Borja González 
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- No es una visita turística cualquiera. Aquí hay que mancharse las manos… y los pies.
“Es opcional, claro, pero yo le recomiendo que lo haga, que sienta el barro”, aconseja Fausto Cortés. De los 68 años que contemplan a este alfarero hidalguense, 60 los ha pasado elaborando figuras, cazuelas o vajillas completas, todas hechas con el mismo material y las mismas herramientas: sus manos.
“Claro que ya existen muchas tecnologías y muchas máquinas que pueden hacer piezas parecidas, pero no es igual, no se siente igual cocinar y comer algo que se ha hecho en una cazuela de barro”, apunta el artesano.
En un pequeño taller de La Palma, a las afueras de Huasca de Ocampo, él y su hijo Felipe se encargan de recibir a quienes quieren conocer un poco más de la tradición alfarera que, aunque mermada en los últimos años, se mantiene a flote.
“Entraron al mercado muchos productos de peor calidad, de plástico, de aluminio, de unicel… pero nada se compara con el barro”, coincide Felipe con su progenitor.
Aquí todas las materias primas son originarias de la zona: desde el tezontle, la roca volcánica y rojiza que se transforma en barro, hasta el caolín, un mineral blanco usado para pintar las piezas una vez secas, pasando por las fibras de ixtle con las que don Fausto secciona sus creaciones sobre el torno.
La alfarería, recuerda el artesano, no sólo se trata de creatividad, sino también de fuerza en las piernas para, precisamente, mover ese torno.
Y de paciencia, pues cada figura terminada pasa 3 horas horneándose en una primera fase de secado y otras 3 más para conseguir el esmalte característico, cuando el horno llega a los 900 grados centígrados.
Para agendar una visita al taller y ahora sí que, literalmente, embarrarte, lo ideal es contactar con Felipe Cortés con algunos días de antelación, para que puedan atenderte personalmente y, al terminar el recorrido, invitarte a un café de olla con buñuelos.