ciudad-vivaJesús Álvarez Gutiérrez

Una de las noticias que más llaman la atención es que, a pesar de que el país está estancado, el peso devaluado, la pobreza aumenta, la desigualdad se ensancha, la productividad disminuye, las clases medias sufren y los nuevos negocios quiebran antes de un año, resulta que los bancos en México reportan utilidades récord.

La Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CVBV) informó que las ganancias de los bancos crecieron 22 por ciento en los primeros cinco meses de 2015 respecto del mismo período de 2014, llegando a superar la cantidad de 42 mil millones de pesos.

A partir de este dato, muchos funcionarios públicos aplauden la solidez del sistema financiero mexicano. En realidad se trata de un caso de libro de texto sobre mercados oligopólicos: dos tercios del mercado del dinero en México están controlados por cuatro bancos (dos españoles BBVA Bancomer y Santander), uno estadounidense (Banamex) y uno mexicano (Banorte).

Que la economía vaya mal y los bancos bien no es, en este caso, una paradoja. De hecho parecen más bien las dos caras de la misma moneda. Los bancos se concentran en un selecto y poderoso grupo de clientes VIP, pero captan poco ahorro popular y prestan muy caro a los pequeños usuarios de crédito. No cumplen, pues, sus funciones básicas de intermediación financiera eficaz, oportuna y competitiva, aunque presuman resultados muy alentadores a sus accionistas extranjeros.

Efectivamente, los bancos captan poco ahorro porque no ofrecen tasas de interés atractivas a los ahorradores; de hecho, el rendimiento real es negativo; la tasa nominal ha sido del 2 por ciento anual y la inflación general del 4 por ciento. Si usted depositó un millón de pesos en 2008, lo renovó anualmente y no ha sacado ni un solo peso, cheque por favor su saldo y verá que tiene una cantidad apenas superior al millón de pesos que depositó; mientras tanto, la vida ya se encareció cerca de un 50 por ciento en rubros como vivienda, alimentos, ropa, accesorios, restaurantes, esparcimiento, colegiaturas…

Por otra parte, los bancos se han ganado a pulso la fama de prestar dinero sólo a “quienes lo tienen”. Efectivamente, el gobierno y las grandes empresas mexicanas y trasnacionales satisfacen a plenitud todos sus requerimientos y con tasas preferenciales. En cambio, si usted es un microempresario sufrirá un calvario para obtener un pequeño crédito, le exigirán una garantía de 2 a 1, y le cobrarán una tasa de interés tan alta que difícilmente la podrá pagar con las ganancias de un negocio legítimo. A la tasa de interés ordinaria hay que agregar las comisiones y primas de seguros obligatorios, por lo que el costo anual total del financiamiento (CAT) llega a niveles del 40-50 por ciento en préstamos personales o para capital de riesgo y trabajo, sin incluir el IVA, ni mucho menos multas y recargos por morosidad.

En ningún país del mundo se tolera un diferencial tan amplio entre las tasas pasivas (las que los bancos pagan a los ahorradores) y las tasas activas (las que cobran a los deudores). En México sucede porque pocos bancos controlan el mercado. Y este fenómeno es precisamente una de las principales explicaciones al misterio sobre la baja productividad de los factores de la producción en México.

Los banqueros tienen respuesta para casi todo. A la pregunta de por qué cobran tanto en los créditos que otorgan, contestan que en el país hay corrupción, pero ¿acaso los bancos están ajenos a la corrupción? (En Estados Unidos, Banamex acaba de recibir una sanción por 140 millones de dólares de los reguladores por la debilidad en sus programas contra ¡lavado de dinero!). Los banqueros se justifican así: “la mala aplicación de la justicia para la recuperación de garantías hace que el crédito sea caro”, o bien, “como instituciones bancarias tenemos la obligación de crear reservas, y ante sistemas jurídicos más deficientes, se eleva el riesgo, por lo que trasladamos a los clientes el costo de los riesgos”.

Hace unos días, el presidente de la Asociación de Bancos de México presentó pomposamente un estudio “Ejecución de Contratos Mercantiles e Hipotecas en las Entidades Federativas”, elaborado por la consultora Moody’s. En dicho estudio, Aguascalientes, Baja California y Guanajuato fueron los mejor evaluados en ejecutabilidad de contratos; en cambio, Veracruz, Quintana Roo y Oaxaca los peor evaluados. Si esto es verdad, entonces yo me pregunto: ¿por qué razón los bancos cobran la misma tasa de interés y comisiones a los clientes en Aguascalientes que a los de Quintana Roo?

Otro día quiero referirme a la importancia del ahorro para el desarrollo. Como advierte Sergio Sarmiento, sin ahorro nacional dependeremos de la inversión extranjera para financiar la inversión productiva. Según el Banco Mundial, nuestro país registraba en 2012 un ahorro bruto equivalente al 22 por ciento del Producto Interno Bruto. En contraste, Corea del Sur tenía 35 por ciento y China 51 por ciento.

No toda la culpa recae en los bancos. La mitad de los mexicanos no ahorra porque sus ingresos apenas les alcanzan para cubrir la canasta básica; asimismo, la mayoría de los que pueden ahorrar lo hacen en casa o por medio de tandas, ya que temen que Hacienda se quede con parte de su ganancia nominal al no presentar declaración anual. Parecería que la política fiscal está hecha para castigar el ahorro.

La Reforma Hacendaria también socava el ahorro voluntario al reducir drásticamente la deducibilidad de los fondos individuales de inversión para el retiro (Afores), que en 2014 representaron apenas un 13 por ciento del PIB según la Consar.

No podemos pedir a los mexicanos que ahorren más si la población sigue perdiendo poder adquisitivo y el gobierno y los bancos castigan el ahorro.