Torre Telmex

Por J. Jesús López García 

 El escritor Guy de Maupassant comentaba que a él le gustaba desayunar diariamente en el restaurante situado en la cúspide de la torre Eiffel. El motivo no era gastronómico sino perceptual: era el único sitio en el París del siglo XIX desde el que no se veía la torre; La obra más representativa del ingeniero Gustave Eiffel -incluso bautizada con su apellido- fue desde la edificación en el último cuarto del siglo antepasado, una fuente de polémica. Defensores y detractores hacían gala de un debate apasionado; no era para menos, con sus trescientos metros de altura, un hito en la construcción de metal, icono de la era Industrial y un emblema no sólo de su ciudad, saturada a su vez de edificios representativos, sino de toda Francia.

El motivo de su fábrica fue la gratuidad de mostrar el dominio técnico de la ingeniería francesa aunque en defensa de su duración amenazada de inicio por parisinos y franceses que la veían como un esperpento, se esgrimió la utilidad para fines meteorológicos, de telecomunicaciones, de experimentación médica -con escaladores profesionales- y una gama de propuestas que no opacaron ni por poco su verdadera función que era la de dotar de significados a la modernidad, a la técnica, a la ciudad, a la nación, a la economía, entre otros.

Como los tótems de las culturas de América del Norte, los edificios verticales marcan un sitio, un antes y un después; su irrupción en el lugar es tajante aunque obedezca en principio a fines totalmente prácticos como los rascacielos primigenios proyectados y construidos por los maestros de la Escuela de Chicago –el Home Insurance Building por William Le Baron Jenney de 1884-1885 es considerado como el primer rascacielos de la Historia- casi a la par con algunas de las grandes ciudades del mundo como en el caso de Nueva York, Londres, Róterdam, Estocolmo, Madrid y Génova, que tratando de multiplicar el beneficio pecuniario de la edificación en un terreno costoso merced a la demanda desencadenada por el crecimiento económico y la afluencia de inmigrantes en las ciudades, buscaron la réplica de la planta arquitectónica cuantas veces la tecnología lo permitiese.

La producción de acero destinado a la industria ferrocarrilera y a los astilleros, junto con la invención del elevador por parte de Elisha Graves Otis y los múltiples adelantos en las instalaciones hicieron posible los primeros edificios verticales de consideración; fueron un prodigio técnico y a la vez económico, productos simbólicos del capitalismo y con el tiempo, simplemente de la demostración de poder. Actualmente los edificios más altos del mundo no están en Occidente sino en el Oriente tal como el Burj Khalifa en Dubai, Emiratos Árabes Unidos; la Shanghái Tower en Changái, China y las Torres Abraj Al Bait en la Meca, Arabia Saudita, tratando de asimilar de golpe la tradición occidental de ostentar acumulación.

Producto de funcionalismo son las torres de la otrora empresa telefónica estatal, convertida en bastión de un grupo empresarial importante de México y que ha dado al mundo a uno de los hombres más acaudalados del orbe. Las comunicaciones fueron siempre pilares sobre los que se cimentó el progreso técnico de la revolución Industrial: de la máquina de vapor a la telefonía celular, así por los últimos casi trescientos años. Las edificaciones referidas son una muestra de ello. Levantadas entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, su masa vertical gris se ubica en el núcleo de algunas poblaciones medianas y grandes, llegando a dominar en altura el paisaje urbano como en el caso de Aguascalientes, que al menos en el centro supera cualquier otra obra.

La torre TelMex como sus similares en las ciudades de México, es un volumen con estructura de acero recubierta con superficies sólidas; su neutralidad funcionalista tal vez hubiese sido aplaudida por los exponentes alemanes y holandeses de la radical Nueva Objetividad, para quienes el mecanicismo era la única razón de ser de la arquitectura. Más al transcurrir el tiempo, avanzando la tecnología de las telecomunicaciones y habiéndose vaciado casi la mitad de los pisos del edificio por no ser requeridos, la utilidad de la torre se muestra comprometida, no así su presencia ya que no es económicamente viable demolerla, y se quiera o no, es parte ya de la imagen de la ciudad, elemento presente y a la vez silencioso, similar en su grisura física y significativa a la de los edificios funcionalistas de los años de la Guerra Fría.

Lo anodino de su existencia tal vez agrede la sensibilidad de muchos coterráneos amigos del centro de la ciudad, pero la mole está aquí y es difícil que desaparezca, tal vez haga falta hacerla evidente, quitarle su carácter de cápsula hermética y aprovechar el esqueleto tal como Eiffel concibió su torre, un mirador que a su vez, como explica Roland Barthes –La Torre Eiffel: Textos sobre la Imagen, Paidós, Barcelona, 2001- concita la mirada de quien es desde ahí observado. Quitarle su carácter de mole ensimismada para que finalmente dialogue con su entorno y ser congruente con su objetivo primordial: comunicar algo.