Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

A propósito del involucramiento de México en la Segunda Guerra Mundial, me acuerdo de algo que me platicó mi amigo Alejandro Velasco Rivas, que en otra vida viajó a Viena, la capital de Austria, y entonces su apreciable y sufrida esposa quiso ver el río Danubio; verlo de cuerpo presente, de flujo continuo, ancho como nunca lo será nuestro río San Pedro, y quiso ver, además, si de veras era azul, tal y como afirmara don Johann Strauss, el hijo, en aquel vals monumental. Así que subieron a un tren de metro que atravesó por un puente al inspirador de tan bella obra musical, y se bajaron en la estación inmediata del lado contrario, para recorrer a pie el puente y observar la vía pluvial…

No, concluyeron: el Danubio no era azul, sino grisáceo. Mi amigo dedujo que quizá así lo viera Herr Straus en el transcurso de una parranda con cerveza Edelweiss, o tal vez ese día se viera medio gris porque estaba nublado.

En fin. Ya estaban nuevamente en tierra firme cuando se sorprendieron de ver un letrero que indicaba que ahí estaba la, fíjese bien: Mexikoplatz… ¡Órale!, pensó: ¡vaya sorpresa! y entonces se adentraron en los andadores que cruzaban jardines –por cierto que ahí está un magnífico templo del siglo XIX, dedicado a San Francisco de Asís– buscando el motivo de por qué ese remanso de paz urbana había recibido el sacrosanto nombre de la Suave Patria, y lo encontraron: un pequeño monumento con las águilas austríaca y mexicana, y texto en alemán y castellano, que decía, fíjese bien lo que dice: “en marzo de 1938, México fue el único país que protestó oficialmente ante la Sociedad de Naciones por la violenta anexión de Austria a la Alemania Nacionalsocialista. En homenaje a ese acto, la ciudad de Viena dio el nombre de México a esta plaza…”

No los campeones del mundo libre, los Estados Unidos, ni la civilizada Francia, ni la demócrata Gran Bretaña, ni la poderosa Unión Soviética; no ellos, los grandes de esta geopolítica vida, sino México, un país medio civilizado, siempre revuelto, con una belicosidad de día de fiesta y juegos pirotécnicos, siempre dispuesto a partírsela por la virgencita de Guadalupe, el honor de la madre y el de las Chivas Rayadas del Guadalajara, aunque estén maduritas para el descenso… Fue México “el único país” que sacó la casta en contra de tan arbitraria medida, que al cabo el führer y sus hordas de hunos estaban lo suficientemente lejos como para ejercer alguna represalia en nuestra contra…

La declaratoria de “estado de guerra” con Alemania, Italia y Japón, implicó una serie de medidas, de las que hoy en día sólo se recuerda el envío del Escuadrón 201, que surcaron los cielos de Filipinas para lavar la afrenta que los submarinos alemanes le habían causado al país.

Por principio de cuentas se suspendieron algunas garantías individuales –nomás de acordarme me recorre la espalda algún escalofrío (es un decir). Digo, porque, con las garantías vigentes ya ve cómo nos va–. Además, se facultó al Ejecutivo federal para organizar la defensa del país, etc. Se emitió un “Reglamento provisional de las Comandancias de Zona Militar”, que dividió al país en las muy conocidas “zonas militares”. El documento, de 19 de mayo de 1942 –13 días antes de la declaratoria de guerra–, resulta interesante porque prescribe la manera como se organizarían estos contingentes militares, de oficiales, jefes, elementos de tropa y caballos, así como las funciones que realizarían.

Por otra parte, el gobierno dispuso también que todos los extranjeros originarios de los países con los que México se encontraba en beligerancia, fueran internados en una prisión ubicada en las inmediaciones de la ciudad de Perote, Veracruz.

A propósito de esto último, en una ocasión conversé con las señoras Imelda y Zeida Kio Imamura Romo, hijas del señor Roberto Comaso Imamura Nagano, un japonés que se avecindó en Aguascalientes hacia 1928. A falta de casa propia inicialmente se estableció en el Hotel Bellina, en donde comenzó a ejercer la profesión de dentista. Por cierto que también tenía la de ingeniero minero, y precisamente había venido a México a trabajar en una empresa minera.

El señor Comaso Imamaura tenía pensado regresar a Japón, luego de probar suerte en México. Sin embargo, su decisión cambió al conocer a la mujer con la que contrajo matrimonio, y que lo retuvo aquí.

Imamura había nacido en 1895, el 29 de enero y, como le informo, se instaló aquí a los 33 años, en 1928. Ahora imagínelo… Evidentemente se trató de uno de los primeros profesionistas que hubo en nuestra ciudad, y además en esta área de la salud. Ejerció la profesión, y eso mismo le permitió abrirse camino, hacerse de un lugar en la sociedad; de un prestigio profesional. Pasaron los años y la situación internacional se tornó ominosa. Japón agredió a China y comenzó a desplegarse por la cuenca del Pacífico, hasta el fatídico 7 de diciembre de 1941. De ahí a la declaratoria de “estado de guerra” de México con Japón pasaron unos cuantos meses…

Me pregunto qué pensaría este hombre en el transcurso de estos meses; de estos años, tan lejos de su patria y tan cerca de los Estados Unidos. ¿Se sentiría nervioso, angustiado por su destino? ¿Ocurriría que de pronto las miradas de algunos de sus conocidos; de sus cercanos se le tornarían hostiles? Porque entonces, con la declaratoria de guerra, la Secretaría de Gobernación comenzó a concentrar en Perote a todos los extranjeros de estos países. El caso fue que cuando tocó turno al doctor Imamura, el gobernador del estado, que lo era el también médico Alberto del Valle, salió en su defensa, asegurando que el japonés no sería un peligro ni para la Suave Patria ni para la Suave Matria. Gracias a esto los de Gobernación lo dejaron en paz.

Finalmente, le comento que en esa época hubo en Aguascalientes por lo menos otro japonés, que tuvo un restaurante en la zona del Mercado Terán, pero no sé qué fin tuvo, ni si tuvo la suerte que Imamura. Por cierto, el edificio que fue en el pasado el Hotel Bellina todavía existe, pero ya no es hotel. Ahí, en los días de la Convención de Aguascalientes se instaló la directiva de la asamblea. El hotel cerró y sus cuartos fueron convertidos en departamentos. En la planta baja existe una negociación que comercializa electrodomésticos así como refacciones para éstos. De seguro usted ya adivinó que se trata del edificio que se encuentra en la esquina sur poniente de las calles de Victoria y Allende. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).