Patricia Miranda
Agencia Reforma

TOKIO, Japón.- Visten de traje oscuro e impecable camisa blanca. Calzan zapatos de piel y caminan con paso firme. Por aquí está uno, por allá van dos; de pronto, se cuentan por docenas.
Son los sarariman, llamados así por la deformación fonética de salary man, asalariados, en inglés, que cruzan la ciudad para cumplir con arduas jornadas de trabajo.
Su ir y venir es una de las escenas que, quizá, más llamen la atención de quienes viajan a Tokio en plan de trabajo. Primero, porque si se hospedan en algún lujoso hotel de Marunouchi, el distrito financiero de la capital nipona, probablemente coincidirán con ellos muchas veces.
Segundo, porque su cotidianidad (llegar tarde a casa, dormir poco, madrugar, ir a la estación, hacerse espacio en un vagón saturado) les recuerda en parte a la suya y a lo que han venido: levantarse temprano, llegar cinco minutos antes de la hora pactada a una cita y pasar casi todo el día cerrando tratos.
Titán de la tecnología, el orden y la cortesía, Tokio es tan atractiva como inabarcable: tiempo, que no ganas, es lo que falta a los viajeros de negocios para escudriñarla.
“Te encargo un robot”. “¿Me puedes traer una cámara digital?”. “Ve a un karaoke”. “Madruga para ver la subasta de atún en el mercado”. Los encargos y sugerencias que reciben estos viajeros de pisa y corre puede ser cientos.
Sin embargo, a que nadie señala, por ejemplo, el intercambio de tarjetas de presentación: en Japón es cosa seria. Hay que sacarlas, cual mago, apenas se encuentra un cliente y entregarlas -así como recibirlas- con ambas manos e inclinándose ligeramente. A esta reverencia se le conoce como ojigi.
También se podría recomendar al viajero que invierta las escasas horas libres merodeando la zona donde esté el hotel sede. Por ejemplo, muy cerca de Marunouchi se halla Ginza, el distrito de las compras, meca del consumismo nipon, que invita a practicar el window shopping. Dior, Cartier, Prada, Louis Vouitton, entre otras firmas de lujo, presumen sus escaparates en esta zona.
Aquí se antoja ver cómo transcurre la vida en un paso de cebra. La tarea puede ser hipnotizante: elegantes chicas presumen novedosos diseños y cabelleras que provocan meterse a la estética para pedir un corte en el que se note la precisión de Oriente. Una postal mucho más auténtica que la de las lolitas de la calle Takeshita, que muchos turistas anhelan fotografiar.
Chuo-dori, vía principal de esta zona, está cerrada al tráfico los fines de semana hasta las cinco de la tarde convirtiendo a Ginza en un paraíso peatonal.
Sobreponerse al cansancio y dejar el seductor bar del hotel permite pulsar el afterwork tokiota. Al sur de Tokyo Station y cerca de Marunouchi y Ginza, el distrito de Yurakucho ofrece varias tabernas japonesas (izakayas) bajo las vías del tren de la línea JR Yamanote.
Andy’s Shin Hinomoto es una de ellas. Grupos de japoneses comparten ostras y patas de cangrejo con colegas extranjeros. Dentro del diminuto sitio los comensales fuman y el sonido de las vías cada que pasa el tren acentúa los brindis con sake.
La noche es joven y Japón no está a la vuelta de la esquina. Obligado es seguir la marcha en Yurakucho Sanchoku Inshokugai, un callejón con más izakayas, que sirven desde ramen y pinchos de pollo a la parrilla (Yakitori) hasta carne de caballo de Kumamoto.
El ambiente es acogedor, como de viejo barrio. Entre el “salud” (¡campai!) del viajero de negocios y el del sarariman, la noche se va relajando. Con whisky y cerveza en mano es posible soltar carcajadas y los agobios del trabajo. Ya no hay más sacos puestos ni nudos en las corbatas. Las espaldas se encorvan a la luz de los faroles.