Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Terminó ayer el tiempo litúrgico de Navidad, que yo estiro ahora para ofrecer mi resto. Así que viene y se va: de seguro la obra de teatro que más he visto es la Pastorela Mexicana de Miguel Sabido, que en esta ocasión se presentó en el Teatro Morelos con el patrocinio del Instituto Tecnológico de Aguascalientes (ITA), y animada por el incansable; inagotable, Jorge Campos Espino, que a sus cualidades de bailarín, vestuarista, coreógrafo, promotor cultural, sumó el año anterior las de director escénico y director teatral.

En verdad os digo que no hay en Aguascalientes artista más completo que él porque, digo, unos son músicos, otros bailarines, otros actores, pero él se mueve a sus anchas en prácticamente todas las disciplinas agrupadas en las artes escénicas. Nomás le falta cantar y hacerla de Niño Dios en la pastorela (aunque quizá le fuera mejor el papel de chamuco)…

De aquel elenco primigenio; aquel que en diciembre de 2004 se presentó por primera vez en el mismísimo templo estatal del sacro santo y bendito Estado Laico –que de Dios goce–, es decir, el Palacio de Gobierno, sólo subsiste Claudia Sofía Ramírez Preciado, que continúa actuando como narradora, y probablemente Juan Jesús Cervantes, que desde hace varias temporadas funge como abuelo de una sor Juanita de hablar gracioso aunque no siempre comprensible, pero que tal vez en aquella primera representación se desempeñó como bailarín. Porque debe saber que esta pastorela incluye una buena dosis de danza tradicional, particularmente del sur del país. Los asistentes disfrutamos de la Pelea de Gallos, el Jarabe Mixteco, Dios Nunca Muere, Flor de Piña, etc., interpretadas por un ramillete de bailarinas del grupo de danza Termal, que uno querría que se congelaran en escena, tan solo para verlas bien, nomás por los rutilantes vestuarios que lucieron, dignos de la envidia de cualquier dama del norte… Desde luego también hubo bailarines pero, francamente, no alcancé a verlos.

A propósito de Dios nunca muere, debutó este año como cantante Sara Olivia Padilla Cruz, una muchacha dotada con una voz fuerte y delicada, lo suficiente como para zanjar la ancestral disputa que sostienen ángeles y demonios. La parte musical estuvo a cargo del Ensamble Juvenil de Música Tradicional del ITA. Muy digna de destacarse fue la escenografía de Alan Paniagua y las animaciones digitales de Óscar Villarruel y compañía.

Este año me senté en una butaca frontera con el pasillo, de tal manera que cuando Satanás, encarnado por la actriz Cica Miranda, iba de salida del teatro, luego de su estrepitosa derrota frente a las fuerzas celestes, vino a sentarse un instante en mis piernas. Al ponerse de pie me dijo: “vente, abuelito, ya vámonos”…

Desde luego también asistí a uno de los conciertos navideños de la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes, en esta ocasión en el templo de Guadalupe, aunque ciertamente marginalmente me tocó un cachito del último, en el centro comercial de la salida a Zacatecas. Del concierto, del que no pudo faltar alguna selección del monumental Mesías de Handel, me gustaron particularmente un par de popurrís, denominados Pastores, Campanas y Peces y Las Posadas, en arreglos de Chucho Ferrer a música de la estación, que bien merecerían un registro.

Termino con estas líneas como me encantaría llegar al final del camino: con música. En estos días de fecunda holganza, he estado escuchando una serie de conciertos navideños, realizados en diversas ciudades europeas, y transmitidos por Radio Nacional de España (RNE) a través de la Internet. Ayer, mientras escribía estas líneas, escuché el correspondiente a la República Eslovena, que participó en esta cadena internacional con una cantata del compositor Aldo Kumar, que lleva el muy sugerente título de “El pesaje de las almas”.

La obra es tan contemporánea, que el autor participó como intérprete con un instrumento de su invención, realizado con rieles de vía férrea, en recuerdo de los migrantes que cruzan Europa en busca de un poco de aire fresco y cielo azul; un poco paz y mejor vida. Gente expulsada de su tierra; desarraigada por la guerra –en todas partes se cuecen habas.

Desde luego mi esloveno es nulo pero, ¿qué necesidad de entender nada? Basta con arrojarse confiadamente en brazos de las cuerdas, los metales, las percusiones y las voces; dejarse envolver por el sonido maravilloso de la orquesta y coros, los senderos que ambas agrupaciones recorren; basta eso para comprender el sentido, el tono de lo que se toca y se canta. Y, sin embargo, quien conducía la emisión desde RNE ofreció una síntesis de la historia que cuenta esta obra, y que ahora comparto con usted, porque me parece que destila una gran compasión.

La cantata tiene su origen en una canción folclórica eslovena, a su vez arraigada en viejas tradiciones mediterráneas que afirman que si el ánima es más ligera que una pluma de la diosa Maat –deidad egipcia de la justicia y la armonía–, no podrá llegar al cielo.

Dos diablos persiguen un alma; la atormentan incesantemente, haciéndole ver que sus obras no alcanzan el mérito suficiente como para llegar al cielo – ¿no es ésta, un poco, la idea de la pastorela mexicana?–. La virgen María presencia el lance, y dice a los malvados: “si el alma pesa más de lo que ustedes creen, será mía”. De lo contrario será para ustedes.

Al final de la carrera la virgen se inclina y de sus ojos brotan tres lágrimas, que caen sobre el alma perseguida, que de esta forma alcanza el peso necesario para acceder al cielo…

Si usted desea escuchar esta cantata, y hoy sigue colgada de la red, la dirección es: http://www.rtve.es/alacarta/audios/fila-cero. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).