Luis Muñoz Fernández

Sé de un niño, criado en el catolicismo, que abandonó esa religión porque en ella resultaba incomprensible el sufrimiento de un perro. Mejor dicho, porque hacía incomprensible ese dolor. No necesariamente el dolor causado por humanos, sino también, y más significativamente, el nacido de las propias tripas del animal. Ese juicio infantil era acertado, creo, al margen de que lo fuera o no la determinación que lo suscitó. En un universo ordenado por una voluntad racional todo tiene una función. Una interpretación de nuestra tradición que admita pocas contorsiones teológicas apenas encuentra en ella otras funciones, para los animales no humanos, que las alimenticias, ornamentales y de entretenimiento. Ahí no pinta nada que te duelan las tripas, si es que con eso no haces méritos para el cielo. Y ese no pintar nada de la sensibilidad animal pasó en su momento de la cosmovisión religiosa a la laica, de donde falta mucho para que podamos expulsarlo.

Carlos Piera. Prólogo. Todos los animales somos hermanos, 2005.

Hay un aspecto de la encíclica Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común del Papa Francisco que parece haber pasado casi desapercibido para la mayor parte de quienes han divulgado y comentado su contenido. Pero no para Peter Singer, profesor de Bioética de la Universidad de Princeton. Para él, la encíclica se pronuncia como nunca antes en contra del abuso y maltrato a los animales. Muy en consonancia con el espíritu de San Francisco de Asís.

Se sabe que en tiempos pretéritos la biodiversidad sufrió menoscabos importantes en al menos cinco ocasiones: al final del período Ordovícico (hace 440 millones de años), durante el Devónico tardío (hace 365 millones de años), al final del Pérmico (hace 225 millones de años), al final del Triásico (hace 210 millones de años) y al final del Cretácico (hace unos 65 millones de años). Durante la gran extinción del Pérmico, que fue la de mayor magnitud, desaparecieron más del 90% de los seres vivos que habitaban el planeta. En la del Cretácico, desaparecieron los dinosaurios y es la que todos tenemos en mente cuando pensamos en la palabra extinción.

Todas estas grandes extinciones tuvieron causas ajenas a la intervención humana (ni siquiera habíamos aparecido). En la actualidad, el hombre hace desaparecer de la faz de la Tierra trescientas especies de seres vivos cada año. Una extinción masiva de la que somos responsables y, a la vez, testigos indiferentes. Elizabeth Kolbert, en su interesante libro La sexta extinción. Una historia nada natural (Crítica, 2015), nos dice lo siguiente:

 

Cinco de estas extinciones del pasado fueron tan catastróficas que constituyen una categoría aparte, las Cinco Grandes. En lo que parece una prodigiosa coincidencia, pero probablemente no sea una coincidencia en absoluto, estamos desvelando la historia de aquellas extinciones al mismo tiempo que empezamos a comprender que estamos causando una nueva. Cuando todavía es demasiado pronto para decir si alcanzará las proporciones de las Cinco Grandes, ya la conocemos como la “Sexta Extinción”.

 

Otro asunto es la forma en la que tratamos a los animales domésticos, especialmente los destinados a nuestra alimentación. Su explotación a escala industrial tiene serias implicaciones morales. Basta ver el documental “Earthlings” (“Terrícolas”) en el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=D8mLO9EGCUw

Jorge Reichmann, en su libro Todos los animales somos hermanos. Ensayos sobre el lugar de los animales en las sociedades industrializadas (Los Libros de la Catarata, 2005), lo plantea de la siguiente manera:

 

Las modernas factorías pecuarias son campos de exterminio y cámaras de tortura para animales. No pueden describirse cabalmente de otra forma. No son “granjas” sino por abuso del lenguaje: se trata de fábricas para producir carne, con los mismos imperativos de reducción de costes, productividad y eficiencia de las demás industrias capitalistas. La diferencia es que en este caso la materia prima son seres sintientes. Es inmoral someter a las vacas, los cerdos o las gallinas a los terribles sufrimientos de la crianza intensiva.

 

Recuperando una declaración que apareció originalmente en el Catecismo de las Iglesia Católica publicado por Juan Pablo II en 1992, el Papa Francisco señala de manera enfática en su encíclica que “todo ensañamiento con cualquier criatura es contrario a la dignidad humana”. Por citar un ejemplo cercano sobre el que es muy difícil reflexionar serenamente en Aguascalientes, a la luz de lo señalado por el Papa Francisco, una tradición como la tauromaquia no sólo es cuestionable por el sufrimiento innecesario e inobjetable que se le inflige al toro, sino que es claramente contraria a la ética, sea católica o laica. Ir a misa de doce y acudir por la tarde a una corrida de toros son actos incongruentes.

En la amplia visión de su encíclica, el Papa Francisco delínea algunas líneas de orientación y acción frente a la debacle ecológica, el consumismo y la pobreza. Repasa las inciativas globales que, aunque cada vez más insistentes, poco han logrado en el terreno práctico:

 

El movimiento ecológico mundial ha hecho ya un largo recorrido, enriquecido por el esfuerzo de muchas organizaciones de la sociedad civil. No sería aquí posible mencionarlas a todas ni recorrer la historia de sus aportes. Pero, gracias a tanta entrega, las cuestiones ambientales han estado cada vez más presentes en la agenda pública y se han convertido en una invitación constante a pensar a largo plazo. No obstante, las Cumbres mundiales sobre el ambiente de los últimos años no respondieron a las expectativas porque, por falta de decisión política, no alcanzaron acuerdos ambientales globales realmente significativos y eficaces…

… La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el desarrollo sostenible denominada Rio+20 (Río de Janeiro 2012) emitió una extensa e ineficaz Declaración final. Las negociaciones internacionales no pueden avanzar significativamente por las posiciones de los países que privilegian sus intereses nacionales sobre el bien común global. Quienes sufrirán las consecuencias que nosotros intentamos disimular recordarán esta falta de conciencia y responsabilidad.

 

El Papa Francisco cree más en la inciativa local, incluso invidual, que en la global. En un cambio de estilo de vida de cada uno que vaya acabando con ese consumismo obsesivo, que no es más que un reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico dominante:

 

Por eso me atrevo a proponer nuevamente aquel precioso desafío [“Carta de la Tierra”, La Haya 29 de junio de 2000]: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo… Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida”…

Sin embargo, no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan. Son capaces de mirarse a sí mismos con honestidad, de sacar a la luz su propio hastío y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad. No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos. A cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle.

 

http://elpatologoinquieto.wordpress.com