José Luis Macías Alonso

El populismo es la democracia de los ignorantes. Fernando Savater

El odio a las razas es más bien el abandono de la naturaleza humana. OrsonWelles

Me había resistido a escribir sobre el caso Donald Trump, en un inicio pensé que se trataba de una simple historia de un estúpido empresario rico con lengua larga. Sin embargo, la novela ha producido sorprendentemente reacciones dignas de atención.

Desde que anunció su candidatura en el mes de junio, este empresario se colocó como puntero entre los 17 aspirantes a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Republicano y la semana pasada llegó al 28% de preferencia en distintas encuestas superando por mucho a sus más cercanos competidores.

Trump es un ejemplo de que el populismo es un alma en pena de las democracias que sin importar tiempo, espacio o condición, puede aparecerse de la noche a la mañana en cualquier estado. Su mensaje rector, tan hueco y tan absurdo, está construido a base de las más clásicas y burdas características de la política circense y superflua que ha convertido irresponsablemente lo que era un chiste en algo serio, lo que era irrelevante en algo alarmante.

En su maniobra ebria de populismo, comprendiendo con astucia y perversidad que el promedio de los electores prefieren un mensaje de pocas palabras y coloquial aún y cuando no tenga sustento, en lugar de uno robusto de racionalidad pero exhaustivo; ante preguntas de fondo escapa cobardemente con respuestas cortas sin pies ni cabeza, pero buscando diferenciarse de los pronunciamientos serios y largos que los políticos suelen usar.

A sabiendas de la crisis de representación que sufren las democracias, seduce y embelesa a más de alguno con el redituable discurso esquizofrénico y absurdo de moda en la lucha por el poder: “yo quiero gobernar pero yo no soy político”; y su insolencia y simplicidad en sus declaraciones son claras características del prototipo del político populista que con tristeza e incredulidad vemos como en ocasiones logra cautivar electores y conquistar corazones. (Véase caso México y Andrés Manuel López Obrador).

Como buen demagogo, ante problemas evidentes da respuestas radicales. Sin sustento, sin lógica y lo peor, sin las más mínimas bases éticas; concluye que el problema de la nación inmigrante por origen y por naturaleza, son unos inmigrantes: los mexicanos. Sin empacho de ser una aberración del tamaño de sus edificios, prometió deportar arbitrariamente a 11 millones de hispanos que residen ilegalmente en el país de las “libertades”. La estrategia es clara: hablemos de problemas reales pero demos respuestas falsas que la gente adorará escuchar.

Lo preocupante es esto último; en el juego de la democracia, aún y cuando la decisión sea aberrante si es de la mayoría puede cobrar legitimidad. Da asco y tristeza no sólo la postura de este xenófobo arrogante sino, cómo, en pleno 2015, este discurso sigue agradando a un sector de una población. Decía Hitler que la mejor lección de la historia es que el hombre no ha aprendido de ella. Tal parece que su conclusión se comprueba con este fenómeno propio también de su injustificable comprensión de la jerarquización racial. Los fantasmas del pasado reciente de esa nación sobre la discriminación de razas que muchos pensamos habían quedado suprimidos por completo, parece que siguen deambulando.

Con asombro vemos que no sólo ha sido repudiado por todos, si no que algunos de los propios contendientes han optado por compartir este discurso. Otro aspirante, Erick Santorum, acaba de prometer el “exigirle” a México (como si pudiera… más populismo) mayor dureza en sus controles fronterizos; el Gobernador Bobby Jindal se manifestó en contra del derecho a la ciudadanía por nacimiento. Jeb Bush bautizó sin el más mínimo respeto como “bebés ancla” a los hijos de indocumentados nacidos en este imperio dominante e igualmente se pronunció por la restricción de este derecho a la nacionalidad más que reconocido por todo el derecho internacional.

El populismo, engendro desviado de la democracia, atenta contra ella misma, el debate serio y responsable de todos los problemas de aquella nación ha quedado eclipsado por una propuesta de deportación masiva de personas misma que es un tema que ni siquiera debería ser tema en cualquier estado moderno con la más elemental base de derechos humanos.

¿Qué busca Trump? Es evidente que ninguna estrategia electoral mesurada puede considerar declararle la guerra a los hispanos, considerando que son más de 54 millones de personas dentro de los cuales hay más de 5 millones de electores, sino, que le pregunte a su compañero de partido MittRomney como le costó la elección presidencial su propuesta de auto deportación al ser un factor decisivo a favor de la victoria de su contrincante Obama. Es muy probable que su discurso racial que le catapultó en el primer lugar de las preferencias se convertirá tarde que temprano en su sentencia de muerte, ante esto, quedan dos escenarios para responder la pregunta: o es un imbécil con iniciativa o detrás hay una estrategia electoral, no de ganar, sino de desestabilizar.

Obama tiene una doble responsabilidad para frenar esta novela: de forma objetiva, en su carácter de jefe de estado de una nación democrática obligada al respeto de los derechos humanos, y subjetivamente, como un hijo de la inmigración que llega a Norteamérica; a no ser que sea justo una maniobra orquestada desde la oficina oval que sentencie la muerte electoral del partido republicano para congratulación de éste.

@licpepemacias