Alonso Vera Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Hace unos días tuve la oportunidad de viajar a la Muy Leal y Muy Noble ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, también conocida como Antigua Guatemala. Hace meses no viajaba fuera de México, había estado ensimismado explorando las cuestiones más fundamentales de la relación entre el turismo y el arte popular.
Y es que el motivo de mi travesía a esta bella ciudad de trazo colonial, continuamente amedrentada por los volcanes que le rodean, fue precisamente para compartir una reflexión sobre el papel de los viajeros en el resguardo y evolución del arte popular en el “3er Encuentro de Grandes Maestros del Arte Popular de Iberoamérica”.
Asistí por invitación de Cándida Fernández, directora de Fomento Cultural Banamex e incansable guardiana de lo que nos dota con sentido e identidad, y quien hace más de 20 años creó el programa “Grandes Maestros del Arte Popular”.
Recuerdo la primera ocasión que vi uno de sus libros. La calidad absoluta en forma y fondo, desde la fotografía y el papel, hasta el tamaño y los contenidos editoriales. Dentro miré asombrado los rostros de aquellos que con total devoción habían sabido perpetuar el oficio heredado, y ahora contaban con una plataforma para dignificar su existencia.
De acuerdo a su contexto geográfico la materia prima empleada, desde el barro hasta la hoja de palma, el hueso y la pluma. La técnica y el origen étnico eran manifiesto de lo que destaco como la esencia y el principal atractivo de México: su diversidad sociocultural.
Entonces supuse que el arte popular es un arte vivo que evoluciona de manera natural. Tal vez partió de un objeto utilitario, como una olla o un sahumerio, al cual se le dedicó un poco más de tiempo y talento al punto del preciosismo. Cada una de las piezas elegidas contaba una historia y emanaba una belleza equiparable tan sólo con el orgullo en los ojos de su creador.
Conté a los presente las historias del Galeón de Manila y la corriente de Kuroshio. De cómo México fue el puente que sintetizó las artes populares de Oriente y Occidente, así como las anécdotas de Don Roberto Montenegro y el Dr. Atl viajando para experimentar, valorar y compartir las consecuencias de la complicidad entre las manos y los corazones de México.
No somos una potencia económica ni deportiva, pero si una potencia cultural. Hay al menos seis millones de artesanos en el País. Pocos, sin embargo, han logrado el status de Grandes Maestros. El reto es que en México la cultura ha venido estando al servicio del turismo cuando, por definición y sentido común, debiera ser el turismo el que brinde soporte no sólo a su existencia, sino a su evolución. “Aprendamos a vivir con el arte popular”, nos invita Cándida e Inspira con su esfuerzo por mantener viva y vigente la tradición.