Por J. Jesús López García

En los evangelios bíblicos: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, se menciona la expulsión de los mercaderes del Templo de Jerusalén por parte de Jesús. Esa escena que nos parecería una reivindicación de los valores espirituales sobre los valores pecuniarios, realmente posee algunos aspectos antropológicos interesantes colaterales al fenómeno religioso, ya que era común en los ceremoniales mediterráneos precristianos ofrecer un sacrificio real al dios de los hebreos -o cualquier otra deidad-, a algún animal. Para ello en términos prácticos se establecían cercanos a los templos, mercados donde se exhibían diferentes bestias para tal efecto, complementándose con proveedores de agua y alimentos para quienes acudían al templo o sus inmediaciones. Cambistas y toda una serie de servicios complementarios se fueron sumando hasta constituirse en todo un entorno productivo a la vera del sitio de adoración.

Esa experiencia se ha continuado recreando en lugares de culto religioso, al menos católico en nuestro país, basta solamente una somera observación del paseante a cualquier iglesia en cualquier ciudad o poblado mexicanos y se dará cuenta, al menos, de una pequeña mesa con toda suerte de productos alusivos a la espiritualidad cristiana, situación que se exacerba en sitios de peregrinación tal y como sucede en la Catedral de San Juan de los Lagos o en la Basílica de Guadalupe; no es que se piense en contravenir la acción mencionada, sin embargo donde hay una muchedumbre reunida, existe la oportunidad de poner en marcha alguna de las múltiples formas en que la economía se adapta al momento y al lugar.

No sólo eso: donde la riqueza mueve su trama, la presencia de un edificio religioso parece certificar de una u otra manera que el lugar ha adquirido un estatus de formalidad, de respeto o al menos de sitio ubicuo en la memoria urbana de una metrópoli. Con frecuencia los tianguis o mercados toman el nombre del templo al que se encuentran cercanos, posiblemente detonantes mismos de la actividad comercial como en el caso de los múltiples carromatos y puestos de distintos productos comestibles en la plazoleta frente al templo de San Marcos, o también el Tianguis de La Purísima, a un costado del templo del mismo nombre en Aguascalientes.

Sin embargo, el fenómeno de la cercanía de una iglesia con un entorno comercial, también se produce en sentido inverso al aludido, donde el sitio de culto antecede a la actividad económica. En lugares donde el tránsito intenso de personas y artículos se produce por lo cercano a una vía de salida o de llegada a un asentamiento humano, el negocio se vuelve casi connatural. Se inicia la organización una red de compra–venta de mercancías y una oferta de servicios que van estableciendo su presencia física cada vez más concreta, de acuerdo a su éxito económico.

Pero a pesar de ello, esa presencia física aunque concreta, no siempre se muestra definida. Al igual que los tenderetes con los que Jesús presuntamente arremetió, esos sitios manifestaban una precariedad constructiva proporcionalmente inversa al arraigo del comercio en la zona. De esta manera el edificio formalmente establecido, es útil como medio para organizar el contexto urbano, eso sí: con diferentes grados de fortuna.

En Aguascalientes, cerca de lo que era un antiguo sitio de mercadillo en lo que ahora es el Jardín de Zaragoza, se construyó el templo del Sagrado Corazón, el efecto social y urbano, más allá de toda raigambre religiosa, fue el de proporcionar al sitio un punto de cohesión social en una zona de la ciudad con una urdimbre comunitaria más bien débil. El zoco ya no existe pero la vocación comercial persiste sin contravenir las actividades del templo y viceversa.

También se estableció otro lugar a la orilla de una llegada o salida para Zacatecas -que entronca con la calle 5 de mayo, en donde se ubican el Jardín de Zaragoza y el comentado templo del Sagrado Corazón- fue en la calle Zaragoza en la conocida Línea de Fuego, que poco a poco el comercio informal estableció una trama urbana que fue acotándose por manzanas regulares de locales comerciales formalizando paulatinamente la actividad mercantil.

Nuevamente la presencia de un templo contribuyó a crear una estructura social con ese edificio como una especie de estandarte frente a otros distritos cercanos. El templo de San Juanito, proyectado y construido por don Francisco Aguayo Mora posee en el espacio interior de la nave principal, una geométrica estructura de trabes dispuestas en ángulo, pues su perfil en medio de extensos y yermos baldíos parece, desde ciertas perspectivas, uno de esos templos coptos –egipcios profesantes de algún tipo de fe cristiana- dispuestos en pequeños aguajes en el desierto etíope, más la virtud de una propuesta arquitectónica no radica en lo elaborado de su concepción compositiva o en su advocación religiosa. Para la ciudad, la continuidad de su trama social y física y para la legibilidad de su percepción, esos inmuebles de masa importante sirven como puntos de referencia en medio de la dispersión circundante.