Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Hace 70 años concluyó la Segunda Guerra Mundial… Ésta, que ha sido la mayor conflagración de la historia, fue tal que salpicó hasta estas tierras de vertiginoso crecimiento –lo llaman desarrollo; progreso-, tal y como demostraré líneas abajo. Pero antes, y para contextualizar el asunto, va lo siguiente:

El pasado siete de mayo se cumplió el septuagésimo aniversario del cese al fuego en Europa. La fecha corresponde a la firma del armisticio que significó la rendición sin condiciones de la Alemania Nazi, que días antes se había hundido en medio del estrépito de la metralla aliada y la música de Richard Wagner –parecería profético que este compositor, especialista en heroicas óperas, hubiera compuesto su Crepúsculo de los dioses, que aderezó la caída del Tercer Reich, y que a partir de entonces se convirtió en música incidental… El próximo año tendremos aquí una reposición; ya muchos se están preparando ya casi comienzan los ensayos-. Pero la guerra aún no llegaba a su fin. Para esas fechas, en la cuenca asiática del Océano Pacífico, los Estados Unidos todavía no terminaban de someter al demonio amarillo, como gustaba de afirmar la propaganda imperialista en referencia a Japón. En este sentido, el próximo jueves se cumplirán 70 años del bombardeo atómico a Hiroshima y, tres días después, a Nagasaki. Entonces sí, el conflicto llegó a su término. La mañana del 2 de septiembre, a bordo del acorazado USS Missouri, puesto al pairo en la bahía de Tokio, se firmó el acta de rendición incondicional del imperio japonés –hemos de soportar lo insoportable, había dicho el emperador Hirohito a su pueblo días antes-.

Como digo, la guerra llegó hasta acá, gracias al involucramiento de México en el enfrentamiento, de acuerdo al decreto presidencial del uno de junio de 1942, cuyo artículo único decía, y sigue diciendo, lo siguiente: Los Estados Unidos Mexicanos se encuentran, desde el día 22 de mayo de 1942, en estado de guerra con Alemania, Italia y Japón.

De seguro cuando Adolfo Hitler se enteró de la determinación del Congreso Mexicano y del presidente de todos nosotros, se estrujaría las manos con desesperación apenas contenida, se acomodaría el copete y llamaría a Ribbentrop, su ministro de exteriores, y le preguntaría: ¿y ahora qué hacemos, Joaquín? Éste se encogería de hombros y quizá contestara: ni modo, mi führer, no queda de otra que darle pa’lante, y pa’lante le dieron; le dimos; les dimos, hasta que los pusimos de rodillas de una forma tal, que ya ni siquiera paz pudieron pedir, y les ganamos; la única guerra que hemos ganado, igualito que la mosca que andaba arando…

En fin, sarcasmo aparte, me imagino que de todos modos alguna atención especial les merecería México a los regímenes nazi fascistas, no porque vieran en nuestra pacifista nación una amenaza para sus pretensiones totalitarias, sino por su cercanía con el enemigo principal, los Estados Unidos. De hecho tengo entendido que unidades de la kriegsmarine del Tercer Reich se acercaron a la costa este del vecino del norte, e incluso -¡Jesús mil veces!- penetraron en el Golfo de México, en donde hundieron varias embarcaciones mexicanas en actos que propiciaron la declaración del estado de guerra entre México y las potencias del eje.

De acuerdo con la versión oficial, los submarinos alemanes que atentaron contra el patrimonio nacional y mancillaron el honor patrio se acercaron tanto a la costa mexicana, que sus tripulaciones bien pudieron subir a cubierta para comprobar si Agustín Lara, el músico poeta, tenía razón cuando le hizo cantar a la excelentísima Toña la Negra aquello de Veracruz: son tus noches diluvio de estrellas, palmera y mujer, y a lo mejor, amparados en las sombras nocturnas, se bajaron a tomar un cafecito en La parroquia y a degustar de un buen huachinango a la veracruzana, aprovechando que, también contrariamente a lo que se ha dicho, en México había más simpatizantes del nazismo que los que el demócrata gobierno mexicano estaría dispuesto a aceptar…

Aunque quién sabe, con este asunto de los U boats en aguas mexicanas… Ya ve que luego hay malos pensadores que creen que en realidad los buques mexicanos fueron hundidos por los Estados Unidos, para forzar la entrada de México en la guerra, desde luego al lado de los aliados, pero está cañón bajar al fondo del mar para mirar los agujeros que les hicieron a los barcos, a ver si dicen Made in USA, o qué.

Y a propósito de versiones oficiales, hace poco escuché una diversa a la conocida, de que sólo después del bombardeo atómico el gobierno de Su Majestad Imperial del Japón aceptó rendirse de manera incondicional a los Estados Unidos. Escuché, fíjese bien, que esta disposición fue anterior al bombardeo, y que mister Truman decidió seguir adelante y matar de un bombazo a más de 90,000 personas, no porque Japón necesitara semejante tente en paz para, de veras, pedir paz, paz, paz, sino como advertencia a la Unión Soviética, en el que sería uno de los actos inaugurales de la Guerra Fría… A costa de la destruida nación oriental y de causar una herida que nomás no deja de doler…

Interesante; muy interesante, diría mi amici Francesco Ruffatti y, francamente, no me extrañaría que así hubiera sido. Pero ya se agota el espacio y no le he dicho cómo se involucró Aguascalientes en la guerra, pero a la voz de hay más tiempo que vida, continuaré con el tema la próxima semana.

Por cierto, el término pairo procede del verbo provenzal pairar que significa, siempre según el diccionario de la RAE, soportar, aguantar, tener paciencia. Su acepción es la siguiente: dicho de una nave: estar quieta con las velas tendidas y largas las escotas. O sea que el acorazado estaba estacionado en la bahía, pues. Claro, el Missouri distaba mucho de ser un velero, pero el término se quedó. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).