupamos dos; no respetamos los espacios peatonales ni a los peatones, y lo mismo ocurre con los límites de velocidad y los lugares para discapacitados, hablamos por teléfono móvil mientras circulamos, y si alguien osa recriminarnos alguna de estas conductas, estallamos como debiéramos hacerlo frente a la corrupción y la injusticia –dicen que algunas damas del norte tienen una boquita de lo más florida-. En verdad somos hábiles en la defensa de lo indefendible…

Ante tanta ineficiencia colocamos rosarios en los espejos como si se tratara de amuletos; objetos mágicos que nos preservarán de la falta de pericia nuestra y/o del prójimo, y entonces, para corregir estas y otras situaciones; estas conductas poco amables con la ciudad y con nosotros mismos, la autoridad llena las calles con topes, boyas y semáforos, que no son sino paliativos que postergan una solución de mediano o largo plazo, entre tanto se deteriora la situación.

Insisto: en este asunto de la circulación de vehículos percibo un proceso de degradación de nuestra convivencia, y en el fondo lo que se observa es un problema de conciencia. Pongo por caso nuestro comportamiento en las esquinas. Hasta hace unos 10 años estas eran sagradas –siguen pintadas de amarillo, pero nos vale-, y normalmente estaban libres. El punto básico aquí –pareciera mentira tener que recordarlo-, es que una esquina libre permite al peatón cruzar en la misma línea de la banqueta, al conductor tener una visión de la calle que va a cruzar, para ver si viene otro vehículo y, al que da vuelta, mejor espacio para la maniobra.

Ahora no. Ahora es muy común encontrar vehículos estacionados, no sólo en las esquinas, sino salidos unos cuantos centímetros, y quizá hasta un metro, o más. Entonces el peatón está obligado a rodear, en tanto que el conductor casi casi debe bajarse para ver si no viene alguien del otro lado, en tanto que el que da vuelta tiene mayor riesgo de dar un golpe, y peor si es una de esas camionetas grandotas. Por otra parte, hay conductores que son lo suficientemente miopes; limitados de visión, que son incapaces de asumir que en otro momento serán viandantes, y que de seguro necesitarán ser respetados por otros conductores, y entonces se comportan con los caminantes como auténticos patanes…

Así como está, la infraestructura de la ciudad no está hecha para aguantar el incremento de vehículos, y ahí tenemos las consecuencias: embotellamientos en ciertas zonas, fuera de las llamadas horas pico; las horas escolares, las horas de entrada y/o salida del trabajo…

Ya, ahora, tendría que ser obvio que no es posible derramar vehículos en el torrente urbano de manera indiscriminada y algo más o menos drástico tendría que hacerse, por lo menos para el mediano plazo, si no es que ya. La bicicleta es una alternativa, pero no la única. También está la opción de un transporte público realmente eficiente, no contaminante, rápido y seguro.

Pero independientemente de lo que se haga en estos ámbitos, se necesita un cambio de actitud de nuestra parte… Uno podría pensar que erradicar a los automotores impulsados con derivados de petróleo y sustituirlos por vehículos eléctricos sería la solución, y en parte es cierto, porque acabaría la contaminación ambiental, pero no el problema del espacio vehicular; el hacinamiento, el incremento de la lentitud para el tránsito…

Por desgracia tampoco está preparada la ciudad para sustituir a los vehículos con cualquiera de las alternativas posibles. O sea que ni tenemos un transporte público que reúna las características enunciadas líneas arriba, ni suficiente infraestructura para ciclistas y/o viandantes. De paso hay que decir que, en materia de infraestructura para acoger a personas discapacitadas, la urbe tampoco es muy amable. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).