Por: Octavio Díaz García de León
Twitter: @octaviodiazg

Había una vez un lejano reino en el Asia Central por donde transitaban las caravanas que unían Europa con el Lejano Oriente. Su capital era bulliciosa, llena de mercaderes que intercambiaban mercancías de todo el orbe; tenía lugares acogedores para dar descanso a los viajeros. Sus esplendores se comparaban con Samarcanda y Bukhara, situada en medio de llanuras sin fin, desiertos inhóspitos y al pie de las montañas más altas del mundo. Había quien llamaba a estos lugares tan cercanas al cielo, la región más transparente del aire. Las ciudades eran los lugares más habitables del reino y por ello estaban hacinadas. Allí transcurría la vida y ocurría la muerte de la mayoría de sus habitantes, rodeados de entretenimientos sencillos, ocupaciones honestas, entre calles estrechas saturadas de personas, carruajes y bestias de carga.

Había palacios donde habitaban los mercaderes más ricos del reino, pero eran pocos. La mayor parte de las ciudades tenían casas sencillas de adobe con lo indispensable para habitarlas. Pero no todos tenían la suerte de tener un techo bajo el cual dormir. Los pobres abundaban y deambulaban sin más propósito que conseguir el pan suficiente para sobrevivir el día y por las noches se cobijaban de estrellas en las pequeñas plazas. Los mercaderes y demás trabajadores simplemente los ignoraban porque no tenían el tiempo ni el interés por ayudarlos.

El rey, sus ministros y cortesanos, vivían en el palacio más grande de la capital, pero no era ostentoso. Los pocos impuestos que se cobraban servían para mantener el palacio, un pequeño ejército, calles limpias y las fuentes con el agua corriendo.

Se acercaba la celebración del dios Sol al principio del invierno y el rey quiso darles algún regalo a los pobres; pero sus arcas no tenían suficiente oro. Así que decidió crear el impuesto del Sol. Se cobraría por única vez. Hubo pequeñas protestas entre quienes tendrían que pagarlo, pero al final todos contribuyeron. El dinero se usó para dar algo de pan y un poco de ropa a los pobres; pero sobre todo se gastó en montar el mayor circo que se tenga memoria, trayendo a los mejores trapecistas del reino, a payasos, magos y otros espectáculos sorprendentes. El rey quería darles la alegría que nunca tenían a los miserables y, de pasada, a quienes habían pagado ese impuesto.

Hubo felicidad durante las festividades; pero a las pocas semanas se acabó el pan, las ropas se convirtieron en andrajos y el recuerdo del circo se empezó a desvanecer. El rey vio que los pobres querían tener de nuevo todo eso. Así que decidió convertir el impuesto del Sol, en permanente. Esta vez hubo más protestas entre quienes lo pagaban, pero los pobres tuvieron un poco para comer y vestir, y se instaló un gran circo con funciones cotidianas, con lo que se distraía a las multitudes. El rey vio que con el impuesto alcanzaba, además, para embellecer su palacio, crear nuevos ministerios, tener más cortesanos y agregar esposas a su harén. Aquél parecía el reino perfecto.

Pero los pobres empezaron a pedir más, pues ya querían mejor comida y ropas más duraderas, sin tener que trabajar; y las multitudes pedían más y mejores espectáculos. Así, el rey fue aumentando los impuestos, pero tuvo que crecer el ejército para obligar a que los pagaran. Pronto los pobres tenían un poco más sin dejar de ser pobres y el circo era el mejor del mundo; el palacio del rey fue el más lujoso de Asia Central; se crearon más ministerios y contrataron más empleados; y el harén del rey era uno de los más espléndidos que se tenga memoria.

Sin embargo, quienes pagaban impuestos empezaron a huir del reino pues ya no podían pagar más; no les quedaba dinero para ellos. Al irse los mercaderes, las caravanas dejaron de pasar por el reino; se fueron los artesanos y las posadas cerraron sus puertas. Dejó de haber dinero en el reino.

El rey, entonces, empezó a pedir prestado a otros reinos pues si dejaba de otorgar dádivas, los pobres se rebelarían; sus ministros y cortesanos lo derrocarían si no pagaba sus jugosos sueldos; y sus esposas serían capaz de envenenarlo si no les daba lo que les tenía acostumbradas. Un día, no pudo dar ya más, pues no hubo ya quien le prestara. Los pobres saquearon el palacio y le cortaron la cabeza a él y sus ministros. Entonces, ellos también empezaron a huir pues ya no había para comer. El reino quedó en ruinas, abandonado.

Como los mercaderes sabían que el país estaba situado en una posición clave para las caravanas, decidieron regresar y reconstruirlo. Enseñaron a trabajar a los pobres que habían huido y entre todos empezaron a reconstruir el país. El príncipe heredero quiso convertirse en el nuevo rey, pero no lo dejaron. Los habitantes decidieron que ya nunca habría rey, ni ministros, ni cortesanos que vivieran de los impuestos. Pero también vieron que no iban a permitir que hubiera pobres para que no volviera a ocurrir lo mismo. Y pusieron a trabajar a todos, incluso a aquellos cortesanos que quisieran ayudarles.

Y en aquél lejano país de Asia no fueron necesarios impuestos, ni hubo pobres sin trabajo, ni rey, ni cortesanos y el circo fue prohibido. El país prosperó y las caravanas, llenas de admiración, partían llevando la buena nueva. Y vivieron felices para siempre.

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