Fernando López Gutiérrez

ferlog14@gmail.com

@ferlog14

Para quienes tenemos acceso a las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), la afirmación de que éstas son un instrumento para el desarrollo económico y social parece una verdad indiscutible. No obstante que coexisten en nuestra sociedad generaciones de usuarios con experiencias y visiones diversas respecto al valor que la evolución de las nuevas tecnologías ha tenido en sus vidas, el conocimiento de las facilidades que estas últimas brindan suele convertirse en la mejor evidencia para sostener que son imprescindibles.

Un análisis más profundo, sin embargo, nos permitirá observar que si bien el sector de las telecomunicaciones en América Latina ha crecido de manera vertiginosa en los últimos años, los países que la integran aún se encuentran lejos de alcanzar los niveles logrados en otros países. Adicionalmente, la revisión de los beneficios sociales que las TIC han generado para las personas de menores ingresos nos lleva a reconocer que las oportunidades que otorgan se han abierto de forma más amplia para quienes menos carencias tienen.

Esta situación plantea una pregunta compleja: ¿es posible que el desarrollo de las TIC pueda contribuir de forma decidida a reducir las desigualdades entre grupos sociales? Al intentar responderla tendríamos que considerar varios aspectos. En primer lugar, aceptar que, por una cuestión elemental de poder adquisitivo, quienes tienen mayores ingresos son los que poseen mejores condiciones para aprovechar los beneficios del desarrollo tecnológico. En segundo lugar que, por un tema cultural y educativo, aquellos que más necesitan desarrollar sus capacidades son lo que se verán más limitados para aprovechar lo que las TIC ofrecen, al momento de decidir el tipo de contenidos y herramientas digitales que quieren usar.

Desde esta perspectiva, habría que estudiar y considerar a detalle si los recursos que se están utilizando para el desarrollo de la tecnología tienen incidencia en la mejora de los niveles de vida de la población más pobre, en comparación con la más rica. De otra manera, existe la posibilidad de que las autoridades, organizaciones y el sector privado, en su afán de lograr un cambio por medio de las TIC, realmente propiciando ampliar la brecha de la desigualdad entre grupos sociales.

Al respecto, cualquier estrategia digital debería construirse desde la noción básica de conectar y “digitalizar” a los que menos tienen y de ofrecer, las mismas alternativas de acceso y servicio para toda la población, sin descuidar la labor pedagógica y formativa que permita enseñarle a los de menores ingresos que el Internet es algo más que las redes sociales y que realmente puede permitirle a las personas ampliar sus horizontes y alcanzar mejores oportunidades.