COLUMNA CORTE 11ª Función
“LOS 33” (“THE 33”)
Basada en los angustiosos hechos registrados en el Desierto de Atacama, Chile, hace apenas 5 años, “Los 33” es un trabajo que tenía a su alcance múltiples posibilidades dramáticas y temáticas, pues además del núcleo temático representado por el forzoso aislamiento subterráneo padecido por el número de mineros indicado en el título debido a un derrumbe provocado por una roca colosal en el Mineral San José, también se sumaron a la ecuación los factores sociológicos (la precaria condición económica de los explotados trabajadores del zapapico) y políticos (la delicada posición del gobierno chileno ante las naciones extranjeras cuando el potencialmente trágico evento llegó a los medios de comunicación internacionales). Mas el potencial para un tramado narrativo complejo y rico se trunca por obra y gracia de un guión que jamás localiza su vértebra argumental al abordar todos los componentes mencionados con ligereza y poco rigor, desparramando una historia que solo ha encontrado profundidad y apasionamiento en los informes periodísticos del momento. Un reparto por demás ecléctico (Antonio Banderas, Lou Diamond Philips, Mario Casas, Tenoch Huerta, se pone en la atribulada piel de los mineros, quienes enfrentan múltiples procesos psicológicos durante su claustrofóbico encierro-confrontaciones debido a xenofobias, egos y el estrés; hambruna, caracteres muy disímbolos, etc. Análogamente, se nos muestra la compasiva labor del Ministro de Cultura (Rodrigo Santoro), quien debe medrar entre el presidente Sebastián Piñera (Bob Gunton), la presión ejercida por los angustiados familiares liderados por María Segovia (Juliette Binoche), hermana de uno de los apresados mineros y los medios de comunicación, quienes difunden la noticia a modo de vehemente crónica. Todos los relatos poseen artesana uniformidad y se desarrollan con mínima corrección, generando frustración en quien espere una reflexión puntual sobre los acontecimientos, limitando el espectro narrativo a exposiciones maniqueas de personajes y situaciones, un mundo en blanco y negro donde se requería un forzoso abordaje cromático que dimensionara a la cinta más allá de la estructura de un telefilme. Todo el trabajo actoral es sólido, así que no todo está perdido, pero la progresiva dilución dramática y la dispersa dirección de Patricia Riggen aseguran la perpetua estancia de esta película en las oscuras catacumbas de los saldos para DVD.

2ª Función
“SINIESTRO 2” (“SINISTER 2”)
Hubo una época cuando el subgénero sobre ánimas malignas que hacen ver su suerte a los moradores de lóbregas residencias era motivo de adoración y respeto, incluso de prestigio gracias a filmes de cuidada producción, atmosféricos e inteligentes como “La Mansión de los Espectros – The haunting” (1963), “La Leyenda de la Casa Infernal – The Legend Of Hell House” (1973), “El Intermediario del Diablo – The Changeling” o “Poltegeist, Juegos Diabólicos” (la original, por supuesto), entre otras. Entonces, el interés por esta línea de relatos se vio reemplazada por el asesino enmascarado en turno, hasta que el deseo del gran público por ver excesos hemoglobínicos salpicados a litros en pantalla menguó. Casi una generación entera creció cultivándose con un horror cinematográfico más brutal que sugerente, más visceral que intelectual, aquel que cariñosamente se le bautizó como “porno-tortura” y que pavimentó el camino que timadores como James Wan o Leigh Whannell y filmes ramplones de fraudulento contenido como la mentecata saga de “Actividad Paranormal” tomaran el lugar que los exquisitos ejercicios en miedo mental tuvieran años atrás. Y tenemos otro ejemplo en cartelera: “Siniestro 2”, un clavo más en el prematuro ataúd que estos imberbes ejemplos de terror tibio están confeccionando como fatal destino para un género que no se lo merece. La trama no requiere mucho esfuerzo, tanto en su elaboración como comprensión: El anónimo oficial de policía del filme anterior (James Ransone), ahora detective privado (porque qué más da), se ha dado a la tarea de incendiar los hogares infectados con la presencia del Bughuul, el demoníaco ser que asoló a la familia Oswalt en la primera parte. Cuando se encuentra en el proceso de incinerar una de ellas, descubre que está habitada por una mujer llamada Courtney (Shannyn Sossamon), quien huye de su abusivo esposo Clint (Lea Coco, y simplemente me rehúso a creer que alguien con este nombre pueda intimidar a cualquiera) en compañía de sus dos hijos adolescentes Dylan (Robert Daniel Sloan) y Zach (Dartanian Sloan). Por supuesto, este encuentro erogará en una relación romántica, y mientras Courtney y Detective comparten miradas de borrego y picoretes aptos para adolescentes y adultos, Dylan se ve asediado por espectros infantiles victimados por el Bughuul, quienes le muestran filmes caseros en 16 mm. Que muestran diversas atrocidades provocadas por la monstruosa aparición. Todo se encaminará a un enfrentamiento personal entre Courtney y Clint, Dylan y sus malévolas influencias del más allá y Detective con sus demonios personales. Así leído, tal vez la trama asome un cierto atractivo, pero en pantalla el resultado es el acostumbrado batidillo de aspiraciones retro con relativo impacto visual (¡El Bughuul se transporta por cualquier manifestación del arte! Música, cine, pintura, etc.), sustos económicos por su bajo costo intelectual y un sentido paupérrimo de contenidos y ejecución de ideas. Esperemos que, a la postre, este tipo de artículos de consumo rápido se los lleve ídem el mismísimo demonio.
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