Silvia Guerra

Seguramente habrán escuchado por ahí que las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra y, a pesar de que para algunos esto pueda sonar trillado, no hay nada de mentira en ello. Esta frase puede tener sentido en cualquier ámbito, por ejemplo: en una relación de padres a hijos, de maestros a alumnos, de líderes de opinión a escuchas o de jefes de una organización a subalternos, entre otros; pero es en este último, en el que para fines de este artículo me quiero quedar… En cómo el ejemplo de la imagen de un jefe es tan poderoso, que impacta a tal grado a sus subalternos, permeándolos de ella.

Como saben, una manera en que los niños pequeños aprenden, es a través de la imitación. El niño aprende a imitar sonidos, gestos, hábitos y comportamientos, tomando como modelos a los personajes más importantes de SU mundo, sus padres. Es por ello que en muchas ocasiones escuchamos decir a la gente: ¡Ay Santi, pero si eres igualito a tu padre! Pues bien, se puede decir que en una empresa, básicamente pasa lo mismo comenzando de la cabeza hacia abajo; es por eso que el título de este artículo se titula “todo viene en cascada”. Clarificando un poco, en una empresa, el ejemplo lo da el dirigente de ella, y como en una cascada al caer el agua, este ejemplo va mojando o permeando todo a su paso.

En una ocasión, me tocó saber de un caso en el que el dueño y dirigente de una empresa llamó por teléfono a un consultor de imagen pidiéndole ayuda. Básicamente, el empresario le comentó que la apariencia de sus empleados no empataba con la imagen que quería proyectar de su empresa, pero que no sabía cómo hacérselos saber sin ser ofensivo. Amplió un poco la información, explicándole al consultor que quería que tanto la reputación de su empresa como de su personal, fueran sinónimo de seriedad, credibilidad y formalidad ante los ojos de su mercado. Se procedió a hacer una cita para que el consultor acudiera a la empresa, y que su dueño pudiera mostrar y explicar en persona a lo que se refería por teléfono.

Se llega la fecha y hora de la cita y el consultor se presenta en la empresa. Las instalaciones eran modernas, amplias, iluminadas, con una decoración minimalista y un aroma agradable; todo pintaba bien, al parecer las oficinas no tenían problema en proyectar lo que el dueño quería pero, al comenzar a ver al personal desfilar, el consultor se dio cuenta de que había algo que no empataba. Efectivamente su apariencia gritaba: descuidados, poco pulcros e informales en su manera de vestir. ¡El dueño tenía razón! Cuál fue la sorpresa del consultor al conocer al dueño… ¡Se veía igual o peor que sus empleados! Los empleados simplemente imitaban al dueño, seguían el ejemplo de lo que consideraban era un estándar adecuado de apariencia, comportamiento y comunicación.

La solución fue más sencilla de lo que pensó el consultor, lo complicado fue encontrar las palabras adecuadas, con el tono y tacto propicios para explicársela al dueño. Una vez que el dueño comprendió que “todo venía en cascada”, y que él era el inicio de la cascada; poco a poco su imagen y la de sus subalternos fue puliéndose sin mayor tropiezo, dándole más congruencia a todos los estímulos que se emitían. Los beneficios no se dejaron esperar, ya que la percepción de la empresa comenzó a dar un giro en positivo, cuando los objetivos esperados por el dueño empezaron a empatar con los estímulos emitidos por la empresa, él mismo y sus empleados. ¿Efectivamente todo viene en cascada, no?

Nos vemos la próxima semana.

 

El Poder de tu Imagen.

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