Luis Muñoz Fernández.

Quien a las bestias hace mal es bestia cabal.

Refrán castellano

El 7 de julio de 2012, reunidos en el Churchill College de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, durante el Congreso Conmemorativo Francis Crick sobre la Conciencia, un grupo internacional de destacados expertos en el sistema nervioso (neurocientíficos, neurofarmacólogos, neurofisiólogos, neuroanatomistas y neurocientíficos computacionales) analizaron nuevamente los sustratos neurobiológicos de la experiencia consciente y sus conductas relacionadas, tanto en el ser humano como en los animales no humanos. Sus conclusiones se conocen hoy como “La declaración de Cambridge sobre la conciencia”.

Los autores admiten que hacer una investigación comparativa sobre este tema tiene importantes limitaciones porque para todos los animales no humanos y para muchos seres humanos es muy difícil comunicar sus experiencias más íntimas. Sin embargo, con los adelantos actuales de las neurociencias se puede afirmar de manera inequívoca lo siguiente:

  • Las investigaciones sobre la conciencia están evolucionando con gran rapidez. Hoy disponemos de nuevas técnicas que permiten explorar la conciencia en los seres humanos y en los animales no humanos, lo que obliga a que se revisen las ideas previas sobre este tema. Sabemos ya que los seres humanos y los animales no humanos tienen circuitos cerebrales relacionados con la conciencia y la percepción que pueden ser manipulados para conocer su papel en estas experiencias.
  • Si bien ciertas regiones de la corteza cerebral distinguen el cerebro humano del cerebro animal no humano, ambos tienen en común ciertas redes neuronales situadas debajo de la corteza cerebral (subcorticales) que se activan durante las emociones humanas y animales, dando lugar a conductas similares que se relacionan con las mismas emociones. Es más, los circuitos neuronales relacionados con la atención, el sueño y la toma de decisiones aparecieron en etapas tempranas de la evolución de las especies, durante la diversificación de los invertebrados (hace unos 600 millones de años) y son evidentes actualmente en los insectos y los cefalópodos como los pulpos.
  • Tanto por su conducta, como por su neurofisiología y su neuroanatomía, las aves parecen ofrecer un ejemplo asombroso de la evolución paralela de la conciencia en los animales y los seres humanos. Por ejemplo, los loros grises africanos tienen un nivel de conciencia casi humano. Entre las aves y los mamíferos, la similitud entre los circuitos cerebrales de las emociones y el conocimiento es mucho mayor de lo que se creía. Está demostrado que ciertas aves y peces tienen patrones de sueño similares a los mamíferos. Las urracas tienen una capacidad de autorreconocimiento similar a la que poseen los seres humanos, los grandes simios, los delfines y los elefantes.
  • Experimentos farmacológicos en animales no humanos a los que se les administran alucinógenos con un efecto conocido en los seres humanos han demostrado en estos animales alteraciones similares a las observadas en los seres humanos. La evidencia de que los sentimientos aparecen en los mismos circuitos subcorticales, tanto en el ser humano como en los animales no humanos, apoya un origen evolutivo común de las cualidades subjetivas de los estados afectivos primarios.

 Por todo ello, los científicos allí reunidos declararon lo siguiente:

La ausencia de neocorteza cerebral [propia de los mamíferos, incluyendo los humanos] no parece impedir que un organismo experimente estados afectivos. La evidencia que proviene de varias fuentes indica que los animales no humanos poseen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de los estados conscientes, así como la capacidad de llevar a cabo conductas intencionales. Por tanto, el peso de esa evidencia señala que los humanos no son los únicos en poseer las bases neurológicas que generan la conciencia. Los animales no humanos, incluyendo a todos los mamíferos, las aves y a otras muchas criaturas como los pulpos, poseen esas bases neurológicas.

Cuando se lee todo lo anterior, la prueba prácticamente irrefutable de que muchos animales, incluyendo los domésticos, tienen conciencia y que, por tanto, experimentan como nosotros el gozo y el sufrimiento, no queda más remedio que admitir que nuestra relación con ellos ha sufrido y sigue sufriendo el lastre de la crueldad. Admitámoslo: respecto a los animales no humanos, hemos vivido en el error.

Un error que por mucho tiempo no preocupó a la ética clásica, aunque hoy es uno de los temas centrales de la reflexión bioética. Hace ya tiempo que el médico y filósofo alemán Albert Schweitzer (1875-1965) dijo: “El gran error de toda la ética ha sido, hasta ahora, el creer que debe ocuparse sólo de la relación del ser humano con el ser humano”. Por fortuna, estamos empezando a enderezar el camino, aunque no resultará nada fácil abandonar formas de pensar y ciertas prácticas que han estado entre nosotros a lo largo de varios siglos. Tradiciones que suponemos consustanciales a nosotros mismos, como las corridas de toros y sus variantes (el toro embolado, el Toro de la Vega, etc.), las peleas de gallos y hasta las peleas de perros. ¿Acaso no hemos abandonado la tradición de los sacrificios humanos a Huitzilopochtli por sacrificios incruentos como el de la Sagrada Eucaristía?

Parece que nos dirigimos hacia una nueva época. Tal vez, como dice Jorge Riechmann, necesitamos una segunda Ilustración. Si aquel movimiento cultural e intelectual del siglo XVII sentó el principio de que todos los seres humanos, independientemente de las diferencias manifiestas, nacemos esencialmente libres e iguales, hoy necesitamos una profundización del pensamiento ilustrado que ponga de manifiesto otra semejanza esencial: el parentesco que nos vincula con todos los demás seres vivos, particularmente con los animales superiores.

Y no se trata solamente de un asunto de compasión. Este reconocimiento de que todos los animales somos hermanos (como reza el título de un libro de Riechmann), es un requisito indispensable para nuestra propia superación como seres humanos. Así lo señala la afamada primatóloga Jane Goodall:

Si aceptamos que los humanos no son los únicos animales con personalidad, ni los únicos animales capaces de pensamiento racional o de resolver problemas, ni los únicos en experimentar alegría, tristeza o desesperación, ni, sobre todo, los únicos animales en conocer el sufrimiento psicológico y fisiológico, seremos (espero) menos arrogantes, estaremos algo menos convencidos de tener el derecho inalienable de utilizar a placer otras formas de vida que supongan un posible beneficio para los humanos. Es cierto que somos únicos, pero no somos tan diferentes del resto del reino animal como creíamos. Esta certidumbre invita a la humildad y a un renovado respeto hacia las demás admirables especies animales con las que compartimos este planeta, especialmente hacia aquellas mejor conocidas que poseen un cerebro y un comportamiento social complejos.

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